SIBO es una sigla en inglés para small intestinal bacterial overgrowth (sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado). Se trata de una condición o disfunción que se da cuando bacterias que deberían estar en el colon, es decir, al final del aparato digestivo, migran al intestino delgado, donde se produce la mayor parte de la digestión, y comienzan a reproducirse y fermentar, ocasionando distensión, molestias y dolor abdominal, gases, estreñimiento y/o diarrea, entre otros tantos síntomas.
Sin embargo, el SIBO siempre existió entre las disfunciones gastroenterológicas. Los expertos coinciden en que la novedad es que ahora se le puso nombre y hay mucha más información al alcance de la mano. “Es como si hubiera una especie de ola de información abrumadora sobre el tema y, entonces, todo el mundo se identifica con ese diagnóstico”, dijo a Galería Silvina Tocchetti, licenciada en Medicina Nutricional, especialista en Medicina Funcional y fundadora y directora del centro MindLatam, para quien la situación es tal que no considera erróneo pensar que “el SIBO está de moda”. Algo similar opinó Clara Elvers, licenciada en Nutrición, especializada en Alergias e Intolerancias Alimentarias. “El SIBO existió siempre, lo que sucede ahora es que hay más información en las redes sociales y el tema se hizo mucho más masivo”.
No obstante, el exceso de información no explica por sí solo el fenómeno. Ambas especialistas coincidieron en que el estilo de vida actual, acelerado y cargado de estrés, actúa como un factor que predispone para muchas disfunciones gastrointestinales, entre ellas, el SIBO. Esto se debe a que en el intestino se concentra una parte muy importante del sistema nervioso e inmunológico. No en vano se lo ha denominado segundo cerebro. “Ahora se habla mucho del eje intestino-cerebro y sabemos que los estados de ánimo y el estrés influyen en nuestra salud intestinal”, aseguró Elvers. Por su parte, Tocchetti sostuvo que “una de las causas principales del SIBO, el colon irritable, la indigestión, la intolerancia a la histamina, etcétera, es el aceleramiento que tenemos, porque en definitiva el que sufre es nuestro sistema digestivo”.
De hecho, eso es lo que prescriben las guías de gastroenterología americana y europea. Los antibióticos se utilizan para matar el exceso de bacterias en el intestino y la dieta baja en Fodmap para reducir la cantidad de carbohidratos fermentados. De esta manera, el paciente retira de su dieta los oligosacáridos (legumbres, trigo, cebolla, ajo), los disacáridos (lactosa), los monosacáridos (la fructosa, que se encuentra en miel, pera, manzana y jarabe de maíz de alta fructosa, que contienen los alimentos industrializados) y los polialcoholes (edulcorantes que terminan en -ol).
“Todos estos son carbohidratos que están dentro de los alimentos que solemos consumir, pero no se suelen digerir en el intestino y, entonces, las bacterias los fermentan. La idea de esta dieta es bajar los carbohidratos porque al final son como el combustible perfecto para las bacterias”, explicó Elvers, quien resaltó la importancia de que dicha dieta se realice al mismo tiempo que se hace el tratamiento con antibióticos. De allí la relevancia de que el médico gastroenterólogo trabaje en conjunto con el nutricionista.
Más allá de esto, la licenciada en Nutrición advirtió que es importante entender que esta dieta se trata tan solo de un protocolo, que se tiene que hacer por un corto período de tiempo. “Las bacterias que tenemos (en el intestino) se generan a partir de lo que comemos. Si nosotros comemos poca variedad de alimentos, tenemos poca variedad de bacterias y un intestino sano es aquel que tiene mucha variedad de bacterias, pero en cantidades controladas. Por eso es importante comer variedad de alimentos. Si uno prolonga este tipo de dieta restrictiva, el intestino se queda sin variedad de bacterias”, por lo tanto, la microbiota pierde calidad y probablemente se produzcan nuevos desórdenes gastrointestinales.
La mayoría de las veces no basta con que gastroenterólogo y nutricionista trabajen juntos, ya que aunque muchas veces no se considere, el SIBO está relacionado también con hábitos y estilo de vida.
Elvers apuntó que lo ideal es hacer la dieta por un período aproximado de seis semanas, siguiendo las indicaciones de un nutricionista, que sepa cómo hacerlo, ya que una vez transcurrido ese período de tiempo se debe comenzar a reintroducir esos alimentos y evaluar la tolerancia del paciente. Si alguno no le cae bien, se debe postergar un poco más su introducción, pero no por mucho tiempo, ya que de lo contrario la microbiota perdería calidad. De no poder reintroducirlo, se tiene que estudiar a qué se debe esa intolerancia, ya que muchas veces el SIBO está relacionado con otras disfunciones o enfermedades, como diabetes, celiaquía, hipotiroidismo e hipocloridia (baja cantidad de ácido gástrico), entre otros.
La experta manifestó también que la mayoría de las veces no basta con que gastroenterólogo y nutricionista trabajen juntos, ya que aunque muchas veces no se considere, el SIBO está relacionado también con hábitos y estilo de vida (calidad del sueño, ejercicio físico, manejo del estrés, hábitos alimenticios). Por esta razón, se hace pertinente trabajar en conjunto además con un psicólogo. En definitiva, se necesita un tratamiento integral, que también tenga en cuenta los hábitos de la persona.
