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    Una noche de Borges

    Columnista de Búsqueda

    N° 1859 - 17 al 23 de Marzo de 2016

    La historia comienza y termina en Tacuarembó, en los campos que fueron de un tal Cardoso, que ahora eran de alguien al parecer inglés al que llamaban, por el nombre de la estancia, “el inglés de La Colorada”. En realidad no era inglés, sino irlandés y la mayor parte del cuento es el racconto de un momento de la guerra de liberación de Irlanda, en las primeras semanas de 1922 El narrador inicial cuenta que una crecida del arroyo Caraguatá lo obligó a pedir hospitalidad en La Colorada; que ahí conoció al inglés que enseguida, luego de un torpe comentario y de una larga botella de ron, se enteró de que era irlandés. Las características más visibles de este personaje raro en los campos orientales era que “le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo”. Se despliega el argumento cuando el narrador le pregunta al anfitrión por la causa de esa cicatriz; el irlandés, arrastrando la voz por el licor, le promete contarle la historia a condición de contarla sin mitigar ningún horror, “ninguna circunstancia de infamia”.

    Aquí comienza la parte de narración preactiva; el interrogado, un hombre ya entrado en años, habla de su juventud y de los acontecimientos en los que participó durante las refriegas independentistas. Cuenta que conoció a un individuo, comunista, de nombre John Vincent Moon que buscó integrarse al movimiento y con el que debió huir una noche erizada de balas. Uno de esos proyectiles apenas rozó el brazo de Moon a la altura del hombro, y quedó como paralizado por el terror. Cuenta que lo sacudió, que lo ayudó a correr y que finalmente lo hizo guarecerse en una casa vacía que les servía de improvisado cuartel para reponer fuerzas y volver a la lucha. Cuenta que el comunista Moon quedó asombrado por el riesgo que tomó su compañero, al sacarlo rápidamente de la línea de disparo que se había ensañado con ellos en medio de la noche; cuenta que le curó la superficial herida y que al momento de regresar a la calle para seguir combatiendo, vio a Moon acostado, temblando lastimosamente, al borde del llanto; y dice: “entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí”.

    En este punto desliza una reflexión que constituye, a más que la estructura dramática y la eficacia de tensión, el gran momento de este texto; tiene que ver con un tema que acompañó a Borges a lo largo de muchos escritos, y que toma de Shopenhauer: la superación de la individualidad que tienen los actos individuales, esas acciones que creemos propias porque autónomamente las decidimos, pero cuyas connotaciones envuelven, más allá de nuestra pretensión, a todos los hombres; en ciertas situaciones límite al actuar nos trascendemos, comprometemos la suerte o la identidad de lo humano frente al mundo, hacemos posible en todo lo que es posible en nosotros. Por eso toda acción esencial es gravosa y nos interpela sin piedad. Dice el irlandés: “me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Moon”.

    Ese último hombre, el cobarde que comparte con el excelente Shakespeare la humana condición, resulta que también era un vil traidor, un abyecto y miserable servidor de las tropas de ocupación que mataban y atormentaban a los patriotas irlandeses. Cuando el hecho se descubre el cuento sufre un giro de ritmo y se hace vertiginoso; las frases son más cortas, las descripciones y las reflexiones dejan paso a la acción, hay peligro, hay violencia, hay una persecución por “negros corredores de pesadilla” y “hondas escaleras de vértigo”, y aparece una espada y con la espada el tajo, y desde entonces la corva “cicatriz rencorosa”. Y en el momento en que todo se va a dilucidar, cuando el tajo cobrará sentido, el racconto se interrumpe, y el inglés de La Colorada, el irlandés, dice: “Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.

    Terminamos el cuento, cuyo desenlace obviamente no revelaré, convencidos de que Borges efectivamente estuvo en Tacuarembó esa noche, que se quedó en La Colorada, que habló con el irlandés y que recibió esa confidencia, y que ahora la está contando para nosotros. En ningún momento, luego de este extraordinario fin del racconto, nos permitimos dudar de la verdad de lo que hemos leído. Y ese error en el que incurrimos es lo que, alejados ya del texto, nos maravilla.