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    Una vida de novela

    Es tan larga y rica la peripecia del tango que, a veces, hay que hurgar en ella con morosidad de orfebre, con una paciencia casi religiosa y extenuante, porque el premio son hallazgos que ofrecen un disfrute reparador. Historias de vida dignas del rescate del olvido. Por ejemplo, la de Miguel Rice Treacy —nacido en Buenos Aires el 15 de abril de 1903 y fallecido en la misma ciudad el 16 de julio de 1971—, hijo de irlandeses, por lo cual lució durante años el apodo de “el Irlandesito”, y que fue, para “la popular”, conocido como Carlos Viván, cantor, actor, letrista y músico de prolífica y, en parte, sorprendente, insólita trayectoria.

    No fue uno de esos niños prodigio que, con pocos años, sorprenden al público con su música o su canto. Su actividad artística se inició modestamente, cuando ya era más que un adolescente: en 1923 se integró a la murga Troupe Estudiantil, que dirigía su amigo de la infancia Enrique Dizeo, para venir a actuar al Teatro Solís de Montevideo, cumpliendo un compromiso que ya nadie recuerda cómo pudo firmarse. Precisamente, Dizeo fue el responsable del nombre artístico que tomó el joven irlandés, al tildarlo, por su notoria elegancia y facilidad para enamorar jovencitas, de “maniquí vivant”.

    Dos años después, dedicado sobre todo a cantar tangos y a componerlos, fue contratado por Radio Nacional, acompañado, en sucesivos ciclos, nada menos que por Juan “Pacho” Maglio, Osvaldo Fresedo, Roberto Zerrillo, Ricardo Brignolo y el bandoneonista Pedro Maffia junto a un trío de guitarras; en esta etapa hizo numerosas grabaciones para los sellos Odeón, Víctor, Brünswick y Electra, destacando la versión de los temas de su autoría La linda pebeta y Cómo se pianta la vida, que luego sería un éxito formidable de Alberto Castillo con Ricardo Tanturi, además de Dolor gaucho, olvidada obra de Bernstein y Cadícamo.

    Viajero incansable, espíritu romántico y libre, con mucho de aventurero —tuvo un solo y fracasado matrimonio y fue pareja, entre otras damas del ambiente, de Aída Denis—, con muy buen manejo del idioma inglés, entre 1933 y 1938 recorrió países de América y Europa y recaló en Estados Unidos, donde, en salas calificadas de Nueva York, presentó revistas musicales de jazz que intercalaban lo que podría definirse como un “contenido sabor a tango”. Al regreso se incorporó, aunque por breve tiempo, a la orquesta, ya famosa, de Julio de Caro.

    Pero Carlos Viván abarcó otros ámbitos. Pasó por la mayoría de las radios argentinas de su época y en teatro actuó en las mejores salas junto a actores de la talla de Elías Alippi, Lea Conti y Carlos Perello, entre otros. En cine debutó en 1935 en el filme Noches cariocas, realizado con la dirección nada menos que de Enrique Cadícamo en Río de Janeiro, y que fue un estrepitoso fracaso; también participó de Canto de amor, una película de 1940, junto a Herminia Velich y Nelly Omar. Sin embargo, siempre dijo que su proyecto más ambicioso había sido Consejo de tango, dirigida por Moglia Barth: un intento que no prosperó por haber sido un experimento del director usando el llamado “sonido fotográfico”. Curiosamente —porque no recordaba esta etapa con el mismo cariño— acompañó en varias películas a Luis Sandrini, caso de Un bebé afortunado, que le dieron un mayor reconocimiento.

    Gardel le cantó Hacelo por la vieja y Cómo se pianta la vida, aunque, por razones nunca bien explicadas, nunca grabó esos temas. Ambos habían intimado durante sus respectivos trabajos para el sello Max Glücksmann.

    Autor de numerosos tangos, valses, milongas, foxtrots y temas de jazz, Viván es recordado especialmente por obras, aparte de las ya mencionadas, como Moneda de cobre, Domani, Nuestra noche, Dolor de tango, Penny Post (en homenaje a un famoso caballo de carrera), Se va el tren, Amigo, El barco María, Suplicio, Quiéreme esta noche, La vida es corta y Milonga para Gardel (éxito enorme en el repertorio de Pugliese).

    Carlos Viván, aquel entrañable “irlandesito” rebautizado por Dizeo y que inició sus presentaciones públicas en el Solís montevideano, murió pobre y sin mujer al lado, con tantas que tuvo, ayudado por sus amigos del tango: Troilo, Cátulo Castillo, Discépolo, Tanturi y tantos más.

    En sus últimos años había abandonado un empleo obtenido en el ferrocarril y, ya al borde de la decadencia, se ganaba la vida tocando jazz, no tango, en cualquier local nocturno que le abriera las puertas, imitando —dicen que con mucha convicción— al recordado cantante Al Jolson.