Tengo que ir a la dentista y hay paro de transporte. Debo dejar en mi boca una muela rota por tiempo indeterminado o vivir una tarde de desesperación, tumulto y depresión colectiva.
Tengo que ir a la dentista y hay paro de transporte. Debo dejar en mi boca una muela rota por tiempo indeterminado o vivir una tarde de desesperación, tumulto y depresión colectiva.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáOpto por la aventura. Salgo para Pocitos. Mi bus no llegará, y si llega, la dentista ya se habrá marchado a casa. Saco la tarjeta mágica, la dos horas. Que yo recuerde, una excepción tecnológica en la atemporal Montevideo.
Cambiaré de ómnibus. Pero el que tomo ya está lleno: a medida que avanza por 18 se nutre de más gente acalorada y ansiosa. Nadie sonríe, ni siquiera aquellos que por suerte no han quedado en la espera metafísica de la parada. Me acumulo en la parte trasera del vehículo: al menos se abre la puerta para bajar y entra aire.
Todas las cortinas están corridas. La gente prefiere asfixiarse y ahogar a los demás antes que recibir un poco de sol. Me sorprendo de que las tupidas telas tapen las ventanillas del lado izquierdo y del derecho. ¡Los pasajeros sentados a la derecha no han tenido energía ni voluntad ciudadana para descorrer las cortinas del viaje anterior!
Un adulto mayor se desmaya. Todos gritamos a la guarda que se detenga. Enseguida le dan el asiento. El hombre respira con dificultad: la esposa, que estaba sentada más adelante, intenta entre los macizos cuerpos llegar hasta su marido. Mientras se llama a la emergencia, la mujer llora y dice: “¡Papá, Papá!”. No solo es su compañero de toda la vida: es el padre de sus hijos. Y nos mira con los ojos llenos de lágrimas exclamando: “¡Tiene problemas cardíacos!”. Le tomo la mano y se la acaricio.
Debo bajarme. La dentista solo tiene tiempo para llenar mi muela con una débil pasta. Salgo del consultorio y cruzo a una parada. Una veintena de seres silenciosos y mustios miran el horizonte: a lo lejos, no se ve ni rastro de ómnibus, pero sí se ve el mar.
Tengo una idea que creo que es brillante. Muy cerca pasa el 192 que cruza la calle Rivera. “¡Haré cambio!”. Mi ilusión fue fugaz: pasan ocho ómnibus llenos por la parada, a lo largo de una hora, pero no se detienen y siguen de largo. En la cuadra siguiente dejan bajar a los pasajeros, pero jamás subir a los que quedamos atrás. Advierto que si bien el morro de los buses va repleto como la valija de un emigrante, la cola del ómnibus está vacía. Dos variantes de lo mismo: la gran indolencia del guarda que no reclama aquel codiciado espacio, la falta de conciencia colectiva de los que viajan como si no pasara nada, con música en sus auriculares o dedos en el celular.
Una mujer furiosa que queda a pie le da un par de piñas a uno de esos buses. “Bien hecho”, decimos.
Por fin subo. En Rivera cambio hacia el Centro, pero, en 18… oh, sorpresa, ¡un acto político! Damos un gran rodeo.
Una voz exclama: “¡Estoy harto de los gremios y los políticos!”. Pienso: “No se acuerda de lo que era vivir en dictadura, sin gremios y sin políticos”.
Pero mis pies hinchados se quejan en silencio, allá abajo, entre otros pies anónimos que tratan de guardar el equilibrio.