Quien llega a su casa, cansado, tarde en la noche, pone un disco, escucha, se distiende, canta o toca las canciones, disfruta, se alivia, se olvida y conoce en cuerpo y alma la dimensión terapéutica de la música. Si es uruguayo y creció en los años 70, 80, 90 o 2000, bien puede conocer el poder catártico, encantador y hasta ansiolítico de las canciones de Eduardo Darnauchans.
El lector que aún no tenga el gusto podrá comprobarlo con “He olvidado la noche”, “Los reflejos”, “Épica”, “El instrumento”, o “Canción del vagabundo en Navidad”. También se recomienda experimentar lo que se siente con “Flash”, “Canción del malamente ciudadano”, “Final”, “En el viento de la vida” o “No existe”. Bien puede uno saborear ese momento de placentera soledad con “Buenas noches”, “Memorias de Cecilia”, “Miente”, “Balada para una mujer flaca”, “Tristezas del zurcidor” o “El ángel azul”. La sucesión de efímeros momentos de felicidad abstraída de todo lo ajeno a esa habitación puede ir desde “Cápsulas” y “Canción de trasnoche” hasta “Dicen los cantores” y “De despedida”, pasando por “El nudo desatado”, “Como los desconsolados”, “Pago”, “Nadie”, “Alicia maravilla” y “En un rock and roll”.
Es que, si bien su discografía no es tan extensa como la de Dylan, McCartney o Caetano Veloso, por citar a tres de los mayores cancionistas del siglo XX, el cancionero de Darnauchans es asombrosamente denso, vasto y diverso para la docena de discos que grabó: no alcanzan los caracteres para mencionar la cantidad de buenas canciones que cimientan su obra, y cuesta mucho encontrar en sus “larga duración” una mala, aburrida o fallida.
De hecho, en su “cumpleaños”, que cada 15 de noviembre sus amigos celebran en Espacio Guambia, músicos uruguayos de todas las generaciones y más de un valiente espectador desfilan durante tres y hasta cuatro horas por la tarima entonando sus composiciones, a modo de tributo íntimo. Y siempre queda alguna pendiente. “Es que son tantas las canciones lindas del Darno que no da para pelearse por el repertorio”, dice Ana Prada, una de las cuatro cantantes que el próximo sábado 5 a las 21 horas subirá al escenario del Teatro Solís a presentar Darno: Las canciones del Zurcidor, junto a Laura Canoura, Maia Castro y Mónica Navarro, con Andrés Bedó como pianista, arreglador y director musical.
“Pertenecemos a distintas generaciones, pero todas estuvimos cautivas de su música. Elegir el repertorio de un espectáculo nunca es sencillo y si hay que escoger entre decenas de buenas canciones, menos. Todas queremos cantar todas, porque son bellas y porque nos retratan de alguna manera. Así que haremos todas las combinaciones posibles: Ana con Laura, Maia con Mónica, Mónica con Laura y Maia, las cuatro juntas, y así sucesivamente”, anuncia Canoura, mentora del proyecto.
Así, a cinco años de la partida del cantautor, estas cuatro intérpretes singulares, de marcada personalidad y bien distintas entre sí, emprenden la necesaria tarea de refrescar y actualizar el repertorio de uno de los mayores talentos de la música popular uruguaya. Además de Bedó al piano, las acompañarán tres señores instrumentistas: Martín Mugüerza en batería, Roberto de Bellis en contrabajo y Eduardo Mauris en guitarra. Vestuario, escenografía y luces serán los ingredientes de una puesta en escena de estilo teatral, que armonizará a cantantes y banda “como en el living de casa”, comenta Canoura a Búsqueda en una mesa de bar junto a Navarro y Prada, en la que, al mejor estilo Darnauchans, la conversación fue y volvió entre los recuerdos del Darno, las tazas de café, las risas y el “subvalorado” rol del intérprete en la música nacional.
Navarro cuenta que vio por primera vez a Darnauchans en Pupa’s, un pequeño boliche a pocos metros de la Biblioteca Nacional, conocido por sus empanadas, por su invariable aroma “a fritanga” y por tener a Darno entre sus habitués. La excantante del grupo La Tabaré había llegado unos meses antes desde su Buenos Aires y no conocía la identidad de ese ser enigmático que siempre se sentaba solo con su grappa o su scotch sin hielo: “Siempre me dio esa figura de un hombre romántico, de un Quijote nocturno, esbelto, de gabardina, de grandes definiciones sobre la vida, muy intelectual y siempre dueño de una palabra inteligente”.
Para Canoura, “con esa gabardina y esos guantes rojos, Darno sería un personaje maravilloso para un cómic”. Sus recuerdos del artista son “bastante domésticos”: dice que su hija Ana Clara siempre se refería a “ese señor que habla raro y usa botas”, porque él “siempre la saludaba en plan ‘mi princesa, mi bella dama’, con esa habla de juglar”. También evoca las épocas en que Cabrera y Darnauchans la visitaban para hacerle “el aguante” cuando se separó del padre de su hija, “a los 20 días de nacida”, y terminaban cantando mientras ella lavaba pañales, los tiempos de los recitales colectivos en el excine Miami, su grabación a dúo para disco de “Piaf” y la vez en que, en el Palacio Peñarol, luego de bajar de tocar con el puño en alto, desapareció del escenario por un agujero inadvertido entre las tarimas.
