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Los reyes de París: a cien años del primer oro de Uruguay en los Juegos Olímpicos

En 1924 la selección uruguaya de fútbol se hacía conocer en todo el mundo

En 1924, Uruguay era para el Viejo Mundo, y en especial para París, capital de Francia, Europa y el mundo, un lejanísimo y exotiquísimo punto del planeta. En la Ciudad Luz, que le hacía honor a su nombre, se disputaban los Juegos de la VIII Olimpiada. Era la primera vez que Uruguay participaba de los Juegos Olímpicos, que se celebrarían entre el 4 de mayo y el 27 de julio. Su primera delegación constaba de 31 deportistas: cinco boxeadores, seis esgrimistas y veinte jugadores de fútbol. Estos últimos estaban destinados a hacer historia dorada.

El fútbol ya era la auténtica pasión nacional. En todo el mundo también iba en camino a convertirse en el principal deporte. La Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), que tenía apenas dos décadas de vida, había resuelto en su congreso de 1924 asumir la responsabilidad de organizar junto con el Comité Olímpico Internacional (COI) el torneo de fútbol en los Juegos Olímpicos de París, que se disputaron entre el 25 de mayo y el 9 de junio, reconociéndolo como un campeonato mundial.

Esto concretó un sueño anhelado desde antes. De hecho Uruguay, que se había afiliado a la FIFA en 1923, participó de ese mundial gracias a la promesa cumplida del presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), el médico pediatra Atilio Narancio. Este había asegurado que si la selección ganaba el Campeonato Sudamericano de Montevideo de 1923, la inscribiría en los JJOO parisinos. Uruguay logró efectivamente -por cuarta vez- ese título continental. Los números decían que era la mayor potencia sudamericana. Pero era un total desconocido en Europa, un continente que todavía lamía las heridas que había dejado la Gran Guerra de 1914 a 1918, en un mundo donde las distancias eran mucho mayores. Además, ningún equipo de esta parte del mundo había cruzado el Altántico.

Fallecidos todos los protagonistas, solo queda revisar sus testimonios. “Tengo plena noción de la elevada trascendencia de nuestro cometido. Sé que llevamos la representación del deporte predilecto en el país, representación que si no es la más técnica, por lo menos ha sido la más entusiasta y ostenta el glorioso jalón de haberse clasificado campeones de América en el último certamen disputado en Montevideo”, dijo al diario El Plata el capitán José Nasazzi, el más emblemático jugador de esa camada, empleado de una marmolería de 23 años, antes de partir. También hay que decir que más allá de algunos entusiastas, eran numerosos los que aquí pensaban que los futuros "esforzados atletas" iban rumbo a una masacre.

En Europa los rivales no sabían nada de Uruguay porque sus “roces internacionales eran muy reducidos”, dijo el todoterreno Ernesto Matucho Figoli, en declaraciones consignadas por la radio chilena BioBio. Claro, la Celeste solo había competido para 1924 en Rio de Janeiro, Viña del Mar, Buenos Aires y Montevideo. “No sabían que en nuestro equipo era tan importante el entrenador como el doctor y el experto en condición física. Queríamos jugar a todo ritmo los 90 minutos de cada partido. Nos concentramos en el torneo. Por eso evitamos la tentación de vivir en París y escogimos la paz del pequeño Argenteuil”.

En épocas en las que un director técnico era una figura casi accesoria, Figoli supo ser algo parecido a eso, pero también masajista, utilero, barbero, peluquero y confidente de los jugadores. Eran épocas de mucho talento, pero también de tremendo amateurismo e improvisación. El libro La crónica celeste, de Luis Prats, consigna que el capitán Nasazzi pasó en los meses previos de delantero a defensa, Andrés Mazzali de delantero a arquero, José Leandro Andrade (quien se convertiría en la primera estrella internacional de fútbol) de entreala a marcador de punta, y Pedro Petrone (trabajador en el Mercado Agrícola) de arquero a delantero.

