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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMientras un gobierno con ojos del siglo XIX discute con la OIT temas del siglo XX, el mundo del trabajo continúa en cambio.
La economía tiene un comportamiento perezoso. Las políticas de hoy no repercuten inmediatamente. En términos de análisis económico, las decisiones, o la falta de ellas, suelen provocar efectos a medio plazo. Y en eso estamos.
Un país que para nada se ha preparado para el futuro, ahora parece instalado en una parálisis indecente. A veces me pregunto si realmente hay alguien ahí con interés real por lo que nos pasa a todos o si hay alguien ahí que sepa realmente lo que se nos viene encima.
Mientras la clase gobernante muestra su poca clase, el mundo sigue girando. Un futuro cada vez más retorcido, cercano y evidente. Evidente para unos y desconocido para la mayoría de los que deberían establecer amortiguadores sociales y preparar la maquinaria para evitar un desastre bíblico.
Lentamente, la desocupación aumenta, muchas familias sobreviven con la ayuda del Mides. Se cae en una economía descompuesta y sumergida, a estos se les considera pobres de solemnidad y a otros se les considera en riesgo de exclusión social. Súmele que hay muchos jóvenes que permanecen aquí sin opciones laborales…
A todo esto, nuestro modelo productivo sigue siendo incapaz de incorporarse a la economía del conocimiento. Piensa en los trabajadores de la banca que se ven tranquilos tras el mostrador y que de futuro inmediato tienen una carta de despido sobre él.
Un país que sufre el desequilibrio histórico entre el aumento de los costos de vida y el descenso notable del poder adquisitivo de la mayoría. Un lugar donde el futuro de las generaciones más jóvenes sigue siendo incierto. Estarás pensando que la reducción del desempleo ha sido notable en los últimos años. Cierto, como también lo es que se ha generado empleo en sectores muy expuestos a ser inversamente proporcionales o que en gran medida muchos uruguayos se fueron a buscar trabajo a otros lugares y se generaron demasiados puestos en la función pública.
Uruguay es un país increíble pero no es suficiente con decirlo. Ni siquiera hablando que el sector agropecuario es de los más potentes del mundo. A este país, ahora, le hace falta compromiso con su futuro. Nada de lo conseguido es suficiente. Nada servirá. La velocidad a la que el mundo se mueve es exponencial y la innovación necesaria no entiende de discursos vacíos o declaraciones patrióticas.
Se debe debatir de todo, por supuesto, y se debe hacer política también en aquello que repercuta en el reconocimiento de todo el mundo.
El problema es que solo se tratan esos temas y ninguno más. Y lo vamos a pagar caro. El tema de los desaparecidos es tan importante como la reducción de cualquier discriminación que viva un colectivo social. Los títulos universitarios de los candidatos o las posibilidades constitucionales para serlo son tan relevantes como la conformación de las listas para las elecciones. Estoy de acuerdo con que esos debates se deben efectuar. El problema es que solo debatimos de eso y de lo que realmente se está fraguando nadie habla.
La irrupción tecnológica en el campo laboral suele entrar de un modo desequilibrado. No es igual en todo, tiene intensidades variables. No es lo mismo el sector servicios que el industrial. Cada uno lo va a vivir de un modo distinto y a diferentes velocidades. No obstante, la intensidad será igual de profunda, en general más pronto que tarde.
El impacto de robots, inteligencia artificial y aprendizaje automático se va a llevar por delante un modelo social y económico sin casi haberlo visto venir. Afectará a la población activa y las políticas públicas. Si la sociedad necesita menos trabajadores debido a la automatización y a la robótica, y muchas de las prestaciones sociales están ligadas a tener un empleo, ¿cómo va a percibir asistencia sanitaria y pensiones durante un período prolongado de tiempo la población no activa?
Hay países, como Suiza, que organizan referéndums sobre una renta mínima universal de 2.260 euros libres de impuestos durante toda la vida para sus residentes y se permitieron el lujo de rechazar la propuesta. También se negaron a elevar el salario mínimo a más de 3.200 euros al mes. Lo hicieron porque no quieren afectar la competitividad de sus empresas. Es evidente que no somos Suiza. Aquí lo pasamos mejor y comemos asados. Pero hay algo que no estamos haciendo bien y que lo vamos a pagar a medio plazo.
Nos falta el sentido común de países como Suiza, Dinamarca, Irlanda u otros en los que llevan mucho tiempo atendiendo y gestionando el cambio de paradigma socioeconómico que la cuarta revolución industrial ha traído y la quinta va a traer.
Lo curioso es cómo obviamos los avisos. Tanto en lo público como en lo social y en lo productivo.
La OCDE dice que este mundo va a ser automático en una década. Se van a automatizar una cuarta parte de los trabajos existentes con nuevas tecnologías. Tecnologías que van a crear empleos nuevos, pero nadie está trabajando en lo que supone reciclar a los trabajadores para su reinserción o, en su defecto, en prever un escenario dónde se tendrá que atender una demanda social de trabajadores innecesarios.
Este país está en manos de gente sin perspectiva, que leen muy poco y cuyo objetivo vital es maquillarse para salir en la foto. Para trabajar en ese futuro inminente hay que legislar. Hay que crear leyes, normas y hacer política. Elementos que permitan afrontar este desafío inédito.
