Faltan pocos días para las elecciones. ¿Cómo lleva estos días? ¿Está muy cansado?
Es una sensación difícil de describir. Es ambivalente. Empezás a sentir la voz ronca, a acumular ese cansancio. Obviamente llega un momento en que el tema físico te empieza a pasar factura, sobre todo porque dormís pero no descansás. Queda la cabeza pensando en muchas cosas, en qué vas a hacer al otro día. Me pasó algo parecido en la pandemia. Pero a su vez, con toda la adrenalina de tener la responsabilidad de ser el que lleva la bandera de un proyecto. Entonces, no podés perder un minuto en recorrer, en escuchar, en estar, en hablar con la gente. Es demasiado lo que está en juego como para tener tiempos muertos. Es una etapa, después viene otra.
Fuera de la campaña, ¿cómo suele manejar el equilibrio entre la vida laboral y personal?
Quizás lo que más me conecta con otro mundo y me da mucha más tranquilidad es el campo. Que además es un punto de encuentro de la familia al que vamos cuando podemos. A veces en las giras voy a lugares que me quedan relativamente cerca y en vez de irme a algún hotel me voy a dormir ahí. Directamente el dormir ahí, amanecer tempranito con un mate te oxigena la cabeza muchísimo. Y obviamente, con toda la actividad política estoy muy a contra hora del horario de la casa. Generalmente llego tarde. Leticia me está acompañando en todos los actos finales, como hizo en la interna. Pero ella cumple la función muchas veces de madre y padre en la contención diaria, en el manejo diario. Y tiene muy mal acostumbrados a los hijos, que tienen una dependencia excesiva con ella. Dice que el problema son ellos; yo digo que el problema es que ella los crio así, que todo el tiempo los llama, les pregunta esto y lo otro. Y después se queja porque nada hacen sin preguntarle a la madre.
¿Quién suele cocinar en la casa?
Leticia. A mí me gusta mucho cocinar, pero ahora no tengo tiempo. Sobre todo algunos tipos de comida, como las de olla, más allá de la parrilla. Pero cocinan Leticia o alguno de los nenes.
¿Tiene algún hobby?
Quizás andar a caballo. No debe haber cosa más liberadora, más oxigenante, más linda, con más sensación de libertad que salir a andar a caballo solo. Voy con mis perros que tengo en el campo, Tacho y Moro, dos cimarrones bayos, divinos. Uno está viejito, tiene 14, y el otro es un toro, del 2020. Y acá Leticia me impuso a Cala. Que mirá lo que es.
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Álvaro Delgado con su esposa, Leticia Lateulade
Adrián Echeverriaga
Dice Leticia que es más mimada de lo que fueron sus tres hijos.
Lo que pasa es que es una estrategia de Leticia siempre. Le gustan mucho los niños, los bebés. Es muy aprensiva y además tiene mucha química con los niños. Cuando nos casamos, en el 97, terminé un posgrado y al año Leticia me dijo: “Yo quiero tener un hijo”. Dije: “Mirá, tenemos un apartamento chiquitito, vamos a darnos un poquito de tiempo”. Me dijo: “Un hijo o un perro”. Vivíamos en un apartamento de treinta metros cuadrados. Y la fui llevando hasta que un día me dijo: “Me regalaron un san bernardo. Me amenazó con el san bernardo y entonces vino Agustina, nuestra primera hija. Ahora empuja a los hijos a que se casen, que quiere tener nietos, y Agustina le regaló a Cala para que le quite presión.
¿Ha hecho o hace terapia?
No. Varias veces me la recomendaron. Varias veces lo pensé. Pero todavía no tomé la decisión. Quizás porque no encontré a la persona adecuada. Quizás porque no busqué.
¿Es verdad que es ansioso?
Sí, soy ansioso. Y parte del objetivo de esto sería aprender a controlar la ansiedad.
Por ahora, boxeo y campo.
El boxeo ayuda, sí. La dinámica de la campaña obviamente te genera ansiedad. Pero también te genera toda una adrenalina en la que tenés que administrar los tiempos.
Le gustan Ricardo Arjona y Ricardo Montaner. ¿Solo musicalmente es romántico, o fuera de eso también?
En lo musical, me gusta mucho el folclore. Obviamente, tengo un vínculo familiar de chico con el campo. El rock me gusta mucho, nacional y argentino sobre todo. Y después me gusta la música melódica. Y la cumbia. Es imposible pasar por la Facultad de Veterinaria y que no te guste la cumbia. Yo era consejero del CGU (Corriente Gremial Universitaria). Estaba en tercero cuando Leticia entró a la facultad. Al poco tiempo, ese año, hubo elecciones universitarias e inventamos las carpas aquellas de CGU, con guitarreadas, fogones. Y un día invité a Leticia a tomar algo. Había una cosa que organizaban los estudiantes y que yo no podía dejar de ir, que era un baile en el Atenas. Un baile de cumbia, de rompe y raja. Y me costaba decirle que tenía que ir al baile de Atenas, pero no podía no ir. Entonces, cuando la pasé a buscar, le dije: “Antes tengo que pasar un ratito por un baile”. Y fuimos. La primera salida fue al Atenas, ¿podés imaginarte?
