El origen
Las primeras zonas libres de impuestos en Uruguay comenzaron a operar en 1923 (Colonia y Nueva Palmira) bajo la órbita pública.
Después de trabajar unos años en México, Dovat regresó al país con la idea de potenciar el sector y alentó la aprobación de una ley de zonas francas (Nº 15.921), que se votó en diciembre de 1987. La norma no generó interesados al principio y él, contó, “venía sufriendo” por ello, por lo que le propuso a su socio Daniel Carriquiry instalar una. “Estás loco; nosotros no podemos”, fue la respuesta, rememoró Dovat. Sin embargo, ambos pusieron a andar la idea y salieron a buscar capital así como una locación para el emprendimiento.
Convencieron al despachante de aduanas Carlos Lacava, a los empresarios Jorge y Daniel Soler, y a un alemán y a un austríaco que conocía Dovat de sus vínculos previos con el sector farmacéutico, para participar en el proyecto: cada 1% del capital accionario valía U$S 40.000 y tenían que prestar otros U$S 40.000 a siete años. “Con eso y con ahorros personales, que no eran mucho, empezamos”, recordó. Una corporación vinculada al Banco Interamericano de Desarrollo que ya presidía Enrique Iglesias aportó otros U$S 4,5 millones y se integró como socia en Zona Franca de Montevideo (ZFM), la naciente sociedad anónima.
Encontrar el terreno apropiado (que especialistas les aconsejaban estuviera cerca del aeropuerto y superara las 25 hectáreas) no fue fácil y finalmente dieron con uno: la escuela agraria de los padres salesianos que funcionaba en torno al kilómetro 17,5 de la ruta 8. Por 50 hectáreas acordaron pagar U$S 200.000 y con eso se inició el trámite del permiso para abrir la zona franca, que el Poder Ejecutivo concedió en febrero de 1990.
El contrato se extiende por 50 años, con la obligación para la ZFM como explotador de gestionar la prórroga cuando hayan transcurrido 30 años (en 2020).
La empresa debía presentar en un plazo de seis meses el proyecto de ingeniería y arquitectura definitivo; las obras de la primera de tres etapas que comprendía el emprendimiento tenían que estar prontas en los siguientes 36 meses. La inversión total en construcción se estimó en U$S 24,9 millones.
Como parte del contrato la ZFM se comprometió a pagar al Estado un canon equivalente a 5% de los ingresos brutos percibidos cada semestre de las empresas usuarias por el arrendamiento o utilización de espacios y construcciones en su predio.
Lo que se pretendía con el emprendimiento era “desarrollar un parque industrial que aportara los servicios esenciales, promoviendo el ahorro de costos, tal como ocurre en modernas concepciones que se han instalado en el mundo”, explicaba Dovat cuando se conoció la autorización del Ejecutivo (Búsqueda Nº 525). La filosofía era construir un “parque industrial y de oficinas comparable con los más avanzados del mundo, como los que existen en Taiwan, Hong Kong, Corea del Sur y Singapur, en donde las zonas francas fueron un factor fundamental de su desarrollo económico”, agregaba una semana después en una conferencia de prensa realizada en el Hotel Victoria Plaza.
El proyecto enfrentó algunas resistencias. Veinticuatro horas después de que ZFM anunció en esa conferencia los detalles de la autorización para instalarse, la Asociación de Usuarios de Zonas Francas del Uruguay pidió la revisión de la decisión gubernamental. En un remitido publicado en la prensa, la gremial alegó que el permiso “contradice el espíritu de la ley 15.921, que fue promover las actividades industriales (...) fundamentalmente en el interior de la República, como un medio eficaz de descentralización”. (Búsqueda Nº 526)
El proyecto siguió adelante y la ZFM empezó a operar en los primeros meses de 1992, en la prehistoria de Internet y de la actividad de deslocalización de servicios.
“Vergüenza” y orgullo
El primer usuario fue Costa Oriental, una empresa de logística vinculada al estudio de Dovat y Carriquiry que funcionaba en 750 metros cuadrados desde la Zona Franca de Colonia. “Era muy difícil vender un parque de servicios con cero actividad”, por lo que para la ZFM su instalación funcionó como un “conejillo” de pruebas, recordó Carriquiry, hoy su presidente.
