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    Una vida en 500 notas

    Abbondanza con Silveira, rostros serios, años 70. Abbondanza veinteañero y sonriente frente al mar, clásica foto de los años 50. Abbondanza treintañero, mirada desafiante, Hamburgo, años 60. O en Pompeya, señalando su apellido en un cartel de nomenclátor. En la redacción de El País, con Guillermo Zapiola, Alicia Migdal y Washington Roldán. Abbondanza con Menchi Sábat, con Homero Alsina, con Norma Aleandro, con China Zorrilla. Abbondanza con presidentes salientes y entrantes. Abbondanza con mirada otoñal, año 2016, la misma barba tupida de siempre, pero totalmente cana. En la página siguiente, solitario, el escritorio de su casa de la calle Juan Paullier —la misma donde funcionó el taller de cerámica que tuvo con Silveira durante décadas— con su clásico pupitre con doble cajonera, un viejo radiador contra la pared, máquina de escribir mecánica, bolígrafo sobre hoja en blanco, unos pocos cuadros colgados y la imponente biblioteca que revela su uso intensivo a lo largo del tiempo, con cientos de libros desordenados, recostados hacia ambos lados, con los espacios libres rellenos con biblioratos, libretas de apuntes y ejemplares amontonados. Jorge Abbondanza murió el 28 de agosto de 2020 y la foto de su sala de escribir, de José Pampín, fue tomada semanas atrás, a poco de la entrada a imprenta. Muy poco tiempo como para embalar todo en cajas. Sin embargo, en esos seis meses transcurridos, el círculo más cercano al crítico, periodista y ceramista uruguayo nacido en 1936 trabajó a tiempo completo para estampar en negro sobre blanco las notas de toda una vida.

    A fines de mayo se publicó Jorge Abbondanza. Después del estreno, con el subtítulo Una selección de textos críticos publicados entre 1965 y 2014. Se trata de una compilación de artículos periodísticos del hombre que también firmaba J.A., curada y realizada por el investigador y artista plástico Oscar Larroca, con la supervisión general de Enrique Silveira, su maestro ceramista, su compañero artístico y su pareja durante gran parte de su vida. Su mayor testigo.

    El único libro (agotadísimo) que reúne la labor crítica de Abbondanza es El gran desfile, publicado en 1996 por Ediciones de la Plaza, perteneciente al diario El País, donde Abbondanza trabajó durante casi medio siglo como cronista, jefe de Espectáculos, crítico, columnista y editorialista. El mismo sello está a cargo de esta edición (en venta a $ 2.000 completa y $ 800 cada tomo). Por su porte y calidad gráfica, en tres tomos en tapa dura que suman 1.300 páginas, con abundante material fotográfico, gráfico y documental, procesado digitalmente por el propio Larroca, este tríptico constituye un verdadero tesoro editorial. El otro tesoro, la obra completa en cerámica producida por el taller Silveira-Abbondanza —referencia obligada en la historia plástica uruguaya, pionera y reconocida internacionalmente— fue legada por ambos en 2018 al Museo Nacional de Artes Visuales.

    Esta tríada constituye el registro de una firma protagonista de la vida cultural uruguaya del siglo XX. En su mayoría, contiene material publicado en la sección Espectáculos de El País, bajo rótulos como “Señalero”, “Las columnas” y “Boletería”, y también en su página editorial. También hay escritos para El País Cultural, Cinemateca Revista, Graffiti, Arte & Diseño y Las Tejas. Incluye además prólogos de libros, catálogos de exposiciones y programas de cine y teatro. Los tres tomos se reparten las variadas disciplinas sobre las que escribió este verdadero renacentista, a quien nada del arte le fue extraño. Los nueve capítulos contienen notas sobre cine y artes visuales (tomo 1), crítica, política y medioambiente (tomo 2) y artes, cultura, patrimonio, historia y teatro (tomo 3).

    A su ojo crítico, su verba erudita y virtuosa y su refinada capacidad de reflexión sobre los hechos culturales y sus coordenadas políticas, históricas y sociales, Abbondanza sumó virtudes formales imprescindibles para que sus textos hayan tenido alto impacto en su tiempo y mantengan total vigencia: la claridad y la concisión. Con total pragmatismo y con el cien por ciento de la dactilografía a favor del lector, en la primera frase de sus notas queda meridianamente claro qué va a decir el hombre. “Se ha hablado y escrito mucho sobre los talentos del cine que a lo largo de su carrera no ganaron los mayores premios”. Latigazo que pregunta. “En esta lista debe figurar Robert Altman”. Latigazo que responde. Listo: 3.000 caracteres sobre el autor de Mash y Un día de boda. Gracias a esta buena práctica periodística, esta colección se permite el lujo de ser totalizante sobre la obra del crítico: cada tomo contiene entre 160 y 180 artículos. Hay casi 500 notas.

    Fiel a su escuela pragmática, J.A. ya informaba de qué iba la cosa en el título, que podía ser tan elocuente como provocador: “Herencia de los maestros escandinavos”; “Antonioni: el estilo de un pintor”; “Figari es argentino” (airada protesta ante la pretendida argentinización del pintor oriental); “Ellos viven en el año 1424” (en vísperas de la invasión a Irak de 2003); “Resucita el macartismo” (sobre la discriminación del gobierno de Bush a los guionistas de Hollywood contrarios a dicha guerra); “Ayer murió el mayor artista plástico contemporáneo que seguía en pie en Uruguay” (sobre Manuel Espínola Gómez, en 2003); “Peter Greenaway en Fray Bentos” (sobre una ópera del artista inglés ambientada en, precisamente, el fraybentino Frigorífico Anglo); o “Julio César de nuevo asesinado”, un escueto recuadro que así comienza: “Moria Casán (leyó bien) hará el papel de Julio César en la tragedia de Shakespeare sobre el asesinato del dictador romano”.