Siempre quise vincularme al campo y con todo lo que ahorraba, más un préstamo que siempre le pedía a mi padre, compraba vacas, me asociaba con mi abuelo, compraba ovejas. Siempre traté de ir invirtiendo para ir armando un capital. Siempre quise vincularme al campo y con todo lo que ahorraba, más un préstamo que siempre le pedía a mi padre, compraba vacas, me asociaba con mi abuelo, compraba ovejas. Siempre traté de ir invirtiendo para ir armando un capital.
¿Qué lo enamoró de su esposa y qué cree que los mantiene juntos tras 27 años de casados, más cinco de novios?
Es muy compañera. A mí siempre me gustó mucho la espontaneidad. Obviamente, si algo te llama la atención de Leticia son los ojos. Te enamorás de los ojos. Y la mirada. Viste que soy un romántico, ¿no? Pero después la forma de ser. Es una persona cariñosa, sin dejar de ser firme en el carácter. Muy familiera. Es sobreprotectora de toda la familia. La embromo mucho con eso, y nuestros hijos también. Todo lo que empezamos, lo empezamos juntos. Fuimos parte del proyecto de armar un campo, de producir, de comprar una casa, sacar un préstamo, sacar otro préstamo. Todo lo hicimos en conjunto.
¿Se considera feminista?
No. Me considero una persona igualitaria.
¿No se quiere encasillar con la palabra feminista?
Igualitaria. Igualdad de derechos, igualdad de oportunidades. Tratar de priorizar siempre la libertad. Tratar de ser igualitario.
Es católico. ¿De qué manera manifiesta la fe? ¿Es de rezar o ir a misa?
Soy de ir a misa, poco. Era más asiduo antes. Cuando lo necesito, a veces voy. Y a veces vamos en familia, a veces voy con Leticia, algunos domingos. Obviamente, no en estos procesos electorales. Hemos ido muchas veces con la familia, con todos los nenes. Y a veces rezo solo antes de dormir. Es un tema, quizás, de vínculo personal, más que de pedir, de agradecer.
¿Cuál fue su primer trabajo?
En un laboratorio como cobrador, donde mi madre era socia. Ella es química farmacéutica y había que hacer cobranzas. No me acuerdo qué pasó con el cobrador, que yo le dije que a mí me servía mientras iba haciendo facultad. Fue en primer año. Salía todas las tardes a hacer cobranzas.
¿En qué gastó su primer sueldo?
No me acuerdo. En realidad ahorraba bastante. Siempre quise vincularme al campo y con todo lo que ahorraba, más un préstamo que siempre le pedía a mi padre, compraba vacas, me asociaba con mi abuelo, compraba ovejas. Siempre traté de ir invirtiendo para ir armando un capital. Así compré el primer auto, que mi padre me prestó la plata, y después se la fui devolviendo. Mis padres han sido muy generosos en ese sentido. Pero no era muy gastador.
Tengo una idea del verano muy asociada a la playa y al campo, las dos cosas, pero prefería siempre irme al campo. Mis abuelos tenían, y hoy mis padres tienen, una casa en Atlántida. Toda mi niñez tiene que ver con ese lugar. Tengo una idea del verano muy asociada a la playa y al campo, las dos cosas, pero prefería siempre irme al campo. Mis abuelos tenían, y hoy mis padres tienen, una casa en Atlántida. Toda mi niñez tiene que ver con ese lugar.
¿Alguna vez renunció a algún sueño?
Un tema que me quedó pendiente y que lo hablamos en su momento, justo cuando vino Agustina, es haberme ido a hacer un posgrado al exterior, que ya había postulado. Eran dos años. Al final decidimos que lo hiciera en Uruguay. Éramos recién casados, mis suegros se iban al exterior a vivir, entonces era un sistema familiar complejo. Y después enseguida vino Agustina.
¿Habla otro idioma?
Inglés. Tengo que darle mucho más a la conversación, porque uno no lo practica. No fui a un colegio bilingüe, fui a uno de monjas primero, Sagrado Corazón, y después al Juan XXIII. Antes fui a un preescolar público. Y siempre hice paralelamente inglés con profesora particular por el Anglo.
¿Es cierto que no le gusta la playa?
