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    Una piedrita entre millones

    Enrique Broglia en Galería 6280

    Nació en Montevideo en 1942, cerca de la vieja Larrañaga y Avenida Italia. Años después viviría 20 años en Europa, principalmente en Francia. Cuando volvió no encontró ya el país que lo había despedido, pero sobre todo no encontró esa vida de barrio donde todo el mundo se conocía y ayudaba. Aunque ya no era su país y su mundo, algo había permanecido en su interior, en sus vivencias. “Uruguay se te queda adentro, por algún misterio uno lleva a cuestas el país”. Este hombre que hoy baja de un auto puntualmente para una charla con Búsqueda, es uno de los más destacados artistas surgidos en los años 60. Escultor, dibujante, grabador y artista con una trayectoria envidiable. Se llama Enrique Broglia, es alto, cálido y muy divertido. Camina con dificultad por la secuela que le dejó hace unos años un infarto cerebral. Recuerda con precisión, habla con soltura y picardía, sabe cómo encuadrar una respuesta vinculada a su arte en una anécdota.

    “La libertad es lo único que me movió siempre y marcó mi trabajo”, confiesa. Habla del esfuerzo, del laburo, de su taller en París y sobre todo, de sus amigos con los que compartió veladas y vivencias imborrables. “Vivía en un piso alto y sin ascensor, y trabajaba en yeso. Imaginate subiendo las bolsas de yeso por la escalera”, dice recostado en un sillón de la galería donde en esta semana acaba de inaugurarse una exposición con diferentes trabajos suyos, desde sus famosos pájaros de metal hasta algunas enormes aguafuertes de increíble belleza.

    “Un día estábamos en un bar con Manolo Millares (pintor español). Me vieron mal y me preguntaron qué me pasaba”, cuenta sobre la lucha por encontrar su lenguaje. Frustrado y con cierta angustia les dice que está mal porque no le sale nada. Todos se ríen a carcajadas. “Ah, era eso. Menos mal. Lo que nos pasa a todos”. Y el consejo que le dieron es el que sigue hasta hoy: “Andá al taller”. La única manera que tiene un artista de encontrar algo es trabajar todos los días, ritualmente.

    Broglia se llama Enrique Fernández. Un día, en España, un galerista amigo le dijo: “Pero hombre, acá digo ‘Fernández’ y se da vuelta media España”. “Y claro, tenía otro apellido como todo el mundo”, ríe divertido y recuerda que desde entonces su nombre cambió al apellido de su madre.

    Llegó a Europa con veinte y pocos años. Volvió un tiempo a Uruguay y regresó para instalarse por una larga estadía en París. Allí conoció personajes como Julio Cortázar. Con él proyectó un libro-objeto sobre los Cronopios, textos breves que a Cortázar le gustaba escribir. Broglia fue un artista precoz que llegó muy joven al arte y en especial a la escultura. Desde niño dibujaba. De familia humilde, comenzó a trabajar en una librería a los diez años. “Un día, en esa librería, un señor miró mis dibujos y me dejó una tarjeta. Fui a visitarlo y resultó Juan Martín, escultor y docente. Me dijo: ‘Pero vos sos escultor”. Desde entonces, sus dibujos preceden la escultura, en cierta forma la encuentran.

    Trabaja todos los días. Hay artistas que llevan exactamente la lista de sus obras y dónde está cada una. En la charla recuerda algunas, ubicadas en lugares públicos y tan distantes como Japón o Estados Unidos. “En Nueva Caledonia tengo una escultura que nunca más vi, tampoco tengo fotos”. En Mallorca, donde vivió también algún tiempo, hay una marina diseñada por él. En varios museos, en colecciones particulares, en universidades. “Es probable que en Mallorca empezara con los pájaros”, dice. Algunos están en la galería y podrán verse en esta muestra.

    Broglia trabaja el metal como si fuera una materia suave, con cierta ternura y fineza. Los pájaros son estilizados, abstractos, aunque mantienen la línea y el sentido profundo de su existencia. Se nota que son construidos incluyendo “el aire y el espacio”, tal vez con el toque marino de estas latitudes. Vive en Portezuelo hace unos años; antes vivió en Floresta, con Yalta, su compañera de toda la vida, a quien conocía del barrio y un día se encontraron y se dijeron: “¿Qué estamos esperando?”.

    Cantante y con una carrera propia, Yalta se fue a vivir con Broglia a Europa y desde allí, por el mundo. Falleció hace dos años y el escultor le rindió un homenaje muy personal en una exposición que notoriamente no la explicitaba. “Me gusta más lo que no pongo que lo que pongo”, dice citando a alguien. Lo que no se dice es tan fuerte como la presencia de la materia, en su concreción estética. Ante la pregunta sobre su lenguaje, insiste: “Uno camina por la playa donde hay millones de piedritas y levanta una. ¿Por qué uno elige una entre millones? ¿Por qué esa y no otra?”. Así es el arte, así de misteriosa e inexplicable es una obra.

    La charla se va entre anécdotas uruguayas y parisinas. En París, recuerda al famoso escultor y pintor cubano Agustín Cárdenas. En una época, andaba con bastante dinero por la venta de una obra. “Nos reuníamos en La Coupole, en Montparnasse, legendario bar de artistas. Había un corredor ancho lleno de pintores y artistas más o menos conocidos. El ‘Negro’ Cárdenas llegaba y como tenía dinero, invitaba a todo el mundo a tomar. Pero le decía al mozo: ‘Servile a todos durante cuatro minutos’. Todo el mundo tomando de apuro”. Borrachera express cuando París todavía era una fiesta.

    De Uruguay queda su primer premio y un encuentro con Eduardo V. Haedo. Muy jovencito, Broglia ayudaba al grabador y pintor Glauco Capozzoli en la realización de un fresco en la Azotea de Haedo en Punta del Este. El político insistió en comprarle una escultura que Broglia quería presentar a un concurso. “Era una cabecita”, cuenta con cariño. Además de reconocimiento le redituaría un dinero aceptable. Ante la negativa del artista, Haedo insistió y le dijo que si ganaba, le pagaría el doble del premio. Ganó y no tuvo más opción que vendérsela. Cobró por partida doble. Un destino que lo fue llevando a un sitio de primer nivel en el arte contemporáneo uruguayo. Con pájaros y esferas, con grandes y pequeñas construcciones, con obras desparramadas por el mundo pero muy cercanas. Aunque su autor ya no las visite.

    “Río de los pájaros pintados”, de Enrique Broglia, en Galería 6280 (Alberdi 6280 casi Córcega). Del 1º al 31 de agosto. De lunes a sábados de 11 a 19 h.