Muchas de las decisiones a tomar no serán políticamente rentables y ese es el problema. Se escucha hablar de la renta mínima y de sus costos admisibles sin ningún sustento. La renta mínima y universal no es de derechas ni de izquierdas, es irremediable. Pero el problema radica en que no se podrá desplegar simplemente por ley. Subiendo impuestos no funcionará. Irá socavando la economía y reduciendo las opciones de mantenerla a largo plazo. Para que una renta mínima sea viable, hay que automatizar el país. Desde la función pública hasta la actividad privada. Menos empleo y más rendimiento. Sin esa base tecnológica, la renta mínima es inviable y además imposible.
Los programas políticos públicos deben afrontar cuestiones de gran trascendencia proporcionando prestaciones sociales en la nueva economía digital. No hay otra. El número de robots industriales ha aumentado en todo el mundo desarrollado. En 2013, por ejemplo, se calculaba que había alrededor de 1,2 millones de robots en uso. Esta cantidad ascendió hasta casi 1,5 millones en 2014 y 1,9 millones en 2017. Japón tiene la cifra más alta, con 306.700 y Alemania 175.200. En total, se espera que el sector de la robótica crezca de los 15.000 millones de dólares actuales hasta los 67.000 millones en 2025. Los robots representan hoy una alternativa viable al trabajador humano. También va a pasar aquí. Los pedidos a entregar en robótica de servicios e industrial se amontonan en las fábricas europeas. En dos años los verás instalados y sustituyendo humanos. Lo grave no es eso. Lo realmente dramático es que nadie está pensando en ello, ni siquiera los que acaban de firmar el acuerdo Mercosur-Unión Europea.
La oportunidad no es solo de productividad y eficiencia, es además de propuesta de una nueva economía donde las personas hagamos aquello que se nos da mejor: hacer de personas y no de máquinas. ¿Alguien ha pensado en esto?
Muchas de las grandes empresas tecnológicas han alcanzado economías de escala con una plantilla moderada. El momento en que las máquinas pueden reemplazar al hombre en la mayoría de los empleos de la economía actual es ya una posibilidad y es algo que va a ir pasando exponencialmente. En toda una serie de sectores, la tecnología está sustituyendo a la mano de obra, y esto tendrá consecuencias drásticas en el empleo y la renta de las clases medias.
Supongo que nuestros políticos dan por sentada aquella máxima que se ha convertido en mantra: “La tecnología destruirá empleos, pero también creará otros nuevos y mejores”. Cierto, es posible que sea así, pero no lo va a ser por arte de magia. Lo que va a suceder -si no se activen modelos de sustitución, estructura ocupacional tecnológica y de habilidades humanas a desarrollar- es que la tecnología destruirá empleos y creará otros nuevos pero en mucha menor cantidad.
El futurista Martin Ford1 dijo: “A medida que la tecnología se acelera, la automatización podría acabar penetrando en la economía en tal medida que los salarios no proporcionarán al grueso de los consumidores unos ingresos lo bastante holgados ni confianza en el futuro. Si este problema no se ataja, el resultado será una espiral económica descendente”. Si no se ataja, por tanto, hay que preverlo.
Esto es estrategia y liderazgo político asumiendo lo que viene, conociendo lo que se está fabricando.
Se debe comprender que la tecnología está revolucionando muchas empresas, lo hace transformando su manera de operar y no incrementando el número de puestos de trabajo. La tecnología puede estimular la productividad y mejorar la eficiencia, pero lo consigue reduciendo el número de empleados necesarios para generar niveles de producción iguales o mayores. Podemos ver en videos lo divertido de que un robot trabaje en un hospital o te atienda un hotel, detrás de eso hay un verdadero cambio laboral que llega sin avisar.
Te avisa, otra cosa es que nadie esté escuchando. Suena a lejano, a algo que no te va a afectar.
Los políticos parecen no saber que este es el peor momento para un trabajador que solo puede ofrecer conocimientos y habilidades tradicionales. Los ordenadores, los robots y otras tecnologías digitales están adquiriendo sus conocimientos y sus destrezas a una velocidad extraordinaria y superándolos.
¿Hay alguien preparando un modelo educativo para ese empleo del futuro?
¿Hay alguien estableciendo los criterios políticos para que se prepare el cuerpo laboral ante esas exigencias?
Y lo que es peor, ¿hay alguien preparando un amortiguador social para un escenario sin empleo de calidad y de valor añadido?
El futuro es factible de ser conquistado, de vivirlo con entusiasmo, de fabricar un ecosistema en el que las personas trabajemos en cosas que las máquinas no harán jamás, un lugar donde podamos ejercer la innovación puramente humana.
El problema es que eso no es automático. Se fabrica políticamente y la administración debe administrar, liderar y legislar para que la tecnología sea un aditivo favorable y no un veneno.
El gran debate político debe hacer frente a este problema mayúsculo antes de que se acumulen miles de personas en un escenario marginal de individuos ‘subempleados’. El problema es que esto exige hacer política, en muchos casos a muy largo plazo.
Rafael Rubio
CI 1.267.677-8
(1) Futurista, autor centrado en la inteligencia artificial, la robótica y el impacto en el empleo, la sociedad y la economía. Universidad de Michigan (BSE) UCLA Anderson School of Management (MBA). Autor del bestseller del The New York Times, Rise of the Robots: la tecnología y la amenaza de un futuro sin trabajo.