No es lo que más me gusta. Voy porque a Leticia le gusta mucho, a mis hijos también. Me quedo abajo de la sombrilla, leo, hablo con amigos, me pego un baño y vuelvo a la sombrilla. No me gusta estar lagarteando al sol. Lo que me pasa ahora sobre todo, que me pasó mucho en Presidencia, es que cuando te vas para la playa, tenés una cantidad de cosas por las que te llaman, sociales, asados. A mí me gusta, pero en realidad es más de lo mismo. O sea, muchas veces no son programas familiares. Pero cuando te vas para el campo, estás ahí, cenamos juntos, cocino, vamos a tal río. Tengo una idea del verano muy asociada a la playa y al campo, las dos cosas, pero prefería siempre irme al campo. Mis abuelos tenían, y hoy mis padres tienen, una casa en Atlántida. Toda mi niñez tiene que ver con ese lugar. Tenía amigos de ahí. Y como no era muy fan de la playa, terminaba siempre, aún en los días de enero, alquilando un caballo y saliendo a andar por Atlántida.
Sus hijos le dicen Gordo en vez de papá. ¿Qué otros apodos tiene?
Me han dicho Tero. Todo el mundo me conoce como Alvarito. Y sí, mis hijos me dicen Gordo. Felipe, que es muy gracioso, que está en su mundo estudiando y haciendo mucho deporte, me manda mensajes cuando salgo en tele y me dice: “Estuviste bien, Gordo”. Hasta la interna me decía Precan y ahora me dice Candi.
Yo no me quiero eternizar en los lugares. Eso de que hacés carrera política para toda la vida y que en realidad te sacan cuando te morís, me parece que no. Vos tenés que aprender a saber retirarte a tiempo. Yo no me quiero eternizar en los lugares. Eso de que hacés carrera política para toda la vida y que en realidad te sacan cuando te morís, me parece que no. Vos tenés que aprender a saber retirarte a tiempo.
¿Cómo ve a Uruguay en 20 años?
Depende mucho del rumbo que tome el país y depende de quién gane. Yo estoy convencido de dónde va a estar el Uruguay si este rumbo se confirma y soy presidente. Por lo menos en cinco años. Y va a ser el país más desarrollado en América Latina. Yo creo que Uruguay tiene todas las condiciones para hacerlo. Tenés que mejorar algunos temas vinculados a competitividad, economía, y después algunos temas sociales que estamos a media tabla para abajo. El tema educativo, sobre todo. Deserción escolar y liceal, sobre todo liceal, que tenemos que trabajar. Y el otro tema es la pobreza infantil, que a mí me obsesiona. Poner una política de Estado cuyo objetivo sea bajar la pobreza infantil. Sin duda.
¿Y cómo se ve a usted en 20 años?
Estando mucho en el campo.
¿Se imagina una vejez tranquila?
Sí. Tendré que aprender... Me imagino que la edad ayuda a controlar la ansiedad. Yo no me quiero eternizar en los lugares. Eso de que hacés carrera política para toda la vida y que en realidad te sacan cuando te morís, me parece que no. Vos tenés que aprender a saber retirarte a tiempo. Primero, para dar lugar a otros. Segundo, porque hay procesos que vos terminás no entendiendo, y no te terminan entendiendo a ti. Y tercero, porque también tenés que darte el tiempo para disfrutar la vejez, ¿no? Disfrutar ese momento de paz, ya en el atardecer de la vida, poder disfrutarlo con más tranquilidad, haciendo las cosas que te gustan. Tendré que aprovechar quizás a viajar un poco más, viajes menos estructurados. Ahora los viajes los hago contra reloj. Y me imagino mucho tiempo en el campo.
¿Cómo le gustaría ser recordado?
Como alguien que fue genuino. Que cuidó a la gente. Que ayudó a que el Uruguay sea un mejor país, el mejor país de América Latina. Y sobre todo, la demostración de que si hacés las cosas bien, por el buen camino, al final se valoran y hay una recompensa. Obviamente, me lo dicen, pero me gustaría que mis hijos estén orgullosos de mí; sé que Leticia lo está. Muchas veces hubo ausencias en todo el proceso de criar a mis hijos, que no estuve; fui diputado, en dos periodos senador, fui secretario de Presidencia cuando tuvimos momentos muy difíciles, y hay momentos que no estuve con mis hijos y capaz que necesitaban que estuviera. Se acuerdan, pero no me lo van a cobrar. Cuando me proclamaron, dije: “Ojalá tengan el orgullo de decir que las ausencias valieron la pena, y que todo ese tiempo que su padre invirtió, el esfuerzo por estudiar, por recorrer, por estar, por salir temprano, llegar tardísimo, estar cansado y, a veces, no poder ir a un partido, que la gente lo reconozca, le dé la posibilidad de dirigir el país y terminar en un buen gobierno”. Creo que si eso pasa, seguramente mis hijos, el día de mañana cuando yo no esté, dirán: “La verdad que tuve un padre que valió la pena”. Me lo dicen. Ahora en la campaña recibo de los tres varios mensajes: “Gordo, saliste muy bien”, “la estás rompiendo”, “vamo’ arriba”. Sale de ellos, se sienten con la necesidad de decirlo. De decir: “Estoy, contá conmigo”; en términos familiares, y de afecto y contención.