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¿Dónde están las joyas de Montevideo?

Montevideo es hermosa, pero está descuidada, abandonada por momentos. Si la pulimos, vamos a ver el brillo que tiene debajo de ese manto de desidia

Editora Jefa de Galería

Es verdad que miramos con otros ojos las ciudades ajenas. Cuando viajamos estamos seteados para mirar lo bello, descubrir lo diferente, apreciar las particularidades históricas y culturales del lugar que visitamos. Es cierto que con nosotros mismos somos bastante más críticos. Pero también es cierto que tenemos razones.

Durante la temporada de cruceros es notoria la presencia de turistas extranjeros que deambulan por la ciudad, especialmente por la Ciudad Vieja y el Centro. Quienes circulamos a diario por las calles de Montevideo no podemos dejar de notar el deterioro que ha venido aquejando a esa zona céntrica. Las personas que duermen en las aceras se cuentan de a decenas, los locales vacíos, las fachadas sucias y la mugre acumulada junto a cada contenedor de basura. Las veredas están rotas, las luces no funcionan. Siento un poco de vergüenza frente a las caras sonrientes de los extranjeros, que por suerte tienden a mirar hacia arriba para contemplar mejor los hermosos edificios que visten las calles y que pasan casi desapercibidos.

Sin embargo, seguimos siendo atractivos para empresas del exterior que deciden instalarse en la ciudad. Y son muy bienvenidas cuando toman un viejo edificio y lo restauran hasta devolverle su esplendor original. Así, poco a poco, la ciudad irá siendo algo más bella.

Es el caso del emblemático edificio Pablo Ferrando, sobre la peatonal Sarandí. Su fachada es la responsable de hacer de esa esquina una de las más encantadoras de la Ciudad Vieja. Frente a su puerta, sobre una vereda que alterna adoquines con grandes baldosas de granito rojo, una pequeña fuente interrumpe el paso de los transeúntes en su camino hacia el casco viejo o hacia fuera de él; pues el edificio está a escasos metros de la Puerta de la Ciudadela. En ese punto nace, o muere, la pequeña calle Bacacay, de tan solo una cuadra, pero con una estampa que respira la esencia misma de la Ciudad Vieja. Y 100 metros más allá, el espléndido Teatro Solís, que se mira de frente con el ecléctico edificio de Sarandí, una mezcla de la belle époque, el neoclasicismo francés y el art nouveau.

Seguimos siendo atractivos para empresas del exterior que deciden instalarse en la ciudad. Y son muy bienvenidas cuando toman un viejo edificio y lo restauran hasta devolverle su esplendor original.

Hasta no hace mucho, esta joya de la arquitectura de principios del siglo XX, proyectada por el arquitecto Leopoldo J. Tosi para alojar el primer instituto óptico oculístico del Uruguay llamado Pablo Ferrando, era una librería local con cafetería (además de oficinas independientes que funcionan en los pisos de arriba). Ahora será lo mismo pero con una firma italiana detrás. Ese respaldo permitió una importante obra de restauración del edificio, llevada adelante por el estudio de arquitectura Toro, que revaloriza una construcción patrimonial de gran porte. Pero esto no hay que explicárselo a los italianos, que bien saben de historia, patrimonio y belleza arquitectónica.

La cultura entiende de valores, de reconocimiento, de talento, de preservación, de buen gusto por las cosas buenas, de hacer lo necesario para que la vida transcurra en un entorno agradable. A la ciudad le hace falta más cultura del cuidado, del amor hacia los espacios que habitamos.

Hace años que venimos escuchando sobre un proyecto de revalorización de la Ciudad Vieja pero, aunque se han visto algunos avances, como la parquización y peatonalización de ciertas vías, gran parte de los edificios siguen cayéndose a pedazos, cuando no se derrumban definitivamente, como sucedió hace unos meses; un desastre que por una grandísima fortuna no tuvo consecuencias fatales.

No hablo de restaurar todos los meses un edificio antiguo, pues está claro que no hay recursos suficientes, aunque podrían haber caminos en cuanto a modificación de normativas o de gestión de estas construcciones viejas. Los cambios pueden empezar por cosas más chicas, como la limpieza y el mantenimiento, y tal vez por una política inmobiliaria un poco más estricta.

Porque es lindo también pasear como turista por la ciudad de uno y sentirse orgulloso del lugar donde vive. Montevideo es hermosa, lo sabemos, pero está descuidada, abandonada por momentos. Si la pulimos, vamos a ver el brillo que tiene debajo de ese manto de desidia.