Casto Martínez Laguarda, un diputado nacionalista que además era dirigente de la AUF, viajó para organizar una gira de preparación ante escuadras locales por varias ciudades de España, a cambio de plata, alojamiento o comida, lo que fuera más seguro. El texto de Prats recuerda que Narancio debió hipotecar su casa quinta en Maroñas para financiar el viaje transatlántico en el Desirade. Ese viaje zarpó del puerto de Montevideo el 16 de marzo y llegó a Vigo, en Galicia, el 7 de abril. En esos 22 días, el arquero Mazzali, que también era atleta y basquetbolista, ofició de preparador físico de sus compañeros en la cubierta del vapor francés.

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La selección uruguaya fue el primer equipo de fútbol americano en jugar en Europa. Lo hizo en suelo español, como preparativos para Colombes.

La selección uruguaya fue el primer equipo de fútbol americano en jugar en Europa. Lo hizo en suelo español, como preparativos para Colombes.

“Pasamos un mes en aquel barco, viajando en tercera (clase), no pudiendo ingerir las malas comidas, viviendo a mate cocido, pero cantando y riéndonos siempre, hasta de nuestra propia miseria”, recordaba Mazzali a la revista argentina El Gráfico en 1935. El viaje hizo escalas en Río de Janeiro, Dakar, ya en las costas africanas, y Lisboa, en Portugal. Según ese recuerdo de Mazzali, en este último puerto se subió Martínez Laguarda a dar una mala nueva: “Muchachos: no hay tal gira contratada. Sólo pude conseguir, con la ayuda del cónsul uruguayo en Vigo, hacer allí un partido. Del resultado de ese encuentro depende nuestra suerte”. El 10 de abril de 1924 por primera vez un equipo americano de fútbol jugó ahí en Europa: Uruguay derrotó al Celta local por 3 a 0 ante 12.000 personas. Los goles los anotaron Petrone, Pedro Cea (repartidor de hielo en Montevideo) y Santos Urdinarán. Un periodista de El Faro de Vigo inmortalizó un encuentro con una frase que quedó para la gran historia celeste: “Por los campos de Coya (el viejo estadio del Celta) pasó ayer una ráfaga olímpica”. La suerte, efectivamente, cambió: Uruguay pudo jugar otros ocho partidos (con ocho triunfos) ante equipos españoles en sus feudos en Bilbao, San Sebastián, La Coruña y Madrid.

Aún así, los uruguayos eran vistos como la principal candidata a cenicienta del inminente torneo. “Recuerdo que, aun ganando en todos los lugares, no se nos daba chance en la Olimpíada. 'Os van a dar en los morros', era la expresión española con que se nos obsequiaba. Y eso que jugábamos en algunos lugares después de veinte y hasta más horas de viaje en trenes y en tercera clase. En aquellos compartimientos (éramos) ocho, durmiendo recostados unos sobre otros, esperando que el tren se detuviera en alguna estación para tomar algo caliente (...). '¡Y lo bien que amasa mi vieja!... Mirá: hoy es domingo... son las doce... estarán humeando los tallarines en la mesa...', decía uno evocando su casa lejana, y la evocación no recibía nada más que bromas. Recuerdo que en el barco pedimos una vez tallarines y nos trajeron engrudo”, siguió recordando Mazzali.

En Francia

El 17 de mayo la delegación llegó a París. Los Juegos de 1924 fueron los primeros en disponer de una Villa Olímpica, pero estas eran unas casetas tan precarias que los atletas -que ya habían sufrido no pocas privaciones- no quisieron quedarse ahí. También tenían las tentaciones más a mano. En lugar de eso se alojaron en el ya nombrado castillo de Argenteuil, propiedad de una señora ya mayor, Marie Pain, “una simpática viejecita, que desde ese día tuvo para la delegación las más gentiles atenciones y surgió como una verdadera hada para brindar a nuestros muchachos aquel calor afectivo que tanto debían añorar al evocar la familia, el hogar, todo lo que se había dejado lejos”, según redactó Martínez Laguarda en su informe oficial.

Ese lugar, además, estaba a diez cuadras del estadio olímpico Yves-du-Manoir de Colombes, a unos diez kilómetros del centro de París. Ahí entrenaron, acunaron sus sueños, extrañaron las comidas de sus casas y sorprendieron a los franceses con el mate y el asado a la parrilla. Carlos Quijano, un joven abogado y periodista, que estaba de paso en la capital francesa, se quedó con sus compatriotas.

