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Es como si la idea de progreso y crecimiento infinitos que comenzó en tiempos de Marinetti, y que ahora está en su máxima expresión, se hubiera convertido en un monstruo ingobernable, uno cuyo epítome más evidente es la inteligencia artificial
A finales del siglo XIX y principios del XX una de las palabras que más se repetía y con gran orgullo era esta: progreso. Nunca en la historia de la humanidad el mundo había avanzado tanto en tan poco tiempo. Innovaciones decisivas en medicina, en el pensamiento y, sobre todo, en ciencia, como esos nuevos y fascinantes inventos que tanto facilitaban la vida: la luz eléctrica, la radio, la telefonía, la penicilina, la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y, por supuesto, el automóvil, que, si bien lo inventó Karl Benz en 1886, no alcanzó su perfeccionamiento hasta la primera década del siglo XX. Fue entonces cuando el poeta, escritor e ideólogo italiano Filippo Tommaso Marinetti publicó su célebre Manifiesto futurista, en el que afirmaba que “el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad”. Personalizaba esa belleza acelerada en los maravillosos Bugatti de entonces, que, según él, “eran más bellos que la Victoria de Samotracia”.
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Curiosamente, 126 años más tarde, la asociación que él hacía entre progreso y velocidad se ha hecho realidad pero de modo distópico, con una aceleración enloquecida en todos los ámbitos. Aceleración en acontecimientos políticos, sociológicos y emocionales, que se suceden a una velocidad tal que no da tiempo a digerir el previo cuando ya llega y se impone el siguiente.
De este modo, por ejemplo, el escándalo de esta semana hace caducar el de la semana anterior; la teoría que antes era válida ahora es una estupidez, y en el ámbito de lo emocional, el amor eterno de ayer queda anulado por el amor eterno de hoy pero solo hasta que aparezca el amor (eterno, por supuesto) de mañana.
A finales de los años 90, el filósofo francés Paul Virilio le puso nombre a esta vorágine sin fin que ahora nos infesta, la llamó dromocracia, del griego dromos (“velocidad”) y kratos (“poder”); un poder omnímodo que, según él, hace que la velocidad enloquecida de la dromocracia ponga en jaque incluso a la democracia.
En su obra Velocidad y política, Virilio estudiaba la relación entre ambas argumentando que la velocidad de sucesos, imágenes, percepciones, experiencias y sensaciones varias en las que vivimos inmersos deshumanizan y crean ciudadanos manipulables e infantiles.
Si los impulsos externos que recibimos son más de los que podemos asimilar, el resultado es, por un lado, la banalización de todo y, por otro, la incapacidad de captar realmente la realidad que nos rodea.
Porque el ser humano está “programado” para sentir a otro ritmo. Tomar decisiones requiere tiempo, reflexión, ponderación. Si los impulsos externos que recibimos son más de los que podemos asimilar, el resultado es, por un lado, la banalización de todo y, por otro, la incapacidad de captar realmente la realidad que nos rodea.
Es como si la idea de progreso y crecimiento infinitos que comenzó en tiempos de Marinetti, y que ahora está en su máxima expresión, se hubiera convertido en un monstruo ingobernable, uno cuyo epítome más evidente es la inteligencia artificial (IA).
La IA, que muchos consideran la más importante herramienta jamás creada, se diferencia de las demás en que posee la capacidad, inédita hasta ahora, de tomar sus propias decisiones al margen de sus creadores, es decir, de nosotros, pobres aprendices de brujo, que la hemos creado y aún desconocemos de lo que será realmente capaz. Y su auge coincide casualmente (o no tan casualmente) con esa dromocracia de la que hablamos. Una aceleración que hace que uno se deje arrastrar por lo inmediato, lo epidérmico, lo que produce un placer instantáneo y/o aporta cultura rápida (basta con consultar el teléfono para saberlo todo y al medio minuto olvidarlo todo). ¿Se puede frenar este frenesí omnipresente, este espejismo de abarcarlo todo y sin asir nada? La teoría hace cien años de Marinetti de que inaugurábamos una era del culto a la velocidad coincidió con la aparición del fascismo y el comunismo. Ahora, en cambio, la dromocracia avanza de un modo más sutil, con lo que algunos llaman un totalitarismo blando, que nos convierte a todos en esclavos felices. Lindo panorama, y, sin embargo, hay razones para el optimismo.
Gracias a esa prodigiosa capacidad del ser humano de adaptarse y de corregir sesgos, junto con esa dromocracia que nos infesta, y como reacción a ella, se está produciendo un inesperado reverdecer de reflexión y de lectura. Las cifras son especialmente esperanzadoras en jóvenes, con hasta un 80% de ellos que se declaran lectores habituales. Muchos hacen quedadas en línea para comentar lecturas, existen foros en TikTok, así como booktubers, y bookstagrammers con cientos de miles de seguidores.
Resulta que, contra todo pronóstico, quién lo iba a decir, leer está de moda. Y, como bien sabían Marinetti y también Virilio, la lectura con su ritmo lento y su capacidad de introspección es el mejor antídoto contra la dromocracia y la mejor aliada de la democracia.