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    En favor de la socialdemocracia

    Necesitamos más y mejor socialdemocracia, como una alternativa viable al resquebrajamiento de los cimientos democráticos, convivenciales y de justicia social que cruza a diferentes regiones del mundo

    La socialdemocracia, corriente de pensamiento y de acción política animada por un sentido democrático de progreso, bienestar y justicia social, sufre los embates, desprecios y descalificaciones de un mundo polarizado, así como de la peligrosa prédica y expansión de las autocracias, las democracias iliberales y los autoritarismos. La reivindicación de la socialdemocracia tiene esencialmente que ver con una exigencia ética de abogar por una sociedad de cercanías y de lazos comunes entre diferentes, y convencidos de que es mejor desde todo punto de vista vivir en sociedades en las que se precie la igualdad, la justicia, la inclusión y la cohesión como valores universales que unen y comprometen.

    Flaco favor le hacemos a la socialdemocracia sobre la presunción de que las sensibilidades de progreso y de progresismo predominan en las sociedades, o, más bien, reflejan el espíritu y el sentir de la gente, y en particular de las personas, grupos y comunidades más vulnerables, y de los jóvenes. La socialdemocracia no se sostiene ni se proyecta al futuro por la sola referencia, de por sí valiosa, de haber logrado conciliar libertad, igualdad y bienestar, sino más bien por hurgar en profundidad sobre los desafíos existenciales que enfrenta de cara a sociedades crecientemente desiguales y diversas. Identificamos cuatro desafíos.

    El primer desafío tiene que ver con encontrar una renovada simbiosis entre libertad e igualdad cuando precisamente se cuestiona su compatibilidad, o más bien, se las “sacrifica” en atención a consideraciones de orden superior sobre el orden y el desarrollo de las sociedades. No es infrecuente escuchar que las ideas en torno a la libertad y la igualdad son el reducto privilegiado de élites profesionales distantes del diario vivir y sufrir de la gente.

    Por un lado, la libertad como valor universal es crecientemente cuestionado por prácticas políticas, seudo académicas y corporativas, entre otras, que niegan la libertad de las personas para opinar desde su libertad y autonomía de pensamiento. La cancelación al que piensa distinto del mainstream políticamente correcto y aceptable, la negación de realidades y verdades objetivables y la prohibición de ideas por considerar que subvierten el orden moral “supremacista” en la sociedad son moneda corriente de los extremismos, y a veces de los autodenominados moderados, de izquierda y derecha. Por otro lado, el valor de la igualdad está fuertemente impactado por un crecimiento explosivo de las desigualdades que jaquea uno de los sellos identitarios de la socialdemocracia, que es bregar y lograr una sociedad de cercanías.

    La socialdemocracia padece de audacia y capacidad de respuesta frente a la necesidad de recrear las bases de una sociedad de bienestar y progreso en un doble sentido: i) diferenciarse y desarrollar pensamiento y accionar propio ante la hegemonía de las prédicas ortodoxas e intocables del capitalismo en sus diferentes variantes —los espejismos del crecimiento y el desarrollismo per se entendidos como valores supremos sin sustento cultural y social, y carentes de visiones país; y ii) repensar la protección y el desarrollo social que incluya diversidad de colectivos y grupos que tienen necesidades diferentes a las que tradicionalmente respondía la socialdemocracia y que no están contempladas en la matriz de políticas públicas clásicas marcadas por un fuerte rol garante y regulador del Estado en las relaciones entre trabajadores y empresarios.

    Le cuesta a la socialdemocracia asumir que el abordaje de la desigualdad ya no solo versa sobre la dignificación de las condiciones de trabajo, sino que también tiene que reflejar las identidades y los derechos de las personas, grupos y comunidades, las fragmentaciones sociales, territoriales y laborales de la vida en sociedad y los impactos de las tecnologías en regular, discriminar y polarizar las actitudes y los comportamientos de las personas.

    Un segundo desafío versa sobre fortalecer el universalismo en el cerno de la socialdemocracia. La aspiración a sociedad de iguales libres como expresión de un cosmopolitismo que cruza diversidad de credos y afiliaciones se ha ido evaporando. Ciertamente la socialdemocracia ha evidenciado capacidad de respuesta, reflejado en acuerdos sociales y normativos, así como de intervenciones de política pública. Entre otras fundamentales, cabe remarcar la expansión de los derechos de la mujer y de contrarrestar las desigualdades de género asociadas principalmente a estigmas sociales, a la educación, al desarrollo profesional e independencia, y al trabajo. También se refleja en la prédica y acciones desplegadas en cuanto a reconocer la diversidad de identidades y de género, de visibilizar las inequidades y de buscar acciones compensatorias desde un Estado garantista de derechos y con capacidad de escucha ante las crecientes y diversas demandas de la sociedad civil. Estas respuestas coadyuvaron a fortalecer un universalismo incluyente de diversidad de sensibilidades y que se fortalece estableciendo puntos en común e igualando en oportunidades.