Ser unos desconocidos tenía sus ventajas. El torneo de fútbol tuvo 22 inscritos por los que debieron disputarse seis partidos de eliminatorias a matar o morir para limitar los participantes a 16 selecciones. A Uruguay le tocó enfrentar a Yugoslavia en esa instancia previa. Curiosos de ese país fueron a espiar el entrenamiento, pero en vez de su juego habitual de gambetas y toques precisos que les caracterizaba, los uruguayos fingieron hacer todo tipo de torpezas. "Los espías yugoslavos, entre los que se encontraban varios reporteros de aquel país, informaron sonrientes: 'Dan verdadera pena estos muchachitos que vinieron de tan lejos, serán presa fácil de los nuestros y de cualquiera que se les ponga enfrente'", recordaba Fígoli. Según dijo Mazzali a El Gráfico, la confianza de los balcánicos era tal que para el partido del 26 de mayo, no incluyeron a tres de sus habituales titulares. Esa decisión le resultó fatal: Uruguay, jugando ahora en serio, goleó 7 a 0.

A Uruguay lo conocieron rápido: según la web de la AUF, los cinco mil franceses que fueron a verlos fracasar ante Yugoslavia se convirtieron en 20.000 viéndoles ganar 3 a 0 en el partido de octavos de final ante Estados Unidos el 29 de mayo.

El 1 de junio se disputó el partido de cuartos de final ante Francia, el local. La crónica previa de El País de ese mismo día daba cuenta que los uruguayos tenían toda la fe en el triunfo: “... las multitudes francesas han llevado siempre el contagio de esa fibra emotiva del cariño a sus cosas. Y han volcado generosamente sus entusiasmos para la obtención de sus grandes triunfos. Y grande sería el de hoy, si Francia derrotase a la invicta representación del Uruguay. Pero, confiemos en que el triunfo estará con los nuestros. Repetimos lo que dijéramos ayer: el football de Europa, con excepción hecha del football profesional inglés, no puede derrotarnos, salvo circunstancias fortuitas que nos coloquen en desventaja. (...) Las actuaciones de los nuestros, hasta ahora, confirman la esperanza de que hemos de vencer, y en ese franco optimismo va implícito el reconocimiento pleno de los prestigios de nuestros campeones”. Uruguay correspondió con semejante triunfalismo -impensable en la crónica deportiva local hoy en día- y goleó 5 a 1. Treinta mil hinchas estaban en las tribunas.

El partido más complicado del ciclo fue la semifinal. Uruguay venció 2 a 1 a Paises Bajos (entonces se le decía Holanda), luego de comenzar perdiendo. En ese partido comenzó la fama del Vasco Cea, autor del gol de la igualdad: se le bautizó el “empatador olímpico”, pero más allá de esta circunstancia, su capacidad de aparecer anotando en momentos difíciles se dio en todos los grandes torneos de esos años. El segundo lo anotó Héctor Scarone, quien muchos consideran el mejor jugador del mundo de esos años, y que con sus 31 goles en la selección fue el máximo anotador celeste hasta 2011 cuando lo superó Diego Forlán (luego lo harían sucesivamente Luis Suárez y Edinson Cavani). A Scarone lo apodaban Mago o Borelli, en honor a una famosa diva de la época, debido a su carácter carpichoso.

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El Museo del Fútbol tiene los zapatos con los que Héctor Scarone anotó el gol del triunfo ante Países Bajos para pasar a la final contra Suiza.

El Museo del Fútbol tiene los zapatos con los que Héctor Scarone anotó el gol del triunfo ante Países Bajos para pasar a la final contra Suiza.

La final se jugó el 9 de junio de 1924 en el estadio olímpico de Colombes ante poco más de 40.000 personas. En lo deportivo ya se ha dicho mucho sobre eso. Uruguay derrotó a Suiza 3 a 0 con goles de Petrone, Cea y Ángel Romano. Este último todavía hoy es el quinto máximo goleador de la Celeste (con 28 tantos). Uruguay formó con: Mazzali, Nasazzi, Pedro Arispe, Andrade, José Vidal, Alfredo Ghierra, Urdinarán, Scarone, Petrone, Cea y Romano. Con el público francés absolutamente entregado ante unos desconocidos que jugaban un fútbol nunca visto, los uruguayos decidieron retribuir los aplausos dando la primera “vuelta olímpica” de la historia. En esa misma vuelta inaugural marcharon los suizos detrás suyo (esa costumbre no se repitió; por lo general el vencido quiere que se lo trague la tierra). El 9 de junio fue declarado como el Día del Fútbol Sudamericano por la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol).

