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    Violencia y muerte en dos tiempos

    Columnista de Búsqueda

    Durante sus décadas iniciales, el espacio privilegiado de la ficción policial moderna fueron las ciudades. Desde David Goodis hasta Dashiell Hammett, desde Raymond Chandler hasta William Irish, los criminales y la ley se enfrentaban en callejones sucios, esquinas apenas iluminadas por las luces de neón, depósitos abandonados y pasillos mugrientos de edificios decadentes. La consigna parecía ser que los crímenes son cometidos por personas y las personas viven casi siempre en ciudades. Lo mismo ocurrió con las series policiales en la televisión. Allí están Los intocables, Las calles de San Francisco, Kojak, Cannon, NYPD Blue y muchas otras. Si hasta Hawaii 5.0 se preocupaba más por mostrar la áspera retícula urbana que las hermosas playas de las islas.

    Sin embargo y pese a este predominio, dentro de la novela negra muy pronto comenzaron los experimentos fuera del marco ciudadano. El propio Hammett, enlazando el western clásico con la moderna novela detectivesca, ambientó varios de sus cuentos más recordados en los secos y polvorientos pueblos de Texas. O en una isla apenas poblada, como en su maravilloso cuento El saqueo de Couffignal. Jim Thompson haría lo mismo, arrancando el crimen del callejón y llevándolo al ámbito de los pequeños pueblos del sur de EE.UU., con su amplia galería de psicópatas más o menos rurales.

    Con todo, no sería hasta 1955, con la edición de El arrecife del escorpión, de Charles Williams, que el género se desarrollaría en un ámbito que no era para nada urbano. Ni siquiera pueblerino. Williams se especializó en crear tramas policiales que ocurrían, de punta a punta, al aire libre. Y aunque tardó un poco más, la ficción televisiva hizo lo propio, adoptando los espacios libres como zona en donde el crimen campa (más o menos) a sus anchas. Con la llegada del policial escandinavo al mainstream hace ya un par de décadas, el espacio privilegiado del crimen fue cada vez más el rural. En particular, los bosques.

    Quizá esto ayude a explicar la abundancia de series policiales de reciente estreno en Netflix, donde el crimen es presentado en ese marco: un bosque sombrío, un lago en medio de ese bosque, un pantano, una arboleda llena de ramas filosas que encubre a los criminales y sus intenciones. De hecho, en los últimos dos o tres años se han estrenado una docena larga de títulos que, de una forma u otra, recrean distintos crímenes al aire libre, sean bosques (El pantano), praderas (Hinterland) o montañas (Glacé). Algunos hasta usan elementos sobrenaturales, aprovechando las leyendas más o menos paganas que existen en Europa sobre esos sitios, en particular los bosques (Zona blanca).

    Este es también el caso de la serie polaca Bosque adentro, estrenada hace pocas semanas en dicha plataforma, en donde una historia de muerte y violencia del pasado se ve reflotada por un nuevo caso policial: el cuerpo de un hombre asesinado podría ser el de un joven dado por desaparecido (y muy probablemente muerto) hace décadas. El caso involucra a un ascendente fiscal de distrito que fue compañero del joven desaparecido en aquel entonces, por 1994. En ese año y durante un campamento liceal de fin de curso celebrado en un bosque polaco, dos jóvenes fueron asesinados y dos más desaparecieron. El caso provocó la ruina económica y personal del director de la escuela y marcó a todas las familias vinculadas de una forma u otra.

    De manera más o menos lateral, la serie da cuenta de algunos detalles relevantes de la sociedad polaca, la de los tiempos del crimen original y la del presente donde se desarrolla el nuevo caso. En lo que atañe al pasado, muestra que si bien en 1994 el sistema socialista había caído ya, muchos de sus métodos seguían siendo moneda corriente. El poder era ejercido de manera vertical, sin la menor garantía para los detenidos, con policías que no tenían el menor problema en golpearlos ni en plantar pruebas falsas. En donde el miedo a ese poder se mantenía intacto, brumoso y atemorizante, entre la población civil. Bosque adentro muestra también cómo ese poder se sigue ejerciendo de manera más o menos brutal en la Polonia del presente pero con un matiz nada menor: ya no es necesariamente el Estado quien amedrenta a los ciudadanos. Ahora es el dinero quien logra tensar las cuerdas del poder, quien planta pruebas o directamente arremete contra la ley. La serie también señala algo que parece ser una constante polaca: el antisemitismo, igual de crudo en 1994 que en la actualidad.

    Es interesante comprobar cómo los conflictos de clase, que supuestamente habían sido borrados por el socialismo, aparecen todo el tiempo a lo largo de la serie, tanto en el presente como en ese pasado inmediatamente postsocialista de 1994. El disparador del conflicto criminal que da lugar a las muertes y las desapariciones en aquel entonces tiene un claro componente clasista y se da precisamente entre jóvenes que, por la educación de entonces, se suponían vacunados ante ese tipo de discriminación. Bosque adentro parece decir que los conflictos pueden haber sido tapados por el miedo a la violencia estatal durante el socialismo, pero nunca se fueron. Y que en la Polonia del presente, abiertamente capitalista, esos conflictos solamente se han visto potenciados.

    Como viene ocurriendo con otras series polacas estrenadas por Netflix (1983 y El pantano son dos ejemplos recientes) es de destacar la calidad del producto: actuaciones sólidas, un casting creíble que permite conectar emocionalmente a los protagonistas en los dos planos temporales (estupendos Grzegorz Damiecki, Agnieszka Grochowska y sus versiones adolescentes Hubert Milkowski y Wiktoria Filus), un guion que es capaz de pasar del universo interior de los personajes a la trama policial de manera fluida y convincente, una realización de impecable factura técnica y una fotografía tan bella como el paisaje en donde se desarrolla la acción. La conexión de la serie con la novela policial moderna es evidente desde el momento en que está basada en la novela The Woods, de Harlan Coben, publicada en 2007. Coben es responsable de las series británicas de Netflix, Safe y The Stranger.

    Sobria y tensa, Bosque adentro es un buen ejemplo de policial moderno que sabe explotar las virtudes de un escenario al aire libre, más bien idílico, y que logra contraponerlo con la oscuridad de las razones de sus personajes para hacer los horrores que hacen. Una serie que recuerda de manera eficaz que esa oscuridad muchas veces late en cada uno de nosotros y que solo necesita los disparadores adecuados para saltar y destrozar las trayectorias de vida de los involucrados. Son seis capítulos que desarrollan su argumento de manera pausada y que, en el balance, justifican de manera plena el tiempo invertido frente de la pantalla.

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