    Una breve y emotiva pieza de Silveira, titulada “Límites y razonamientos”, encabeza los tres volúmenes, y revela las íntimas raíces del proyecto: “Nadie mejor que él mismo, con su inteligencia, podía haber iniciado el proyecto de libro autobiográfico que tenía pensado; pero su ceguera, su ánimo decaído por no poder identificar un rostro amigo, no poder ver un gesto, ¡no poder leer! Lo hizo desistir”. Así lo evoca como escriba: “Jorge jamás hacía un borrador para sus notas: iba directo al tema que tenía previsto y lo desarrollaba a medida que su lápiz en mano corría sobre el papel”. Y así lo llora: “Su autor preferido fue Marcel Proust. Muy a menudo le gustaba recitar en italiano: recordaba estrofas completas de Dante, versos de Antonio Machado, de Santa Teresa, de Garcilaso, de Gabriela Mistral, de Delmira, de Juana de Ibarbourou… en esas nuestras mañanas que se truncaron. ¡Dios!”.

    Cada uno de los tres tomos tiene diferentes prologuistas: Larroca, Julio María Sanguinetti y Ana Ribeiro en el primero. En el segundo, gente de la escena: Luis Brandoni y Mario Morgan. Y sus compañeros de redacción en el tercero: Henry Segura, editor de Espectáculos de El País desde fines de los 70 a entrados los 2010, y Guillermo Zapiola, histórico crítico de cine del matutino de la plaza Cagancha. En su prólogo titulado “El manobrante, el observador, el pensador, el crítico”, en el tomo 1, Larroca pinta los primeros años del periodista, entre la Facultad de Derecho, donde se había inscripto más por contentar a su familia que por vocación jurídica, y el diario El Bien Público, donde debutó como cronista: “Abbondanza veía un estreno el lunes al mediodía, luego de lo cual se trasladaba al estudio jurídico del doctor Carlos Alberto Roca, donde trabajaba, luego veía otro estreno de 20 a 22 y un último estreno de 22 a 00 horas. Además, los viernes y los sábados había trasnoches. En la hilera de ofertas culturales, aquel joven amante del cine terminaba asistiendo a 12 estrenos por semana, todas las semanas del año”. A esa desbocada cinefilia se sumarían obras teatrales, exposiciones, recitales y lecturas.

    En notorio contraste con la fruición cultural que lo caracterizó durante la mayor parte de su vida activa, hay que recordar, como él mismo lo declaró a Búsqueda en uno de los últimos reportajes que concedió, en 2016, ya jaqueado por la ceguera, que en sus últimos años su interés por la producción cultural contemporánea decayó considerablemente.

    En su dedicatoria, Sanguinetti lo destaca más allá de la crítica “porque su magisterio periodístico no fue ajeno a nada del acontecer mundial, ni a los grandes personajes internacionales, ni a los episodios marcantes de la historia, ni a nuestra peripecia como país, al que miró siempre desde la filosofía liberal y la sensibilidad humanística”. En tanto, Ribeiro, actual viceministra de Educación y Cultura, cuenta que comenzó a leerlo como crítico de cine, en las páginas culturales de El País, a las que define como una “rara isla cultural en medio de un país bajo dictadura” que “se las ingeniaba para decir al filo de lo permitido, para mantener aireadas las visiones y acontecimientos del mundo exterior que el cine nos dejaba atisbar”.

    Por su parte, Brandoni y Morgan destacan su influencia en las tablas. El director uruguayo lo define como “un referente fundamental para el teatro uruguayo (…). Su apreciación de la creatividad lo convirtió en un mentor obligado para nuestro quehacer teatral: sus críticas abrían puertas de reflexión, ecuánimes y severas, anteponiendo siempre el juicio riguroso a la complacencia”. Y el actor argentino elogia su capacidad de apreciación dramatúrgica e histriónica: “No solo tenía sobradas credenciales para hablar del texto autoral y de los rubros técnicos, sino que hablaba de nuestro desempeño como actores; el leit motiv de nuestra disciplina: una de las pocas tareas artesanales que todavía quedan en el mundo”. Y no disimula su orgullo “de haber sido observado desde su sapiencia como crítico, con el plus de haber recibido elogios de su parte”.

    Y así lo evocan sus compañeros de redacción. En su texto bautizado “No puedo”, dice Segura: “No puedo ni debo ser objetivo al pensar en lo que hizo Jorge”. El hombre que ya leyó estos libros, durante más de 30 años, semana tras semana en su mesa de edición, subraya “su compromiso con un destino común, la mirada hacia los otros” y su “inteligencia y amplitud sensible para reclamar la atención hacia una obra, hacia el creador que la sostenía, hacia los problemas que la rodearon y hacia los que nos condicionaban”. Y Zapiola pone el foco en el hombre de cine y conecta su estilo con el de “la escuela Alsina, mejorada por la inteligencia de Emir”, en referencia Homero Alsina Thevenet y Emir Rodríguez Monegal, dos críticos que, con Carlos Quijano, Carlos Martínez Moreno, Washington Roldán, Alicia Haber y el propio Abbondanza, sin dudas serían titulares en un posible dream team de la crítica periodística uruguaya moderna: “Las críticas de Abbondanza desmienten la famosa afirmación de Eric Rohmer de que si a alguien no le gusta Howard Hawks no le gusta el cine. Jorge no era un entusiasta de Hawks (sí de Rohmer, incluso antes de que estuviera de moda). (…) Pero acaso lo que más hay que agradecerle es su labor didáctica: no fue un intelectual de élites sino un individuo que escribía claro y directo, se hacía entender y enseñaba algo en casi todo lo que escribía”.

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