    Este universalismo cosmopolita, componedor e igualitarista se ha visto opacado y hasta diríamos superado cuando los particularismos de las identidades y valoraciones de personas, grupos y comunidades se buscan imponer como un valor superior que implica una infortunada y peligrosa separación de los demás. Ya no hay más universalismo, sino cooptación de las agendas culturales, sociales y políticas por quienes entienden que responder a sus petitorios es un debe histórico de los países en cuanto a la reparación de injusticias de larga data y que tiene que predominar sobre otra consideración, cualquiera sea su naturaleza.

    Los bienes comunes globales, tales como la educación, en los que la socialdemocracia pone un marcado énfasis como expresión de una sociedad que converge en imaginarios de progreso y bienestar, ceden lugar a expresiones particularistas. No es que los particularismos no tengan capacidad de expresarse y desarrollar bajo la socialdemocracia, sino que lo que se pone en cuestionamiento es que los mismos prevalezcan por sobre lo que puede entenderse como bienes y lazos en común. La socialdemocracia se ha visto enredada en buscar respuesta a los particularismos alejándose de su impronta universalista y de equilibrio entre diferentes, y, a la vez, descuidando a los sectores tradicionalmente protegidos, como la clase obrera. Se ha transformado en un combinación explosiva para su presente y futuro como opción política.

    Un tercer desafío alude a que una socialdemocracia proyectada hacia el futuro no puede solo estructurarse en torno al eje mercado–Estado y sobreasumir como congeladas en el tiempo las inercias e inflexibilidades de la inversión y del gasto público social existentes. Resulta simplista y conservador suponer que lo que diferencia a la socialdemocracia de otras corrientes de filosofía política y social es la omnipresencia del Estado como orientador y regulador de la vida de sociedad en diferentes órdenes. Creemos que es necesario que la socialdemocracia avance en la idea de que no es el instrumento Estado el que hace la diferencia en la calidad de vida de la gente. Muchas veces se carga con la mochila de un Estado que no jerarquiza sus respuestas frente al cúmulo de necesidades; fragmenta sectores, instituciones e intervenciones; venera el gasto público como intocable sin animarse a su reestructuración, o asumiendo que es de por sí una definición de ser progresista. El inmovilismo estatal no solo tiene como correlato hacer la vista gorda sobre la efectiva eficiencia y eficacia de las inversiones y gastos sociales realizados, sino dejar de atender necesidades de grupos y personas largamente excluidos del bienestar y la protección social del Estado.

    Lo que singulariza a la socialdemocracia no son visiones y prácticas con el Estado como centro, con recorridos frecuentemente inerciales, sino la capacidad de impactar con políticas públicas de amplia base societal, en la igualación, bienestar y desarrollo de la sociedad en su conjunto. Un Estado de impronta socialdemócrata se abre al diálogo y a los partenariados con diversidad de actores e instituciones animado por el propósito superior de idear, desarrollar y plasmar estrategias sociales progresistas para responder a las necesidades vitales de personas, ciudadanos y comunidades, a partir de la evidencia de lo que realmente impacta.

    Un cuarto desafío tiene que ver con asumir una actitud de humildad y ampliar la escucha a la sociedad y, en particular, a quienes expresan desconfianza y malestar con la democracia. No se trata de estigmatizarlos como atrasados, reaccionarios o inclusive fascistas, sino de saber entender las distancias que separa a la socialdemocracia de colectivos y grupos que se sienten despreciados por o marginados de las políticas públicas, y en particular por burocracias y élites que gobiernan el Estado y la sociedad en su conjunto.

    La socialdemocracia recobra su sentido desde el abajo, lo que le ha dado históricamente su razón de ser y su capacidad de anticipar y responder a demandas sociales, así como buscar experimentar nuevas maneras de concebir y gestionar las políticas públicas. Se requiere de narrativas que, sin contraponer comunidades, grupos y personas, reconozcan la existencia de intereses disímiles y de buscar encontrar justos balances. Se trata de maximizar la capacidad de hurgar en necesidades percibidas que no están alineadas con realidades supuestamente objetivables, y que requieren de respuestas convincentes para quienes sienten no ser parte del mainstream de la sociedad. Su negación y rotulación desacredita a la socialdemocracia como puente entre aspiraciones cosmopolitas e intereses particulares, y puede condenarla a la irrelevancia como estilo de vida y opción política.

    En síntesis, necesitamos más y mejor socialdemocracia, como alternativa viable al resquebrajamiento de los cimientos democráticos, convivenciales y de justicia social que cruza a diferentes regiones del mundo. El Uruguay no es una excepción, o, en todo caso, tendríamos que evitar recorrer el sendero autocomplaciente del excepcionalismo. No basta con alegar que la socialdemocracia evidencia logros de progreso social en el sur y norte global —Uruguay, impregnado por el batllismo, es buen ejemplo histórico—, sino que es necesario hacer un profundo y saludable ejercicio de autocrítica pensando en forjar futuros mejores para las nuevas generaciones. Algunos de los desafíos a encarar podrían vincularse a encontrar una renovada simbiosis entre libertad e igualdad; fortalecer un universalismo cosmopolita, inclusivo y componedor; animarse a proyectarse más allá del eje Estado-mercado y del gasto social intocado, y asumir una actitud de humildad y ampliar la escucha ante quienes expresan desconfianza y malestar con la democracia.

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