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Ya en el hall del Auditorio Adela Reta los músicos repartían un impreso con información sobre la situación presupuestal y salarial de la orquesta, donde se explicaba que la plantilla de 96 instrumentistas está integrada por 38 estables, 11 que ganaron un concurso en 2006 y aún no fueron regularizados y 47 que son contratados, algunos trabajando con contrato vencido. Se informó además, que el concertino —el músico de mayor jerarquía dentro de la orquesta— gana $ 24.000 nominales, lo que implícitamente delata remuneraciones bastante más bajas para el resto.
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El impreso se hizo imagen cuando la orquesta ingresó al escenario: primero lo hicieron los 38 estables, mientras el concertino Daniel Lasca explicaba micrófono en mano la situación; luego de una pausa entraron los 11 concursantes del 2006 y luego los demás. Lasca terminó su proclama emocionado: “Nosotros vamos a dejar el alma arriba del escenario”. Un teatro de pie aplaudió largamente a la orquesta. Entre otras autoridades, estaba en la platea el ministro de Educación y Cultura Ricardo Ehrlich.
La versión de “Tristán e Isolda” de Richard Wagner (1813-1883) seguramente dejó con ganas de más a los wagnerianos de ley y a la vez permitió, a quienes no lo son, un acercamiento adecuado a su música. La versión del concierto duró 75 minutos, mientras que la obra completa insume 240 minutos. Si bien no es pertinente discutir el valor musical de esta obra, sí puede decirse algo sobre las duraciones wagnerianas. Un director asiduo de la Ossodre de fines de los 70, el español Pedro Pirfano, dijo alguna vez que ciertos compositores alemanes posrománticos piensan que el oyente es tonto pues repiten una idea hasta el cansancio. Y bien: con la misma licitud que muchos sostienen que a una obra teatral, o literaria, o cinematográfica, le sobra media hora o 100 páginas, puede afirmarse que a quien patentó el leitmotiv en música le ocurre lo mismo.
La versión comenzó con el “Preludio” del acto I, donde ya pudo apreciarse la excelente labor que Stefan Lano está haciendo como director estable de la orquesta. Sonido compacto y colorido de la textura wagneriana, fraseo inspirado, magnífico uso teatral de los silencios. En la “Noche de amor” del acto II fue el turno de las voces, donde descolló la soprano japonesa Eiko Senda (Isolda), de estupendo timbre y una emisión que planeó cómodamente por encima de la masa orquestal. También impresionó el bajo barítono argentino Hernán Iturralde (Rey Marke).
Con menos oportunidad de lucimiento que sus otros dos compañeros, fue muy grato escuchar el excelente timbre y caudal de la uruguaya Adriana Mastrángelo (Brangäne). El barítono uruguayo Federico Sanguinetti (Melot) tuvo a su cargo pocas líneas como para dar una opinión. En cambio defraudó el tenor norteamericano Richard Decker (Tristán), poco audible en la zona grave y la mayoría de las veces tapado por la orquesta. El final con la “Canción de amor” de Isolda del acto III fue otro momento sublime de Senda y Lano con la orquesta.
Un concierto aparte lo brindaron las toses de los oyentes. Estamos en invierno y el promedio de edad del público es alto, es cierto. Pero no es menos cierto que existe un adminículo que se llama pañuelo y que es muy útil para mitigar el ruido.