Un primer depósito en la zona montevideana tuvo 25.000 metros cuadrados, lo que “parecía inllenable”, dijo. Pero a los seis meses no hubo más lugar disponible y debió ampliarse; actualmente, Costa Oriental tiene 45.000 metros cuadrados.
Hoy esa compañía atiende a 160 clientes que buscan hacer un manejo más eficiente de sus stocks de mercaderías, desde ropa deportiva a productos de laboratorio y electrónicos. El ejecutivo destacó que el servicio ofrecido va más allá del simple almacenamiento y que Costa Oriental adiciona valor, por ejemplo fraccionando, controlando la calidad o haciendo pequeñas adaptaciones a los artículos según los requerimientos de cada mercado al que luego se exportan.
Merck Serono, la farmacéutica de origen alemán más antigua del mundo, se instaló en ZFM en 1996 en un local pequeño que fue creciendo hasta los 5.000 metros cuadrados que posee en la actualidad. Se radicó en el país por la “estabilidad macroeconómica” y, en el enclave, debido a las ventajas impositivas y para el manejo de la mercadería en tránsito, la facilidad para facturar en diferentes monedas a clientes de la región y el nivel de calidad “bueno y competitivo” que ofrece la propia zona, explicó su director, Pablo González.
La empresa, con más de 80 empleados directos, presta —entre otros— servicios de back office al grupo y gestiona para la región la cadena de abastecimiento de los productos biotecnológicos de Merck. La adaptación de las presentaciones para cada mercado es una de las actividades: cuando Búsqueda visitó la planta, en una pequeña línea de producción un grupo de mujeres —más detallistas que los operarios hombres— colocaban en sus cajas un fármaco contra la infertilidad que se exportará a México.
“Cuando empezamos en 2002 la zona era más para guardar autos e impresoras, y algo de logística, pero no había una industria de servicios”, comentó Gabriel Rozman, quien lideró el desembarco de Tata Consulting en América Latina y trabajó para ese grupo indio hasta el año pasado. En 2002 contrató los primeros 15 empleados; hoy son más de 600 en Zonamerica (y cerca de mil más trabajando en oficinas en Montevideo) que hacen modificaciones y mejoras a programas informáticos para corporaciones de la salud, servicios de auditoría, retail y seguros de Estados Unidos, entre otros clientes. En esa tarea hay “bastante de innovación”, aseguró.
Para las empresas de software “la ventaja al final es que en el parque se sienten como en Silicon Valley, es un campus y están a gusto”, opinó Rozman, quien hoy integra el directorio de Zonamerica y tiene su propia empresa de consultoría e inversiones. Informó que logró atraer a una firma argentina que se instalará en el enclave para producir nanosatélites.
Los servicios de asesoramiento financiero prestados a extranjeros fueron otro renglón fuerte dentro de la zona, en el cual, en su momento, el banco de inversión Merrill Lynch actuó como mascarón de proa. Según Dovat, ese negocio es de los “más castigados últimamente” y tendió a achicarse por la tendencia mundial a hacer más transparente esta actividad.
En 2002, cuando Argentina crujía, la firma estadounidense Raymond James llegó a la zona para atender a inversores de ese país que querían “sentir su dinero custodiado en el exterior”, contó Soledad Echenagusía, directora de la oficina en Uruguay. Hoy los clientes siguen siendo mayoritariamente argentinos y son asesorados según su perfil en portafolios —todos “conservadores”— que en promedio rondan el medio millón de dólares.
La ejecutiva, a cargo de un staff de unas 25 personas, coincidió en que hay un “parate en la instalación de entidades financieras” debido al “avance hacia los estándares de la OCDE” en materia de transparencia y porque una de las instituciones que funcionaban allí —el Royal Bank of Canada— en 2013 fue “inspeccionada con una ferocidad que rayó en la ilegitimidad”, en el marco de una causa por lavado de activos investigada desde Argentina. Ese episodio derivó en el retiro de dicha representación canadiense.
Echenagusía cree que “todavía hay gente que piensa que ‘Uruguay plaza financiera’ significa capitalismo salvaje”.
“Personalmente no lo veo así: es un Uruguay con un sistema jurídico y regulatorio para que las empresas del sector financiero que quieran desarrollar negocios en la región instalen sus centros de operaciones totales o parciales aquí. (...) Quienes están en esta actividad no es gente mala con plata. Ni nosotros que asesoramos ni nuestros clientes, porque el dinero lo hicieron trabajando, como emprendedores exitosos o porque ganaron la lotería, no importa. Pero fue en forma legítima”.
