N° 1899 - 29 de Diciembre de 2016 al 04 de Enero de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl año que concluye ha sido un annus horribilis para el gobierno y para el Frente Amplio. Y el que viene no promete ser mejor. Porque los problemas no resueltos no desaparecen al cambiar el almanaque. Siguen allí.
Las economías de Argentina y de Brasil, siempre tan influyentes, deben seguir procesando ajustes y poco es lo que podrán ayudarnos. Ahora, con Trump presidente de Estados Unidos, es un misterio. Si nos atenemos a sus discursos de campaña poco de bueno cabe esperar.
El gobierno ha puesto sus expectativas en recibir “grandes inversiones” y en negociaciones comerciales. Pero la segunda planta de celulosa de UPM está en etapa de definición y, de concretarse, la obra comenzará recién en el 2018. El proyecto de la regasificadora está siendo redimensionado (achique y negociación con Shell que propone ser accionista mayoritario) y el TLC con China por ahora no pasa de “un cuento chino”, como me confió una fuente diplomática. Estando en el Mercosur, ni Brasil ni Argentina autorizarán a Uruguay a negociar solo un TLC con China. Y Beijing lo tiene claro. Así que, salvo las inversiones en infraestructura vial y ferroviaria anunciadas por el gobierno, que requieren un financiamiento que se procura, no se visualizan en el horizonte otros proyectos generadores de esperanza.
Para muchos votantes frenteamplistas, 2016 ha sido el año de la pérdida de la inocencia, de la salida de la “zona de confort”.
Porque la realidad ha dejado a la vista el despilfarro de recursos públicos y la mala gestión (Ancap, Fondes, Alas U, etc.), como la complicidad, complacencia o el silencio ante el flagrante autoritarismo y/o la corrupción de “gobiernos ideológicamente amigos” (Venezuela, Cuba, Nicaragua, Argentina, Brasil). Porque las pugnas internas, producto de luchas de poder y de sobrevivencia sectoriales, se manifiestan a diario respecto a todas o casi todas las cuestiones que aparecen en la agenda oficial y traban o enlentecen la acción del gobierno. Y porque en estos doce años las autoridades se han resignado a aceptar pasivamente el corporativismo de un sindicalismo que explota las debilidades y divisiones en filas oficialistas.
Es obvio que ello ocurre en una coalición que opera con centros de poder que se neutralizan y que carece de un liderazgo claro. Estamos, como dijera Lorier, ante un gobierno en disputa.
Durante una década en la que el país ha sido bendecido por una coyuntura internacional muy favorable, en la que amplios sectores de la sociedad han mejorado su calidad de vida y han podido concretar muchos sueños largamente postergados, las expectativas y esperanzas de muchos compatriotas fueron in crescendo. La fiesta del consumo les ayudó de a ratos a “olvidar” los problemas de inseguridad, de pérdida de valores y de códigos de convivencia, de baja calidad de la educación pública, pero la realidad reaparece una y otra vez.
La oposición por ahora no parece capitalizar el descontento ciudadano, pero cunde en sus filas una sensación nueva, de hartazgo con la situación. Pero tanto va el cántaro a la fuente…
En los últimos dos años hemos pasado de la euforia del tout va très bien, de estar en camino al Primer Mundo, al aterrizaje forzoso y la sucesión de ajustes fiscales (más impuestos y ajustes tarifarios) sin siquiera disminuir el déficit fiscal.
El choque con la realidad ha expuesto lo efímero de la bonanza. También devalúa la esperanza y consume la paciencia de los ciudadanos.
Sin hablar de la licenciatura que no fue del vicepresidente de la República, esta combinación de hechos y situaciones golpea la conciencia y las preferencias políticas de muchos ciudadanos que depositaron sus esperanzas en el Frente Amplio y que hoy se muestran distantes, desencantados o indignados.
Eso explica no solo la caída del nivel de adhesión al FA que registran las encuestas. Explica también la pérdida del voto 50 en Diputados que le garantizaba la mayoría.
Cuando un partido gobernante carece o pierde la mayoría en el Parlamento sabe que debe negociar con la oposición o con parte de ella para aprobar las leyes. Pero eso requiere una convicción democrática y republicana que en las izquierdas latinoamericanas no abunda. El ejemplo venezolano es muy claro. Derrotados en las urnas en diciembre de 2015, los herederos del chavismo le niegan poderes a la Asamblea Nacional y se aferran con todas sus fuerzas al poder. Derrotado en las urnas en el plebiscito que pretendía reformar la Constitución para habilitar una nueva reelección suya, impedida por la Carta, en Bolivia Evo Morales insiste en volver a postularse alegando que perdió la consulta popular de febrero por una estrecha mayoría circunstancial (1% de los votos).
El nuevo año incluye una nueva discusión presupuestal, con el inevitable regateo, la presión, el barullo y los agravios de los funcionarios públicos contra quienes desde el gobierno se niegan a concederles mejoras salariales u otorgarles nuevos privilegios. Ni hablar de reformas estructurales ni de mejorar la competitividad. Con la popularidad en baja no parece ser este el momento de encarar esos temas.
El lunes, ya en 2017, entra en vigencia el doble ajuste fiscal. El sancionado a mediados de año en la Rendición de Cuentas aumenta las tasas del IRPF y del IASS (con lo que se pretende recaudar unos U$S 500 millones) y el anunciado aumento de tarifas de los servicios estatales para obtener un mayor aporte de los entes a las finanzas públicas. Es un nuevo esfuerzo que se le exige al ciudadano. Más recursos para sostener un alto y poco eficiente nivel de gasto público.
Mientras el Mides invierte ingentes recursos en programas de asistencia social, los prometidos cambios en el ADN de la educación quedaron reducidos a una mera “transfusión”, según el destituido director nacional de Educación del Ministerio de Educación y Cultura, Juan Pedro Mir. Una transfusión que no atiende, o lo hace muy lentamente, las urgencias de generaciones de niños y adolescentes de familias desintegradas o que viven en contextos críticos, para quienes la educación es la única —o casi la única— vía para tener una vida socialmente útil, desarrollar sus potencialidades ciudadanas y acceder a algún tipo de actividad laboral digna. Si el sistema educativo no aporta las herramientas necesarias para ello, no habrá sociedad integrada. No habrá futuro para un país que no cuida debidamente sus recursos humanos, que somete a una parte de ellos a una vida marginal, sin expectativa racional alguna.
No es así que se fortalece la democracia y las convicciones republicanas. Así se genera materia prima que explotarán, en beneficio propio, demagogos y populistas. No hay, por tanto, cómo hacerse el desentendido. Un cambio en serio requiere voluntad política y entendimientos patrióticos.
En el umbral del 2017 nada de eso parece factible. Por eso, por ahora, solo cabe esperar más de lo mismo. ¿Seguiremos viendo pasar los trenes?