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Desacreditar a quien trae una verdad

Estudios han demostrado que casi no existen las denuncias falsas referidas a la violencia de género. Esto tiene que ver con una maniobra machista que, si se pone verdadera atención, sucede a diario, muchas veces en el espacio laboral

Editora Jefa de Galería

En los últimos días se ha hablado mucho de la violencia de género, el femicidio, la violencia vicaria y de un sistema que no logra encontrar la manera de evitar que niños como Alfonsina y Francisco Morosini mueran asesinados en manos de su padre.

Después de tantos debates, discursos y opiniones, se puede sacar en limpio que hay que empezar por reconocer dos cosas: uno, que el hombre es de por sí más violento que la mujer, comete más delitos, asesina más, y esa realidad ya lo debería colocar en un lugar de sospecha cuando existen indicios; dos, que la versión de la mujer siempre está puesta en tela de juicio, y eso ya debería dejar de suceder.

Las estadísticas y las investigaciones científicas en todo el mundo indican que cerca del 95% de los homicidios son cometidos por hombres (Uruguay mantiene esa proporción). Los estudios también señalan que mientras los hombres son asesinados por alguien que no conocen, casi la mitad de las mujeres son asesinadas por personas cercanas a ellas.

Diferentes teorías y vertientes intentan explicar por qué el hombre es más violento que la mujer. Una línea apunta al pasado evolutivo de la especie, que a su vez se correlaciona con las teorías sobre las diferencias biológicas referidas a los niveles de testosterona que presentan los varones, hormona que precipita la agresividad. Las investigaciones también consideran factores psicosociales que hablan de crianzas en las que los varones son más inquietos, tienen juegos físicos bruscos, peleas y problemas de conducta.

En cuanto a las razones vinculadas a la biología evolutiva y los niveles de testosterona, poco se puede hacer. Ahora, en lo que tiene que ver con las causas psicosociales, tenemos mucho que ver. Aquellos que prefieren quitarse responsabilidad frente a la violencia de género aduciendo que es únicamente tarea del Estado y del gobierno no están considerando la parte que les toca en cuanto a la educación de sus hijos, a la posibilidad que tienen de modificar esos factores psicosociales que impulsan a los hombres a la agresividad.

En este sistema en el que vivimos, cargado de conductas machistas, existe una actitud que se asume, se repite y se naturaliza que, sin darnos cuenta, vulnera a la mujer: su versión siempre está bajo sospecha. En este sistema en el que vivimos, cargado de conductas machistas, existe una actitud que se asume, se repite y se naturaliza que, sin darnos cuenta, vulnera a la mujer: su versión siempre está bajo sospecha.

Por supuesto que el Estado y el gobierno son los que deben actuar para evitar cualquier tipo de violencia intrafamiliar, proteger a las víctimas, dar respuesta rápida ante los hechos violentos, modificar las estructuras institucionales para que hagan frente de forma eficiente.

Pero hay un escalón anterior, que se ubica en el hogar, en la crianza, en la educación, en la familia, en el entorno cercano del posible futuro hombre violento. Fomentar en los niños varones formas de actuar y de pensar, incentivar juegos violentos, “criarlos como hombres”, “hacerlos machos” es caldo de cultivo de un comportamiento agresivo. Si a esto se suman problemas psicológicos no resueltos e historias de vida complejas, las probabilidades aumentan.

Y en este sistema en el que vivimos, cargado de conductas machistas, existe una actitud que se asume, se repite y se naturaliza que, sin darnos cuenta, vulnera a la mujer: su versión siempre está bajo sospecha.

Las tan nombradas denuncias falsas, en las que se acusa a la mujer de mentir para perjudicar al padre de sus hijos, evitar que los vea, por despecho, rabia o frustración, son un ejemplo de esto. Estudios han demostrado que casi no existen esas denuncias falsas. Esto tiene que ver con una maniobra machista que, si se pone verdadera atención, sucede a diario, muchas veces en el espacio laboral, y consiste en desacreditar a la persona que viene a decir lo que incomoda. Cuando una mujer plantea un problema, es altamente probable que antes de escuchar el problema, los hombres de la sala desestimen­ su planteo, porque se lleva mal con la otra persona involucrada, tuvo una historia sentimental, tiene un temperamento un poco irascible, y así sucesivamente. El foco se pone en las intencionalidades ocultas o en las características particulares de ella, y se embarra la cancha para hacer caso omiso a su reclamo y tapar el problema.

Esto es exactamente lo que sucede a diario en las seccionales policiales, en los juzgados de Familia cuando una mujer expone su realidad violenta. Y luego, las consecuencias dejan a toda la sociedad estupefacta.

Si pusiéramos las verdaderas cartas sobre la mesa, probablemente el juego sería otro.

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