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    Una mirada al futuro próximo

    No es broma

    La dinámica de los tiempos cambiantes es una variable dada desde mediados de marzo.

    Por un lado, los cambios en las costumbres, las actitudes, los gestos y los procedimientos. Por el otro, los cambios en los ministerios, las empresas del Estado, los escritorios y las oficinas. Jerarcas nuevos que sustituyen a antiguos jefes, mandos medios que sustituyen a anteriores mandos medios, en fin, caras nuevas por todos lados.

    Estos últimos cambios han tomado más tiempo que el normal en otras rotaciones de administración, porque los otros cambios, los de la cuarentena y demás adláteres, monopolizaron la atención de las autoridades, que han ido reemplazándose con más lentitud.

    La muchacha, elegante pero discreta, tendría unos 35 o 40 años. Llegó a la sección donde le habían dicho que se presentara, y entró con un “permiiiso” suavemente ondulado. Los seis o siete integrantes levantaron la vista y la miraron con cierta sorpresa.

    —Buenas, m’hija —dijo un veterano que parecía ser el jefe de sección. Los demás permanecieron en silencio, pero mirándola con una cierta curiosidad no ajena a la simpatía.

    —Buenas —replicó ella. Soy la nueva. Y me llamo Norma.

    —Mucho gusto, Norma —dijo el jefe—. Yo me llamo Guillermo, Guillermo Fernández, y me dicen Guille. ¿Norma qué? —agregó, buscando la reciprocidad.

    —Norma Lidad —replicó ella.

    —¿Sos la nueva y te llamás Norma Lidad? ¡Sorpresas te da la vida! —dijo un flaco con pinta de oficial tercero—. Bienvenida a la nueva Norma Lidad —dijo con un guiño de uno de los dos ojos que se le veían, aunque nunca se supo si había sonreído porque la mascarilla le cubría el rostro.

    —Sacate la mascarilla por un momento, Norma, y lo mismo hacemos nosotros, así nos conocemos las caras, y después… —arrancó una gordita que en fija era la secretaria del Guille, porque estaba en el escritorio contiguo al del jefe.

    —¿Tas loca! —dijo Norma, alzando la voz bastante más que lo que hubiera sido esperado por todos los demás—. ¡Ni se les ocurra sacarse la mascarilla por un segundo! ¡Ya vendrá el momento de vernos las caras, por ahora sigamos enmascarados, que es lo que corresponde! —enfatizó, y agregó—: ¿Cuál es mi escritorio?

    En ese momento ingresa a la oficina una flaca elegante y pizpireta que, según se supo de inmediato, venía del baño. Ni había reparado que había un recién llegado (una recién llegada) en el lugar. Venía sin la mascarilla puesta, la traía en la mano, y se notaba que estaba húmeda.

    —Acabo de enjuagar la mascarilla, pero en el baño ya no hay jabón otra vez. ¿Qué hacen con el jabón? ¿Se lo toman? —dijo en tono de queja.

    —Gisela, tenemos una compañera nueva —dijo don Guille indicándole la presencia de la recién llegada—. Se llama Norma.

    —¡Ay, Norma, bienvenida; vení que te doy un abrazo! —dijo la flaca—. Soy Gisela, encargada del mantenimiento del software, te vas a sentar al lado mío, en este escritorio que es el que quedó libre cuando se fue María Julia. Y se le abalanzó a la nueva con los brazos abiertos.

    Norma dio un salto hacia atrás, cruzó sus brazos en forma de equis delante de su rostro y se pegó contra la pared.

    —Gisela, gracias, pero frená ahí mismo donde estás, quedate quieta. Ponete la mascarilla aunque esté mojada y mantené los dos metros de distancia —dijo con énfasis Norma—. Abrazos ni soñar. Y don Guillermo, usted, si es tan amable, a ver si usted Tito (que así se llamaba el flaco oficial tercero, y que ella había descubierto porque oyó cuando Guille le decía por lo bajo: “Bo, Tito, ¿y esta de dónde salió?”) lo ayuda a don Guillermo y me corren al menos un metro más lejos el que va a ser mi escritorio del de Gisela, porque están muy juntos…

    Gisela quedó petrificada, pero se puso la mascarilla y se fue a su escritorio, mientras los dos hombres trasladaban el escritorio de la nueva a la distancia requerida por ella.

    Norma se sentó en su lugar, sacó de su cartera un espray desinfectante y un trapito, y le metió vaporizador, trapo y friega a todo el mueble, a la silla, y al piso sobre el que apoyaría sus pies de ahora en adelante. Abrió los cajones y también los espolvoreó con el espray desinfectante. Después sacó una botellita de alcohol en gel y se frotó las manos con entusiasmo.

    —En todo caso —dijo el flaco Tito— ahora a la hora del descanso vamos todos a la cantina y tomamos un café contigo, así te presentás, nos conocés un poco a nosotros y nosotros a ti. Está buena la cantina, vas a ver…

    —Ustedes deben estar locos —dijo Norma—. Ni piso esa cantina, ni ninguna otra cantina, al menos hasta el año que viene, no saben el riesgo que hay visitando esos lugares donde no es seguro el tipo de limpieza que se aplica, la distancia entre las mesas, la ventilación, y…

    —Mire Norma que aquí todo eso está previsto desde hace tiempo —dijo don Guille—, la higiene es perfecta, se usan todos los procedimientos recomendados, la distancia…

    —Definitivamente no, muchas gracias a todos. Yo traigo acá en mi mochila, además del desinfectante y el alcohol en gel, un termo con mi café, y una jarrita que después me llevo a casa para higienizarla ahí.

    Norma se sentó en su escritorio, abrió la pantalla de su laptop y don Guillermo le pasó las tareas de su primer día de trabajo. En silencio siguieron así hasta la hora de irse.

    Nadie más dijo una palabra hasta la hora de marcharse a casa. No se veían las caras, salvo los ojos. Pero no era necesario para darse cuenta de que, debajo de las mascarillas, no había ninguna sonrisa.

    // Leer el objeto desde localStorage