La ZFM, autorizada a ampliarse de 50 a 92 hectáreas en 2003, fue creciendo en cantidad de empresas radicadas en su predio: eran unas 40 en 1997, llegaron a 70 en 1999 y a 105 en 2002. La barrera de los 150 se alcanzó en 2006 y tuvo más de 300 en 2011; hoy son aproximadamente 350.
Sin embargo, a mediados de los ‘90 el enclave acusó el impacto de una decisión negociada en el Mercosur que quitó a los productos manufacturados en las zonas francas uruguayas el beneficio de la exoneración de aranceles y los equiparó al que recibe cualquier mercadería proveniente de extrazona cuando entra al bloque. Casi todas las fábricas cesaron su actividad o salieron de territorio franco. “Fue uno de los momentos más terribles que pasamos”, afirmó Dovat.
Otra “lucha de los primeros años” fue la de tratar de revertir la mala reputación de las zonas. “No sé si por vergüenza o dudas (…), pero no había ningún gobernante seguro de que eran un buen instrumento” para ser promocionado fuera del país, dijo el empresario. A eso se sumaba una percepción negativa entre los uruguayos, ya que “en el país funcionaban varias zonas francas clásicas y continuamente los titulares en la prensa hablaban de contrabando, de tránsitos intervenidos u otros problemas. Era pésima la imagen”, agregó.
Fue en ese contexto que, en 2002, ZFM pasó a denominarse Zonamerica y a ser promocionada como un “parque de servicios” libre de impuestos. Montevideo se sacó del nombre porque es difícil de pronunciar para las personas de habla inglesa y dado que llamaba a confusión a algunos, que asimilaban la empresa con una productora de videos.
Según Dovat, la salida a la Bolsa de Valores de Montevideo con obligaciones negociables que la compañía hizo en 1996 y 2001 para financiar la construcción de edificios —con series por U$S 10 millones cada una— también ayudó a darle una visibilidad distinta ante la sociedad. “Siempre estuvimos contra la corriente y buscamos prestigio, prestigio, prestigio. Hoy estamos alcanzando la meta de que los uruguayos estén orgullosos de una empresa como Zonamerica”, subrayó.
Más aún: piensa que “puede ser que llegue el momento de dar el paso” de abrir el capital de la compañía en el mercado bursátil. Informó que esa idea se está conversando entre los accionistas; alegó que “completaría un poco el ciclo” y haría que Zonamerica fuera “más pública, con intereses más distribuidos y tenga acceso al crédito más fácil” para financiar la construcción de nuevos edificios, que son su “mercadería”.
Tal iniciativa también recoge apoyo desde fuera. El ex embajador de Estados Unidos en Montevideo y actual corredor en la Bolsa montevideana, Frank Baxter, alienta la cotización bursátil de Zonamerica.
Hoy la empresa pertenece en un 100% a Zonamerica Limited Bahamas, cuyos dueños son Dovat y otros accionistas a través de America Real Estate Investments (56,5%) y al grupo empresarial del belga Fernand Huts (43,5%). No ha repartido dividendos sino que siempre reinvierte las ganancias, comentó Dovat.
Otra inversión en marcha trasciende fronteras: en sociedad con el grupo empresarial colombiano Carbajal, por estos días Zonamerica Limited inició tareas de obra civil para instalar una zona franca en Cali. Los 18 edificios proyectados se desarrollarán sobre 38 hectáreas y los empleos estimados asociados al emprendimiento son 17.000.
“Mundo desarrollado”
En el ejercicio anual que cerró en setiembre pasado, Zonamerica facturó U$S 53,9 millones, una cifra que “viene aumentando siempre” empujada sobre todo por clientes ya existentes que buscan crecer ampliando la superficie arrendada, informó Jaime Miller, su gerente general. Eso se traduce en inversiones continuas en más infraestructura edilicia y de servicios, también tecnológicos.
Las empresas usuarias de la zona están exoneradas de los tributos nacionales y pagan un arrendamiento del espacio físico, además de los gastos comunes por metro cuadrado. Zonamerica sí abona impuestos: sumando Renta de las Actividades Económicas, Patrimonio y el canon al Estado, fueron U$S 4,3 millones el ejercicio pasado.
