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    Un país mediocre

    Director Periodístico de Búsqueda

    N° 2058 - 06 al 12 de Febrero de 2020

    “El Uruguay es un país mediocre, esa es la palabra que corresponde. No es ni terriblemente pobre ni es ostentosamente rico. Tampoco tiene las grandes facilidades que puede dar la riqueza. Es un país quizás equilibrado, pero esa palabra la siento un poco teñida de aburrimiento. No sé; es un país poco inquieto. Quizá hay demasiada conformidad con lo que se ha logrado”.

    La autora de esa reflexión es una poeta de 96 años. La única que queda viva de la generación del 45. La misma que hace menos de un año fue noticia por haber recibido el Premio Miguel de Cervantes, uno de los más importantes para los escritores hispanoamericanos, que de Uruguay solo lo había logrado Juan Carlos Onetti y que obtuvieron, entre otros, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Alejo Carpentier y Ernesto Sábato.

    Su nombre es Ida Vitale, y la apreciación de su país, realizada el 30 de enero en una entrevista con la cadena internacional BBC, es tan buena que debería ser distinguida con otro premio. En este caso, el reconocimiento tendría que ser que todos los que quisieran conocer en profundidad a Uruguay, y en especial los estudiantes, tuvieran la obligación de leerla con detenimiento y analizarla. Eso ayudaría para asumir una situación evidente, expresada con las palabras justas por la poeta, y procurar revertirla.

    Es un país mediocre porque la mayoría de su población elige opinar en lugar de hacer. Los uruguayos tienen juicios de valor para cuanto acontecimiento ocurra o persona se exponga, pero duran años en concretar cualquier cosa que se propongan. Prefieren calificar desde la tribuna, con la complicidad cada vez más creciente de las redes sociales, y no comprometerse con emprender casi nada. Optan por quedarse quietos, por conformarse con lo ya logrado, como diagnostica Vitale, aunque poco tengan que ver con ese pasado ya lejano.

    Hay de los otros, de los que hacen de la acción su forma de vida. Son varios los ejemplos al respecto, pero quedan en minoría frente a los otros, esos que no son tantos pero mandan. Las estructuras sociales favorecen cada vez más a los que prefieren flotar o conformarse con el camino más cómodo como forma de vida.

    El gobierno que asumirá el próximo 1º de marzo está enfrentando ese problema en distintos ámbitos. Son al menos cuatro los casos de personas que se destacan en el ámbito privado y que se negaron a ocupar un cargo público en la futura administración, por más que el desafío era enorme. Prefirieron mantenerse en un relativo anonimato, no asumir el riesgo. Quizá la compensación económica no era la suficiente o capaz que eligieron no someterse al juicio de una sociedad mediocre, que muy probablemente los pusiera del lado de los culpables.

    Porque también es otro signo de la mediocridad reinante: el doble discurso. Se ve muy claro en la política. Cansa ver a militantes del Frente Amplio criticar en estos días algunas medidas anunciadas por el futuro gobierno que antes aplaudían porque las protagonizaban los suyos. Y lo mismo del otro lado. Aburre lo predecible que se ha transformado el debate político en las redes sociales y también en los medios masivos de comunicación, dividiendo por color político, sin intentar ir un poco más allá. Claro que hay excepciones que generan un respiro de alivio pero, otra vez, los que ganan son los cómodos mediocres.

     No ocurre solo en política. El fútbol es otro ejemplo muy evidente. Los hinchas de un equipo justifican cualquier cosa que hagan los que comparten la pasión por la misma camiseta y critican siempre lo que venga del otro lado, sea lo que sea. Hasta las evidencias más grandes son negadas con tono doctoral si vienen de la tribuna de enfrente.

    Y en el arte, los concursos son malísimos para algunos hasta que logran ganarlos y los lucen como un distintivo de calidad. Y en el periodismo el problema siempre es la supuesta falta de independencia, hasta que aquellos acusados de parciales difunden alguna información que beneficia al que los critica y pasan a ser iluminados.

    Así pasan los años y poca cosa ocurre. Cambian los partidos políticos a cargo del gobierno pero se repiten muchos nombres, los candidatos a los distintos cargos electivos se presentan varias veces y son muy pocos los que optan por renunciar a su vida pública, como ganadores o como perdedores. A veces, muy de vez en cuando, aparecen nuevas figuras pero suelen morir en el intento. Ahora hay algunos postulantes dando sus primeros pasos, pero para poder crecer primero tienen que desplazar a los viejos, y eso parece muy difícil. Viejos no por edad, sino por repetidos elección tras elección.

    En definitiva, casi nunca logran representar a un país que suele desplazar a lo diferente, a lo que parece un poco más arriesgado o que cuestiona la estructura ya existente. Uruguay funciona como una oficina pública, y para mantenerse de esa forma se encarga de castigar al éxito y dejarlo en ridículo. Sobran ejemplos al respecto. Basta con que cualquier político, empresario, académico, músico o lo que sea empiece a tener cierto reconocimiento, nacional o internacional, para que sea sometido a una carnicería.

    En eso no hay grieta o, al menos, la que existe es muy superficial. Hay bandos en función de afinidades ideológicas, económicas o culturales, pero el modus operandi es muy similar de los dos lados. Primero se critica o se destruye, y después se piensa, aunque solo a veces. Si lo hace Luis Lacalle Pou está mal y es con el fin de ganar popularidad, pero cuando lo hacía José Mujica estaba bien. O viceversa. Este es solo un ejemplo general, pero de ahí para abajo ocurre lo mismo en casi todos los ámbitos. 

    Se habla mucho de una supuesta grieta, pero resultaría más necesario que se abriese en serio la tierra y que el sacudón fuese tan grande que los que alimentan al país mediocre perdieran primero el poder y después su razón de ser. Que fuesen desplazados de cada uno de sus dominios y quedasen en ridículo. De lo contrario, será la definición de la poeta Vitale la que prevalezca. Un país cómodo, conformista, mediocre.