“Memorias de Cecilia” fue para Ana Prada la entrada al planeta Darnauchans, apenas llegada a Montevideo desde Paysandú, a los 19 años. Es decir que a través de sus canciones hizo su ingreso a la atmósfera musical montevideana. “Empecé Facultad de Derecho pero enseguida me torcí y me anoté en Ciencias de la Comunicación, donde una compañera me mostró todos sus discos. Me los devoré y pronto íbamos a Pupa’s solo para ver si lo encontrábamos. En una pasantía en la Radio 30 (Nacional), colaboraba en los radioteatros que Juceca hacía con Gerardo Sotelo y, cuando lo invitaban al Darno como partenaire, terminábamos en un bar o en su casa, ellos departiendo sobre la historia de la humanidad y tomando grappa hasta las cinco de la mañana, y yo con mis veintipocos años escuchando y metiendo cuchara cada tanto”.
De todos modos, es Canoura quien desarrolló la idea de este espectáculo y luego convocó a los músicos. “Revisando cuadernos de apuntes, encontré unos versos del Darno. Después de dos años haciendo mis canciones, estaba nostalgiosa de la intérprete. Pensé en mujeres porque es un repertorio de un hombre cuyas canciones no son específicamente masculinas. Me gustaba que las cuatro fuéramos de distintas generaciones y ámbitos, pero con una gran afinidad emocional. La diversidad de nuestros timbres, volúmenes y fraseos nos permite variar todo el tiempo la conjunción sonora y encontrar armonías inesperadas todo el tiempo. Interpretar canciones ajenas es un gran aprendizaje que nunca termina”, asegura. Y agrega: “Siempre aparece algo que te motiva a una nueva búsqueda. Ver cómo se coloca la otra en su interpretación te sugiere nuevas posibilidades. En lo instrumental optamos por ir a la molécula y por eso el centro es Andrés Bedó en el piano y los arreglos. Es un gran pianista de jazz, pero su experiencia como acompañante y docente lo ha llevado a una dimensión más amplia de la música”.
Sobrevaloración del autor.
Prada toma la palabra para trazar una fina descripción musical de Bedó: “Volvió a ponerles un nuevo vestido a las canciones del Darno, y mantuvo su esencia. Pero sería un error intentar imitar al Darno. Cantar estas versiones es para mí muy emotivo, por los lugares armónicos que recorren y por los abundantes pasajes instrumentales en los que la banda se expresa en plenitud. Es tan importante el trabajo de los músicos como el de nosotras”. Canoura aclara: “No son covers, que es antropología pura. Nos interesa dejar que la canción se nos incorpore, que entre, que venga y prestarle lo que tenemos para que la canción se luzca”.
Prada reivindica el rol del intérprete y marca cierta estrechez de miras en la escena musical uruguaya. “En este país existe una hipervaloración del ‘ser autor’. Hay que ser autor como sea, aunque hagas unas canciones de mierda. En Brasil, quizá porque el mercado es mucho más grande, no existe esa parcelita tan delimitada, y se dan el lujo de que Gal Costa, Maria Bethânia, Simone y Maria Rita graben la misma canción que hizo Arnaldo Antunes. Y cada una la hace tan distinto que todas conviven. Y hay público para todas. Acá no, y hay que ser autor… ¿autor de qué? Nunca falta el que dice: ‘Ah, es intérprete, nada más’. ¡Sacale el ‘nada más’! ¡Transmitir emociones al cantar, y hacerlo con carisma, no es sencillo! Hay canciones que me han llegado al alma no por su autor sino por su intérprete. Escucho a María Bethânia y lloro. Y voy a las originales y no me pasa nada”.
Canoura recalca las palabras de Prada: “Como acá la chacrita es tan pequeña, está sobrevalorado el autor. De hecho, el Darno era un gran intérprete. El loco nunca tuvo prejuicios para trascender géneros y hacer canciones de otros”.
Al borde del abismo.
Una de las precauciones a tener en cuenta en un concierto como este es el manejo de las emociones. Canciones como las del Darno —o como sucede estos días en Argentina con las de Spinetta—, llenas de historias personales y colectivas, que además evocan la figura del autor que ya no está físicamente, pueden transformarse en peligrosas cáscaras de banana para un intérprete desprevenido que puede terminar, como ha sucedido, con un pañuelo en los ojos y con la garganta estremecida.
“Uno —explica Prada— debe conectar con la emoción para poder transmitir, pero de una manera en la que la emoción no te gane, porque, si no, te quebrás, llorás y no podés cantar.
Hay que jugar en el equilibrio, en el tenue límite entre la emoción personal y la que va hacia la platea. Justamente esa es la labor del artista: hacer equilibrio en el borde del abismo. Ahora… cuando cantan ellas tres me doy todo el gusto de caer al abismo. Y tendríamos que poner una franelita para secarnos las lágrimas”.