“En mis consultas suelo indagar si la persona hace terapia, yoga, mindfulness. Creo que el buen manejo de las emociones y el estrés es fundamental” para el equilibrio de la microbiota y, por lo tanto, para que el paciente no vuelva a recaer. Al respecto, Elvers consideró que muchas recaídas se explican porque el paciente no recibió un tratamiento integral adecuado. Esto lleva a que cada vez sea más frecuente hablar del SIBO recurrente como una condición.
La importancia del cerebro
“Estaba con problemas intestinales y me diagnosticaron SIBO. Para tratarlo me indicaron la dieta Fodmap y un antibiótico, pero a partir de ahí empecé con otros problemas”. Este testimonio publicado en la mencionada publicación de Instagram de Tocchetti es un ejemplo de lo que suele esconder el SIBO.
En este sentido, la especialista advirtió que ponerles nombre a los síntomas y tratarlos como si fueran simplemente eso la mayoría de las veces no soluciona el problema, ya que el SIBO suele ser una manifestación o una consecuencia de otras cosas que están pasando en el organismo. “Si vos atacás con antibiótico y hacés la famosa dieta Fodmap, lo único que hacés es apagar la alarma con un botón, pero no llegaste al fondo porque no hiciste un abordaje sistémico”, resaltó.
Sistémico supone “entender que somos un sistema de multisistemas, de muchos órganos de células que están en permanente comunicación y que no podemos hacer intervenciones y diagnósticos de forma aislada”. Por esta razón, indicó que lo sistémico antecede a lo integral. “El abordaje integral lo hacés si y solo si tenés una mirada sistémica de nuestro organismo”. A modo de ejemplo, señaló el eje intestino-cerebro, el cual “es crucial en esta temática”.
“Hoy la gente no está frenando ni siquiera para comer y la relajación y la conciencia es una parte importante en todo esto. Si no tenés tiempo, entonces comé poco y comé más cuando estés tranquilo y puedas masticar bien”, sostuvo Tocchetti.
De hecho, afirmó que la salud mental es el factor que está incrementando los casos de SIBO. “Y no digo solo estrés, sino también la parte cognitiva, es decir, la cantidad de información que recibimos por segundo. Es tanta la información que tenemos que procesar que nuestro aparato digestivo ya no puede procesar alimentos. Cuando procesamos información a ese nivel se te anula el sistema parasimpático, que es el que se encarga de la digestión, porque estás todo el tiempo con el sistema simpático activado”.
Por esta razón, para la experta, el problema muchas veces empieza en el diagnóstico, el cual debería suponer realizar una evaluación funcional profunda, que no deje por fuera las causas subyacentes. “Cómo está funcionando tu páncreas, tu digestión, cómo está tu cabeza, tu estrés, a qué hora te dormís, a qué hora te levantás. Indagar sobre todos los hábitos y cómo están dialogando con el resto de tus síntomas. Porque cuando vienen a consulta, nadie me dice que tiene solamente SIBO. Por lo general, además del SIBO, tienen migrañas, o no duermen bien o trabajan todo el día, no hacen ejercicio y están superestresados. Entonces, lo importante es desandar la hoja de ruta y preguntarse cómo la persona llegó a eso”. De allí también la importancia de que, como sostuvo Elvers, la intervención se realice al mismo tiempo en todos los aspectos (gastrointestinal, nutricional y mental). “Hoy la gente no está frenando ni siquiera para comer y la relajación y la conciencia es una parte importante en todo esto. Si no tenés tiempo, entonces comé poco y comé más cuando estés tranquilo y puedas masticar bien”, sostuvo Tocchetti.
Incluir los hábitos y estilo de vida en el tratamiento del SIBO puede significar más trabajo y tiempo, pero la buena noticia es que teniéndolos en cuenta, superar la condición es posible. “Eso debería ser lo normal, en el sentido de que el SIBO no es crónico, sino que es una situación en determinado momento. Deberías de poder restaurar el equilibrio de tu microbiota, es decir, de la salud intestinal”, aseguró Elvers. Por su parte, Tocchetti manifestó que con un tratamiento sistémico e integral “se puede llegar a optimizar esa condición y que no vuelva”, aunque reconoció que en personas con determinada manera de manejar las emociones, quizás cueste más porque su personalidad no es favorable para una digestión correcta. “Por eso es tan importante ver cuáles son las cuestiones más constitutivas de la persona, las que tienden a ser factores de mantenimiento de esa disfunción, para tratarlas y que el SIBO se pueda superar”.
Fallas en el diagnóstico
“Estudios recientes advierten acerca del sobrediagnóstico del SIBO debido a la falta de criterios claros y la interpretación inadecuada de los test respiratorios. Se estima que hasta un 20% de las personas sanas pueden dar positivo en estas pruebas sin que esto implique una patología real”, afirma Tocchetti en su Instagram. Esta ambigüedad para interpretar los test explica también la falta de precisión de las diferentes investigaciones para determinar el porcentaje de población que actualmente sufre esta condición.
En este sentido, Elvers explicó que hoy el SIBO se diagnostica con un test de espirado, que no suele ser del todo fiable, pero es más accesible y económico que la realización de un aspirado, que sería lo “gold standard” o ideal. Sin embargo, este es más caro e invasivo.
Las desventajas del test de espirado es que no hay un solo test, sino varios para detectar los diferentes gases. Además, en la mayoría de los países no están todos disponibles. Esto lleva a que haya muchos falsos positivos y falsos negativos. En Uruguay, por ejemplo, se cuenta con el test para detectar metano e hidrógeno, pero no con el que mide el sulfuro de hidrógeno. No obstante, Elvers sostuvo que este se puede distinguir de modo clínico.