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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáClara, quien es presentada como “diseñadora de paisajes” de Maldonado en un spot de radio y televisión pago por Presidencia de la República en el marco de la campaña de “bien público” —en plena campaña electoral y gracias a una ley de medios que su mentor José Mujica dijo tiraría a la basura pero después firmó— mira fijo a la cámara y con una sonrisa de oreja a oreja recita loas sobre una tecnicatura que le permitió obtener ese título en un centro de educación público terciario fernandino. La misma escena se repite con el joven Nahuel, que es presentado como estudiante de Ingeniería y así con Sebastián y decenas de niños y adolescentes que hablan del sistema educativo uruguayo cual paradigma como trampolín al bienestar y desarrollo. Todos los avisos finalizan con la frase en audio y sobreimpreso: “En la educación pública trabajamos para construir tu futuro de los uruguayos”, un Uruguay para todos.
La calidad audiovisual y los paisajes pueden hacer dudar al público acerca de si se trata de educandos uruguayos o de algún país nórdico que se adentró en sitiales de vanguardia luego de la implosión del socialismo real a influjo de especialización productiva en rubros puntuales, generalmente asociados a las nuevas tecnologías o riquezas naturales en las que tienen ventajas competitivas.
¿Qué tiene que ver lo anterior con el default, término que se usa en la jerga financiera para expresar cuando una empresa o país está en bancarrota y deja de pagar sus deudas? Parafraseando al todólogo universal Mujica, al que le faltaron 15 días como presidente de la República para fundir el país, “no tiene que ver con nada, pero tiene que ver con todo. Ta clavao”, diría el personaje que creó, aunque de a ratos imposte la voz y diga —como lo hizo esta semana— que más importante que el déficit fiscal es el social, al que por cierto poco y nada serio hizo por mitigar...
Aún durante la mayor bonanza económica de la historia propiciada por inéditos e irrepetibles precios altos de los productos de exportación y multimillonarias inversiones extranjeras que migraron del mundo desarrollado en crisis atraídas por generosos beneficios impositivos (zonas francas, entre otros), los hacedores de política económica, con el superministro Danilo Astori al timón, no fueron capaces de poner a dieta el gasto estatal y para financiar el déficit del fisco que alcanza al 5% del PIB, mayor incluso que durante la brutal crisis del 2002 cuando la vida misma de la nación coqueteó con el abismo.
Para financiar ese cráter en las finanzas públicas, las tres sucesivas administraciones frentistas endeudaron a por lo menos tres generaciones de uruguayos emitiendo títulos de deuda, abusando de la buena reputación que se ganó el país cuando a inicio del siglo el entonces presidente Jorge Batlle se negó a ir al default, como reclamaba buena parte del Frente Amplio, y logró un canje de bonos que permitió estirar en el tiempo los pagos sin afectar la chapa de cumplidor.
El nuevo gobierno que asuma el 1° de marzo de 2020 deberá amortizar solo en ese primer año de gestión casi US$ 30.000 millones entre deuda emitida en títulos y obligaciones contraídas con paganismos financieros internacionales como el BID y el Banco Mundial... Una megainversión ampliatoria de la suecofinlandesa Stora Enso en su planta de Conchillas podría darle aire e impulso a la novel administración pero aún falta verle las patas a la sota (léase resultado electoral y condiciones económicas de un mundo y una región particularmente inciertas.
En cualquier caso, es mucho más preocupante (o debería ser) el default en el que ya estamos como sociedad absolutamente degradada en valores, más violenta y ordinaria, y eso no se soluciona con una tableta por niño y anciano. Que la población tenga hoy un mejor nivel de ingresos no significa que haya progresado. Multiplicar la cantidad de lúmpenes con iphone no es acercarse al desarrollo sino más bien a la barbarie.
Quince años de “progresismo” no fueron suficientes para cambiar una matriz de pensamiento y accionar del habitante promedio de la penillanura levemente ondulada del culo del mundo que sigue prefiriendo arriesgar poco y esperar por un Estado que cada vez hace más mal lo que tiene que hacer bien, como educar y proteger a sus contribuyentes
Que una ministra de Estado como María Julia Muñoz, nada menos que de Educación y Cultura, compare muy suelta de cuerpo al conductor de la enseñanza pública Wilson Netto con José Pedro Varela habla a las claras del tamaño berengenal en el que estamos metidos cuando 4 de cada 10 liceales no termina el Ciclo Básico. Y que el candidato oficialista Daniel Martínez proponga crear 200 centros educativos como si en los últimos 15 años hubiese gobernado “la derecha neoliberal”, como gusta llamar la masa militante a todo el que piensa diferente
“No somos un supermercado ideológico”, responde el candidato colorado, el economista Ernesto Talvi, cuando se le pregunta si es consciente de que su figura, como la de Luis Lacalle Pou, es la del neoliberal de los 90 según el glosario de clichés. Fueron ellos los neoliberales que hicieron tres ajustes fiscales con suba de impuestos y tarifas para gastar como si no hubiera mañana y cumplir con Manhattan para no perder el grado inversor.
En el año 2056 el gobierno que esté en funciones para ese entonces deberá terminar de pagar la deuda que emitieron las tres administraciones del Frente Amplio durante los últimos 15 años para mantener un Estado que presta servicios como los de Sierra Leona pero recauda como Finlandia. Los platos rotos los pagarán Clara, Nahuel y otros niños a los que hoy se les venden espejitos de colores, aunque lo más probable es que para ese entonces vivan en el extranjero
Denis Dutra