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Sábado de noche. Una parada cercana al Teatro Solís. Varias personas nos levantamos del banco del refugio para tomar el bus que se aproxima. Pero una de ellas es muy anciana. Todos los demás, respetuosamente, le cedemos el turno: que la señora suba primero.
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Todos exclamamos que espere, y yo, que no tengo pelos en la lengua con los obreros del transporte, protesto. El chofer apenas detiene la marcha y, agresivo, grita: ¡Hay que correr, hay que correr!
Le digo que hay una persona mayor. El hombre repite como un autómata: ¡Hay que correr, hay que correr!
Finalmente, todos subimos. La anciana me agradece, pero mi hija veinteañera se avergüenza de mí. ¡Ay, mamá!, suele decir cuando hago valer derechos.
Le pregunto a mi hijita si no vale la pena un encontronazo con un chofer para defender los derechos de un adulto mayor. Le pregunto si no hay que hacer cosas cuando se violan los derechos humanos. Me contesta que soy muy pesada. Es verdad.
Me quedo pensando en el chofer. ¿A quién habrá votado?
Estadísticamente, es probable que haya votado al MPP, pues Mujica fue el senador con más votos de la República. Me dejo llevar por mis pensamientos: un hombre con el poder de manejar un volante de ómnibus destrata a mujeres y viejitas pero puede votar a un anciano tanto para presidente como para senador.
Curiosamente, un senador que declara públicamente que tal vez se canse de ser senador, porque la butaca del Senado lo aburre. Ir al Parlamento para él es un agobio, porque hay que escuchar discursos. No le gusta escuchar discursos. Es más, confiesa abiertamente que no escucha cuando sus colegas parlamentarios explican sus posiciones.
Verdaderamente, yo prefiero leer un poema que escuchar el discurso de un político, pero lo último que haría en mi vida sería militar para darlos yo.
Le cuento horrorizada a un amigo que el ex presidente ha expresado sin culpa que en el Palacio de la Democracia, el palacio Legislativo, un senador calienta butaca. De ahí a pensar que está muy bien que los tanques militares rodeen el Palacio como sucedió en una aciaga mañana de 1973, no hay mucha diferencia.
Mi amigo me dice que lo que pasa es que está gagá.
No lo creo.
De todas formas, pienso en mi vida si llego a ser longeva. ¿Alcanzaré la edad del ex presidente? Mmm… desde niña he sido enfermiza. Los balazos hubieran acabado conmigo con solo escuchar el sonido.
Pero si pasara los ochenta años, me gustaría cuidar mis nietitos (espero que mi hija tenga más de un bebé regordete y que entonces no me considere pesada), leer todos los libros que están pendientes en mi vida, con un buen par de anteojos casi lupas en la nariz, mirar el impoluto mar de Rocha (sin puertos de aguas profundas ni Aratirí) y mirar el mundo: las fachadas de las casas, los niños, los pájaros, mis plantas.