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    Un tercio de la riqueza de las familias surge de herencias; se concentra entre las más “ricas”

    Cuando Fred Trump murió de neumonía hace 20 años, el imperio empresarial que lleva su nombre, construido a partir de inversiones inmobiliarias en Manhattan y otros barrios de Nueva York, estaba consolidado. El negocio, y la fortuna, pasó a manos de Donald, el hoy presidente de Estados Unidos. Antes, su padre le había dado un “pequeño préstamo de US$ 1 millón” para que empezara con proyectos propios, según contó durante la campaña para las elecciones del 2016.

    Sin que esté del todo claro cuánto mérito personal le cabe, Donald Trump figuró en el puesto 715 de la última lista de los más ricos del mundo que publica Forbes, con una billetera que portaba unos US$ 310.000 millones. En el ranking hay dueños de fortunas heredadas y otros que la amasaron con sus manos o —sobre todo los de las nuevas generaciones— con una potente materia gris capaz de sacar dinero a través de clicks en la economía digital.

    Las mucho más modestas riquezas uruguayas tienen, también, un origen diverso. Los relatos de varios empresarios recogidos en el libro El club de los millones: ser rico en Uruguay, de Fernando Amado, aluden en general a historias familiares de buen pasar pero de sacrificio.

    Una nueva investigación publicada la semana pasada en la web del Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración estatal aporta cifras referidas a la relevancia de la herencia como origen de la riqueza y elementos para el debate sobre eventuales cambios tributarios reclamados desde sectores del Frente Amplio.

    La riqueza del individuo pudo, en todo o en parte, haberse conformado por una herencia, es decir activos que obtuvo legalmente por la muerte de otra persona, de acuerdo con los lazos familiares o testamento. El estudio de Bruno Agustoni y Evelin Lasarga, tutorado por la economista Andrea Vigorito, incorporó también bajo ese concepto las transferencias, donaciones o regalos intergeneracionales entre individuos vivos.

    Riqueza concentrada

    Se basaron en datos de activos y deudas de la Encuesta Financiera de los Hogares Uruguayos (EFHU) realizada en 2013-2014 por el Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, además de una muestra obtenida a partir de la Encuesta Continua de Hogares de 2012 del Instituto Nacional de Estadística, que incorporó un módulo de negocios familiares. Admiten que estas fuentes presentan ciertas limitaciones que tienden a subestimar la riqueza inmobiliaria, por ejemplo.

    La definición de riqueza personal comúnmente utilizada es la de “riqueza neta”, que es la suma de todos los activos físicos (vivienda, campos, vehículos) y financieros (depósitos, inversiones en bonos o acciones, etc.) menos los pasivos o deuda, sin considerar el capital humano. Dado que no se dispuso de información completa sobre la herencia de deuda, el estudio solo analizó la riqueza en términos brutos.

    Cerca de un tercio de la “riqueza real bruta” que poseen los hogares proviene de herencias (33,2%); los dos tercios restantes es mayormente un patrimonio creado o “comprado”. La condición de heredero, de dueño de negocios y de tener un promedio de edad mayor a 60 años, son los factores que más inciden en la posesión de riqueza de las familias.

    El 23% de las personas posee “riqueza real bruta principal” heredada.

    La “riqueza real bruta” está concentrada en los deciles superiores de la distribución social: el 10% más “rico” acumula 57,11%. Otra proporción: el 1% más rico de la población es dueño de la cuarta parte de dicha riqueza (24,32%), y llega a 44,32% si se habla del 5%. Como contracara, solo 5,68% está en manos de la mitad más “pobre” de la población.

    En cuanto a los activos que componen la riqueza, los negocios son los que se encuentran más concentrados: el 1% más rico de la población posee el 71,95%. La vivienda como activo está mejor distribuido: ese mismo 1% acumula 22,01%, frente a 3,9% del conjunto de los más pobres.

    Desagregada por cómo se obtuvo, la “riqueza real bruta” heredada muestra mayor concentración que la creada o “comprada”: el decil más rico se apropia del 72,27% (frente a 59,19% de la otra). Eso lo reafirman índices de Gini de 0,95 y 0,72 en cada caso.

    La investigación se cierra con un planteo que da cancha a la discusión. “Si consideramos que la herencia es un factor no controlado por el individuo y arbitrario, cabe pensar en mecanismos en pro de la igualdad de oportunidades, siendo el Estado quien puede jugar un rol en ese sentido. Claro está que se debe profundizar el análisis de manera de no incurrir en impuestos distorsivos y fugas de capitales, pero a la luz de los resultados, la controversia internacional y el debate público acerca de la herencia y su imposición están justificados”.