Nº 2204 - 15 al 21 de Diciembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna de las cosas que nuestras sociedades más bien mediterráneas suelen admirar de las sociedades anglosajonas es su pragmatismo. No siempre vemos esto positivamente, es verdad, pero muchas veces sí. Allí donde nosotros nos pasamos horas debatiendo sobre el camino a seguir, creando comisiones que estudian lo que otra comisión va a discutir para luego crear un comité, los anglosajones ponen primera y arrancan a resolver cosas, dejando las preguntas y las dudas para otro momento. Desde esta perspectiva, las culturas anglo serían más culturas del hacer que culturas del especular qué hacer.
La versión más pulida de ese pragmatismo suele ser la cultura estadounidense. Gente práctica, si algo caracteriza a los estadounidenses es la búsqueda de la utilidad. Tan potente es esa pulsión que en su libro New York, Joaquín Torres García se declara decepcionado por este aspecto utilitario. Tras un primer contacto positivo a su llegada a la ciudad, impactado por su dinámica verticalidad, el pintor comenzó a ver que ese utilitarismo se asociaba casi siempre con hacer dinero. La medida de la utilidad era cuánto dinero reportaba el asunto. Si no daba dinero, no era útil y por lo tanto no valía la pena dedicarle un segundo.
El problema de ese utilitarismo e incluso de su versión más tenue, el pragmatismo, es que por lo general se interesa más por la sistematización que por la duda y el desvío. Ese interés, que resulta indispensable para, pongamos, organizar una fábrica o una oficina, no siempre sirve cuando se habla de cuestiones menos materiales, como las ideas. O, por no ser tan abstractos, de la detección de un problema social. A veces esa búsqueda de la sistematización termina siendo un embudo que nos aleja de la mirada analítica amplia, esa que reconoce los procesos particulares sin intentar amoldarlos a una idea previa. Ahí es cuando se tiene lo del título, una solución en busca de un problema. Y ahí es cuando a uno lo incomoda el titular del diario estadounidense Washington Post que se pregunta “¿Por qué la selección de Argentina no tiene más jugadores negros en la Copa del Mundo?”. El Post es un medio respetado globalmente entre otras razones porque fue el que investigó y destapó el famoso Watergate, muy bien retratado en la clásica película Todos los hombres del presidente.
Antes de seguir con el caso concreto, vale la pena apuntar algo sobre su contexto, esto es, la Copa Mundial de Fútbol. En muchos sentidos, se trata de un Mundial atípico, por lo que era de esperar que aparecieran aristas atípicas a la hora de comentarlo. No estoy hablando aquí del futbol, del juego en sí. En ese sentido, salvo contadas excepciones, no ha sido demasiado atípico. Sí lo ha sido a la hora de celebrarse fuera de su calendario habitual, en un país como Catar, sin la menor tradición futbolera y con una cultura en la que la mujer tiene limitados sus derechos de manera drástica, por decir lo menos. Y en donde las violaciones sistemáticas de los derechos humanos no parecen preocupar demasiado a nadie. Ese contexto dejaba abierta la puerta a los comentarios extemporáneos que, efectivamente, se produjeron sobre el torneo.
El artículo del Post arranca comentando que la pregunta no es nueva y que ya en 2014 “mucha gente” se preguntaba cómo era que Alemania tenía jugadores negros y Argentina no. Luego la nota recuerda que, en 2010, “el gobierno de Argentina publicó un censo que señaló que 149.493 personas, mucho menos del uno por ciento del país, eran negras. Para muchos, ese dato parecía confirmar que Argentina era efectivamente una nación blanca”. Ya ahí se está introduciendo el primer sesgo de contrabando: que en la selección argentina no haya jugadores negros no se relaciona de manera necesaria con la percepción de que Argentina es una “nación blanca”. Más bien al revés, el dato explica bastante bien por qué no hay jugadores negros en la selección: incluso, si la integraran 100 jugadores, estadísticamente habría menos de medio jugador negro.
Ahora, ¿la selección argentina es blanca? Depende del modelo mental (del marco teórico, diría un sociólogo) con que se mida el asunto. Si los de las culturas mediterráneas tuviéramos la misma clase de obsesión con la etnia que parece tener la cultura estadounidense, así como su mismo mapa de gradación de piel, seguramente todos serían hispanos, no blancos. Pero como en Argentina (que es un país más o menos igual de racista que cualquier otro) no se usa la paleta Pantone para acomodar a la gente en categorías ínfimas de color de piel y a partir de eso convocarla o no a la selección, nadie diría que un Ángel Correa pertenece a una etnia distinta que Messi o que el Dibu Martínez.
Lo que hace el artículo del Post es aplicar mecánicamente su retícula teórica en una realidad sobre la que no parece tener demasiada idea. Si la tuviera, no se preocuparía por la ausencia de negros en un equipo de solo 22 jugadores, que representa a un país en donde la población negra es menos del punto cinco por ciento. Podría preocuparse, por ejemplo, por la falta de oportunidades de las poblaciones indígenas y su subrepresentación en casi todas las instancias de poder en Argentina. Pero eso no encaja en el molde, en el diagnóstico previo, que es a su vez resultado de cierta matriz teórica previa.
En ese sentido, a pesar de su pretendida defensa de las minorías, la nota, escrita por la profesora Erika Denise Edwards es profundamente “gringocéntrica”: usa para Argentina un patrón analítico que (más o menos) sirve para explicar la trayectoria de la etnia en Estados Unidos, sin preocuparse demasiado por los problemas étnicos reales que Argentina pueda tener. Apela a un “borrado” histórico de los negros en Argentina para explicar su ausencia en una selección de fútbol en 2022, pero omite decir que la esclavitud fue abolida allí en 1813. De alguna manera, el artículo del Post reproduce la lógica mundialista: mientras dura el torneo, todo el mundo se convierte en experto en fútbol. Aquí, mientras dura el torneo, una profesora de universidad gringa les explica a los argentinos un puñado de obviedades arbitrarias sin saber al parecer que las ideas de Sarmiento se enseñan de manera crítica en la secundaria argentina desde hace décadas.
Si uno le quiere pegar a Argentina (o a Paraguay o a Chile) por su racismo, tiene mil opciones más realistas que preguntarse por qué no tiene jugadores negros su selección. Pero para poder ver el problema real hace falta desprenderse del casco sistemático-pragmático, algo que a la academia de los países poderosos (que suelen ser anglos) le cuesta un disparate. En todo caso es responsabilidad nuestra, como ciudadanos de países no tan centrales, comprar o no los productos teóricos averiados que se nos venden como el non plus ultra del análisis social y que son, en realidad una versión “útil” de ideas que tienen más de 60 años. Y que, para más inri, no han aportado grandes soluciones a los conflictos allí donde se han aplicado.