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    Vargas Llosa, la marihuana y el Estado de derecho (II)

    Le ruego su gentileza de publicar esta Carta Abierta a Mario Vargas Llosa.

    Estimado Maestro:

    Voy a obviar los elogios al Vargas Llosa escritor que me ha deleitado durante tantos años, a través de tantas obras magnas, así como al periodista que me hace disfrutar su prosa semana a semana. Sin ir más lejos, lo acabo de citar en una columna sobre arte, que escribo regularmente.

    He leído, Maestro, su última nota publicada en Búsqueda y siendo tan ferviente admirador suyo, quedé muy sorprendido.

    No porque yo esté en contra ni a favor de la legalización de las drogas, creo que es un tema a estudiar, pero quedé sorprendido de sus aplausos, Maestro, a “la valerosa decisión del gobierno de Uruguay y de su presidente, José Mujica”.

    Cuando lo que han propuesto improvisadamente y sin ningún apoyo jurídico ni científico ha sido una suerte de “socialización” del consumo, la producción y el registro del cannabis, en un proyecto sin redactar y sin respaldo —contrariamente a lo que usted cree— de la totalidad de la bancada del gobierno.

    Y fundamentalmente ha sido una cortina de humo para tapar la desastrosa gestión del Poder Ejecutivo en materia de seguridad pública, derivada de la ideología frenteamplista que hace al delincuente una víctima de la sociedad y por tanto somos todos culpables. Con lo cual se diluye la responsabilidad del gobierno.

    Usted, querido Maestro, perdóneme, pero quizás no conoce la realidad uruguaya. Si la conociese sabría que nuestras autoridades son incapaces —por esa ideología trasnochada— de controlar: la venta de artículos de contrabando a la vista y paciencia de todo el mundo; la timba de la “mosqueta”; la reventa de entradas en los espectáculos deportivos y artísticos; el ingreso de drogas y armas en las cárceles; las clínicas clandestinas para realizar abortos; la fuga casi diaria de menores de los hogares de reclusión; la mendicidad y los infelices que duermen en las calles; entre tantas otras cosas.

    Entonces, con la marihuana, ¿cómo van a controlar el consumo de los adictos, la cantidad que pueden legalmente consumir y las colillas que deberán exhibir?

    Pero eso no es todo, Maestro. Usted dice: “Siempre he tenido una gran simpatía por Uruguay, desde el año 1966, en que fui a Montevideo por primera vez y descubrí que América Latina no era solo una tierra de gorilas y terroristas, de revolucionarios y fanáticos, de explotadores y explotados, que podía ser también tierra de tolerancia, coexistencia, democracia, cultura y libertad”.

    Efectivamente era así, una tierra de tolerancia, coexistencia, democracia, cultura y libertad. Pero ese año 1966, al mismo tiempo que usted descubría Montevideo, un grupo de terroristas en cuya dirigencia se encontraban el actual presidente de la República y su ministro de Defensa Nacional —amén de otros— quería destruir por las armas ese estado paradisíaco por usted alabado.

    Y termina su artículo, querido Maestro, con estos párrafos tan brillantes como equivocados: “Es verdad que Uruguay pasó a vivir luego la atroz experiencia de una dictadura militar. Pero la vieja tradición democrática le ha permitido recuperarse más pronto que otros países y hoy, quién lo hubiera dicho, bajo un gobierno de un Frente Amplio que parecía tan radical, y un presidente de 77 años que fue guerrillero, es otra vez un modelo de legalidad, libertad, progreso y creatividad, un ejemplo que los demás países latinoamericanos deberían seguir”.

    ¿Modelo de legalidad el gobierno del Frente Amplio que ha ignorado el resultado de dos consultas populares? ¿Usted sabe, Maestro, que ni esa “atroz dictadura militar” con toda la suma del poder, se animó a desconocer la voluntad popular de otro plebiscito, el de 1980?

    ¿Modelo de legalidad el gobierno del Frente Amplio que ha dictado un decreto terminando con la seguridad jurídica y desconociendo el principio universalmente aceptado de “la cosa juzgada”?

    ¿Modelo de legalidad atropellar el principio de irretroactividad de la ley penal más severa; tipificar como “delitos de lesa humanidad” aquellos que no lo eran cuando fueron cometidos; y sobre las normas de prescripción de los delitos, excluir el tiempo que transcurre desde el 22 de diciembre de 1986 hasta la entrada en vigencia de la nueva ley?

    ¿Modelo de legalidad esa última aberración máxima —si las hay— porque fue un período de plena vigencia de la democracia, funcionamiento normal de todos los poderes y usufructo de todas las libertades?

    ¿Modelo de legalidad cuando, luego de perpetrar el exabrupto de hacer ingresar a Venezuela al Mercosur aprovechando la suspensión de Paraguay, nuestro presidente declara, sin siquiera ruborizarse, que “lo político prima sobre lo jurídico”?

    Y le ahorro comentarios sobre “el modelo de progreso y creatividad” que demuestran los paupérrimos estados de la educación y de la salud pública; la espeluznante concepción de la política exterior; y los infaustos negocios con la aerolínea estatal, Pluna.

    ¿Usted sabe, estimado Maestro, que el Consejo Directivo Central de la Universidad de la República, luego de meses de debate, aprobó otorgarle el título de doctor Honoris Causa, votando en contra el orden estudiantil?

    ¿Y sabe que ese orden estudiantil, dominado por el Frente Amplio que usted dice “parecía tan radical”, lo es al punto que entendió que “Vargas Llosa no representa los valores políticos de la Universidad y que se está poniendo en juego el prestigio de la Universidad en cuanto a su visión ética del mundo”?

    Querido Maestro, usted conoce muy bien a los ex presidentes Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle. Pregúnteles en alguna ocasión que se presente, qué opinan del gobierno del Frente Amplio.

    Ahora bien, debo reconocerle, Maestro, que en tierra de ciegos el tuerto es rey y si nos comparamos con la falta total de seguridad jurídica de la Argentina; con la carencia de garantías de Venezuela; con el atropello a la libertad de prensa de Ecuador, entonces sí podemos ser lo que usted dice: “un ejemplo que los demás países latinoamericanos deberían seguir”.

    Con mi infinita admiración,

    Adolfo Castells Mendívil

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