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    Un país imposible

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2270 - 4 al 10 de Abril de 2024

    ¿Somos capaces de imaginar la existencia cotidiana sin el marco legal de un Estado? ¿Podríamos siquiera soñar cómo es vivir sin ley? O mejor dicho, sometidos a la ley del más fuerte. Un escenario brutal en el que los más violentos podrían robar el fruto de nuestro trabajo, saquear nuestra casa, someternos a tortura o secuestrarnos, violar a nuestras hijas, asesinarnos. Tu historia, tu familia y tus pertenencias destruidas, arrasadas, y sin ninguna posibilidad de protección ni justicia. ¿Somos capaces de imaginarlo? Porque esa es hoy la vida diaria en Haití, el país más pobre de América.

    La última vez que escribí sobre el país antillano fue cuando mataron al presidente Jovenel Moïse, en 2021, una acción impensable en un mundo tecnológico al servicio de la seguridad. Un grupo de hombres munidos de armas de guerra irrumpió en la casa presidencial, disparó contra todo lo que se movía, se subió a los vehículos y escapó. Un plan temerario incluso en Haití, y nunca se confirmaron los nombres de los ideólogos. Pero estamos hablando de un Estado en descomposicion, de un Estado fallido. O mejor, de un Estado inexistente.

    Vayamos un poco para atrás en un intento, ya sé que inútil, de entender lo que sucede en esta nación ahogada por la endémica fragilidad de sus instituciones, deshecha físicamente por terremotos y huracanes, devastada en lo social por la corrupción, la miseria y el crimen organizado. Pasemos por alto historias conocidas por todos, revoluciones de esclavos e independencia de Francia, invasiones de Estados Unidos, a la familia Duvalier y sus Tonton Macoutes, desastres naturales y fracasos de organismos internacionales y vayamos a los últimos años. En 2016 asume Moïse, el último presidente electo, que en 2019 debió realizar elecciones. Pero no solo no las hizo, sino que en 2020 anunció que el Parlamento era demasiado caro, procedió a disolverlo y a gobernar por decreto. Mientras tanto, las multitudes enardecidas por la oposición clamaban por su renuncia, que nunca llegó a producirse, y la cuestión se terminó zanjando como se zanjan los problemas en ese lugar de las Antillas: palo y a la bolsa. El magnicidio sumió al país en un caos aún más profundo, y el primer ministro, Ariel Henry, se instaló al frente de un gobierno carente de legitimidad.

    Dicen que las pandillas extendieron su poder sobre el territorio haitiano auspiciadas y dotadas de armamento, dinero y logística por el propio presidente Jovenel Moïse, que intentaba así sofocar a la oposición. Los grupos ilegales multiplicaron robos, saqueos, secuestros extorsivos, asesinatos y se volvieron tan fuertes que gobiernan zonas enteras del país desde hace años. En ese contexto, no es de extrañar el surgimiento de Jimmy Chérizier, alias Barbecue, un expolicía devenido en capo de grupos delincuenciales y responsable de masacres perpetradas por encargo de los políticos de turno. Hace pocos días Barbecue, en una descabellada conferencia de prensa donde apareció vestido con chaleco antibalas y un fusil tipo AK-47 colgado al hombro, representando el papel de opositor y líder social, se dirigió al primer ministro Henry. ¿Sus exigencias? La renuncia inmediata del premier, con la amenaza de desatar una guerra civil que llevaría a un genocidio. Y si el delincuente había logrado ganar la batalla de las pandillas por el control territorial, perpetrar ataques brutales con total impunidad, dejar al país sin combustible, bloquear el puerto y el aeropuerto, abrir las cárceles y liberar miles de presos, llevar el caos y la violencia a las calles, ¿por qué no creerle? Y Ariel Henry, desde Puerto Rico, le creyó: cedió a la presión del delincuente y renunció.

    Es muy fácil responder la pregunta de cómo llegan las bandas criminales a alcanzar ese nivel de impunidad: están mejor equipadas que la policía y gozan de su protección. Hay vasos comunicantes entre unos y otros, los que hoy están en un bando mañana están en el otro.

    Y en el medio, 11 millones de haitianos sin un plan a la vista, sin la ayuda prometida en el horizonte; la inmensa mayoría están desempleados, las escuelas cerradas, con niveles de inseguridad alimentaria jamás registrados, y la violencia desatada en las calles ante el abandono absoluto del Estado. Unas 360.000 personas han sido desplazadas por las pandillas que tomaron sus casas y se apoderaron de sus pertenencias. Hoy no hay posibilidades de salir del país; la frontera con República Dominicana está cerrada a cal y canto; no hay barcos ni vuelos porque no hay puerto ni aeropuerto. Tampoco es posible salir de la capital, Puerto Príncipe, cercada por el control de las bandas. Las únicas posibilidades son subirse a un helicóptero o lanzarse al mar en una peligrosa travesía por el Caribe, con la ilusión de alcanzar las costas de Estados Unidos.

    Ni siquiera en Haití se había llegado a la pérdida total del orden público, a la disolución del Estado: sin gobierno, sin Parlamento, con el 80% de la capital y la mitad del territorio del país en manos de los pandilleros. Así, sin garantías de seguridad y sumida en el caos, se encamina a la catástrofe.

    ¿Y la ayuda internacional siempre prometida? Llama la atención la falta de acción efectiva cada vez que se habla de dar asistencia a Haití. El año pasado y frente a la catástrofe, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó una resolución que autoriza una misión multinacional de apoyo a la seguridad. Dicho en buen romance, un despliegue de tropas que nunca llegaron. Hace unos días la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), con la mira puesta en no violar el principio de no intervención y el de respeto a la autodeterminación de los pueblos, llamó a “una solución liderada por Haití que abarque un diálogo amplio entre la sociedad civil y los actores políticos”. Se habló también de establecer “un fondo común para facilitar la cooperación, asistencia humanitaria, atención médica, apoyo para abordar la violencia, garantizar el acceso a la alimentación y elementos básicos sanitarios”. Se propuso también la conformación de un consejo presidencial de transición, propuesta que hoy parece sumida en el fárrago de las luchas políticas por los cargos.

    A menos de un mes de la renuncia del primer ministro Ariel Henry, el país “es casi como una escena sacada de Mad Max”, dice la directora de Unicef, Catherine Russell. Hoy, a menos de un mes de la renuncia del primer ministro Ariel Henry, los cadáveres yacen en las calles de una ciudad arrasada, la inmensa mayoría de la población tiene hambre y tiene miedo, los más ricos resisten en sus casas rodeadas de trincheras, protegidos por autodefensas que disparan a lo que se acerca. Y todos, sin excepción, hundiéndose en el frenesí del terror, en la anarquía impuesta por los señores de la guerra, y a la espera de una prometida ayuda internacional que no llega. Última, débil esperanza en un país imposible.

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