Un ganador dentro y fuera de las canchas fue José Leandro Andrade. Por su actuación deportiva se ganó el apodo de Merveille Noire (Maravilla Negra), siendo especialmente aplaudido en la goleada contra Francia. Tres décadas antes de Pelé, fue considerado el primer astro negro del fútbol mundial. Ríos de tinta han plasmado su actuación fuera de ellas, como en su biografía novelada Gloria y tormento, de Jorge Chagas: se dice que era un bailarín de tangos consumado, que se escapaba de las concentraciones, que un compañero -Ángel Romano- lo fue a buscar y lo encontró vestido con batas de seda en el lujoso apartamento de la “condesa” Margueritte Gestaullied rodeado de mujeres, que una de sus conquistas parisinas fue nada menos que Josephine Baker... Esto ha perdurado más en el tiempo que otras historias menos morbosas, como la vuelta a Montevideo antes del final de los Juegos de los jugadores Pascual Somma y Fermín Uriarte; nunca quedó claro si fue por indisciplina o porque estaban podridos de las privaciones.

Un siglo después

La gesta quedó indudablemente en la historia. Cien años después, la inauguración de la muestra fotográfica “4 estrellas”, en el Archivo Nacional de la Imagen y la Palabra (ANIP), muestra cómo ha calado en nuestra propia identidad. Las cuatro estrellas aluden a los títulos mundiales de Uruguay en fútbol, plasmados en su camiseta, ya que la FIFA estuvo en la organización de los Juegos Olímpicos de París 1924 y Amsterdam 1928, que también ganó la Celeste, sumados a los mundiales propiamente dichos de 1930 y 1950.

Vale decir que si bien la FIFA autorizó a Uruguay a bordarse las cuatro estrellas en el escudo de sus camisetas, el resto del planeta fútbol toma hoy con bastante sorna esa equiparación. En aquel momento se valoró distinto, el diario deportivo francés L'Auto, el más importante de su época, tituló en portada el 10 de junio: “El once de Uruguay es campeón del mundo”.

Tan importante fue para la época esa primera medalla de oro olímpica, que eclipsó completamente otra actuación destacada. Los esgrimistas uruguayos Domingo Mendy y Héctor Herrera llegaron a las semifinales de su disciplina, lo que fue considerado histórico. Salvo un artículo en El Observador publicado en 2023, nadie parece recordar este hecho. El fútbol en Colombes fue el primer eslabón de un medallero olímpico no muy extenso: en un siglo de participaciones en estos eventos Uruguay ganó dos oros (los dos de fútbol), dos de plata (remo en 1948 y ciclismo en 2000, la última de todas) y seis de bronce (tres remos, dos básquetbol y uno en boxeo); diez preseas en total.

El Indio Arispe, un defensa de Rampla Juniors que trabajaba en los frigoríficos del Cerro, le dejó al histórico periodista de El Diario y El País Julio César Puppo, el Hachero, una sentencia que resumió bien tanto la sensación deportiva y emotiva como la de un país muy joven que todavía buscaba una identidad: “Para mí, la patria era el lugar donde, por casualidad, nací. Era el lugar donde trabajaba y se me explotaba… ¿Para qué precisaba yo una patria? Pero fue allá, en París, en Colombes, en los Juegos Olímpicos de 1924, donde me di cuenta cómo la quería, cómo la adoraba, con qué gusto hubiese dado la vida por ella. Fue cuando vi levantar la bandera en el mástil más alto. Despacito, como a impulsos fatigosos. Como si fueran nuestros mismos brazos, vencidos por el esfuerzo, agobiados por la dicha quienes la levantaron. Despacito. Allá arriba se desplegó violenta como un latigazo y su sol nos pareció más amoroso que el de la tarde parisién. Era el sol nuestro… Abajo, las estrofas del himno que llenan el silencio imponente de muchos miles de personas sobrecogidas por la emoción. ¡Entonces sentí lo que era Patria!”.