Los censos sobre las zonas francas uruguayas que elabora el Instituto Nacional de Estadística perdieron actualidad (el más reciente trae datos de 2010), pero dan una magnitud a la actividad económica que se realiza en estos enclaves. Todas aportaron 4,3% al PBI y Zonamerica sola generó 1,85% del valor agregado bruto; también era la que más personal dependiente ocupaba.
Algunas empresas que operan desde Zonamerica tienen plantillas relativamente grandes. Es el caso de Sabre, que con sus 950 trabajadores presta servicios de call center o Tata Consulting, del rubro del software, que cuenta con unos 600 empleados permanentes.
En esta zona trabajaban 10.744 asalariados en 2014 y aproximadamente 2% eran extranjeros. Con 28 años de edad en promedio, muchos son profesionales o superan en calificación al uruguayo medio.
Está soleado y a la hora del almuerzo muchos se instalan con sus viandas en las mesas que hay por el parque; otros comen en los restaurantes de Jacksonville, un coqueto predio lindero a Zonamerica donde funciona su centro de capacitación.
Según Miller, en algunos casos en la zona se pagan sueldos más altos a los del resto de Uruguay en función de la complejidad de la tarea realizada y habló de un rango de $ 25.000 a $ 50.000 o más para tareas administrativas en empresas no financieras. Actividades que requieren del manejo de idiomas extranjeros tienen un plus.
El ejecutivo afirmó que Uruguay no es competitivo en trabajos que requieren acciones repetitivas porque el costo de la mano de obra es mayor que en Nicaragua o México, por lo que a su entender “el mercado de call center básico está acotado por costos y características del país”. Pero sí lo es en otros servicios.
En el libro “Los enclaves informacionales de la periferia capitalista: el caso de Zonamerica en Uruguay. Un enfoque desde la sociología”, Alfredo Falero sostiene que esa zona ha “reunido capital simbólico necesario como para naturalizarse en lo que no es y dejar de ser reconocido en lo que efectivamente es. Es decir, sin dudas es un ‘parque de negocios’ o parque empresarial, como tiene el mundo muchos ejemplos, pero generado a partir de un extraordinariamente complaciente régimen de zona franca —promovido hacia afuera, ocultado como tal hacia adentro— que ha permitido ir agrupando empresas en la dinámica general de deslocalización de actividades de outsourcing, práctica creciente en la economía capitalista actual”. El sociólogo agrega en esa publicación editada en 2011 con el apoyo de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universidad de la República: “Lejos de ser parte del ‘primer mundo’ dentro de Uruguay, es un espacio que reproduce y profundiza la lógica de subalternalidad respecto de los centros de acumulación a partir de una oferta de fuerza de trabajo de bajo costo, calificada, flexible, adaptable”.
“Aun pagándole tres o cuatro veces menos al trabajador de regiones periféricas de lo que gana en países centrales (...), por el momento quienes trabajan en estos enclaves sienten, en general, una mejora de su situación”, señala.
Pero según los relatos que recogió Búsqueda, los empleados de empresas de Zonamerica están a gusto con el entorno parquizado, seguro y con servicios para ellos que han ido mejorando. Algunos sienten que, aunque disponen de camionetas y líneas de ómnibus especiales, los tiempos de viaje hasta la zona son largos, que los salarios no son tan buenos y que el nivel de exigencia en las multinacionales es alto.
Mientras, una encuesta de satisfacción de noviembre pasado contratada a la consultora Equipos mostró que el 92% de las empresas usuarias estaban conformes, el máximo desde que comenzó el relevamiento. Cuando se les pidió que sugirieran posibles mejoras en los servicios del parque, una mayoría relativa pidió incorporar gimnasios, guarderías y quioscos, por ejemplo.
Hablando con Búsqueda en una sala de Celebra —el mejor edificio de oficinas del mundo según International Property Awards y Bloomberg—, Dovat se muestra conforme con lo que creó junto a sus socios. “Pensábamos que tenía que ser un pedazo del mundo desarrollado”, dijo. Y cree que lo lograron. Otros dos premios (2011 y 2014) reconocieron a Zonamerica como el enclave más destacado de la región.
Son las seis de la tarde y el hormiguero está alborotado. Mientras, a la salida de la zona dos malabaristas y un limpiavidrios esperan los vehículos para hacer su trabajo por unos pesos.