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La cosa fue así: parece que la familia estaba de paseo por el camino que atraviesa el bosque en la isla japonesa Hokkaido cuando el pequeño Yamato, aburrido, empezó a incordiar a los automovilistas y ocasionales transeúntes arrojándoles piedras. Los padres, hartos de regañar infructuosamente al niño de siete años, decidieron aplicarle un castigo ejemplar: te bajás del auto ya mismo y te quedás solo. Así lo hicieron. Luego, a unos 500 metros, según el relato paterno, se arrepintieron y volvieron a buscarlo. Pero, horror, Yamato ya no estaba. El Japón todo, de una punta de la red virtual a la otra, se conmovió y condenó a esos desalmados progenitores. Yamato estuvo desaparecido seis días, con un batallón de bomberos y soldados buscándolo por tierra y aire. Finalmente lo encontraron en un sorprendente buen estado a pesar de haber subsistido solo con agua. El padre le pidió perdón, el hijo lo aceptó con una leve inclinación de la cabeza y ahora las cosas seguirán su curso.
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¿Qué pasó durante esos seis días en el bosque? Yamato, fastidiado por el abandono, se sumergió en el bosque cocinando odio y más odio, hasta que el canto de los pájaros —o la ausencia de ese sonido, que es más inquietante—, el viento en las copas de los árboles y la soledad, lo aplacaron. Más tranquilo y dispuesto a subsistir con lo mínimo, volvió a pensar en la venganza, esta vez de un modo más zen. Sentado sobre un tronco sin quitar los ojos del firmamento celeste hasta el anochecer, cuando las estrellas todavía conviven con el rojo intenso de lo que queda de la tarde, Yamato, muy concentrado, levantó a su favor todas las fuerzas del bosque, desde los insectos más pequeños en la base de un hongo hasta los mamíferos más grandes, y con esa característica persistencia nipona dio cuerpo a una imagen clásica: la de un hombre, su padre, que se abre el vientre con un sable y ofrece sus vísceras a la tierra.