Dos meses después, a partir de una convocatoria por la web y redes sociales se realizó el primer encuentro para tatuarse en Tilburg, Países Bajos, donde Michiel se convirtió en la primera persona en grabarse en la piel una letra de la Declaración. El tatuaje número 0001 fue la letra a, la primera del primer artículo. Michiel dijo que su hombro ya estaba lleno de “cosas” (tatuajes) que significan mucho para ella, mientras la libertad significa mucho para todo el mundo.
Derechos humanos en la piel
De la mano de Sander y con el apoyo de su manager, Maria Kint, Human Right Tattoo (HRT) ya es un proyecto consagrado que lleva más de 5.500 tatuajes realizados en más de 70 países, en colaboración con organizaciones, museos, universidades, festivales y, por supuesto, estudios de tatuajes y tatuadores locales. No es una obra firmada por un solo artista, sino un lienzo humano al que personas de todo el mundo van dando vida.
Un proyecto sobre Derechos Humanos
En una clara referencia a la célebre frase de la misión Apolo 11 de la NASA, “una pequeña letra para el hombre, un símbolo gigante para la humanidad” es el eslogan de HRT. El objetivo es impulsar la conciencia social a través del poder del arte, viajando por todo el mundo hasta conseguir escribir la Declaración Universal de los Derechos Humanos completa —un texto con 30 artículos y más de 6.700 caracteres— en la piel de exactamente 6.773 seres humanos.
Es una forma de añadir rostros, nombres e historias al texto más importante en la historia de los derechos humanos. “Son individuos que forman de un colectivo único distribuido en países y continentes, abarcando todos los estratos de nuestra sociedad global”, dice Sander. Y es que desde directores ejecutivos hasta residentes de los barrios más marginales han aparecido a tatuarse. “Si eres humano, tienes todo lo necesario para formar parte de HRT”.
La consigna es así: cada persona que acude a las sesiones —publicadas con anticipación en el calendario de la página web del proyecto— recibirá una letra que se convertirá en tatuaje. No son gratuitos, ya que el dinero recaudado por los tatuajes es la forma de poder financiar (junto con las donaciones voluntarias) más sesiones en otras partes del mundo. Pero sí son muy económicos. Mientras un estudio de tatuajes convencional cobra alrededor de 60 dólares por tatuaje, en HRT solamente se cobran los materiales, lo que hace un costo del tatuaje de alrededor de cinco dólares.
Pero la importancia de estos eventos no está en el hecho de tatuarse ni en reunir a una comunidad de tatuados que levanten la voz en un solo día en un mismo lugar, sino en que a partir de ahora cada letra se piense como un punto de partida para una conversación, explica Sander. “Una conversación sobre este tatuaje es una conversación sobre derechos humanos”. Una invitación a hablar, a generar conciencia mundial mientras se subraya la importancia del arte y del activismo. “Un tatuaje es simbólico, los derechos humanos no lo son. HRT tiene lo necesario para marcar (con) la diferencia”.
No se puede elegir cuál letra hacer, ya que el proyecto sigue el orden del texto original, pero sí se puede escoger la fuente y el lugar del cuerpo. Calculando que cada tatuaje demora alrededor de 15 minutos, con dos tatuadores por sesión se realizan unas ocho letras en una hora, entre 50 y 80 tatuajes por jornada. A partir del tatuaje 5.207, los siguientes 50 nombres corresponden al último evento que se hizo en Uruguay el año pasado. En la web puede leerse artículo por artículo, y haciendo clic letra por letra se ve a la persona portadora de ese tatuaje, a veces acompañada de sus motivaciones.
Tatuajes que alcanzan la piel de los uruguayos
Cada tatuado es entonces un portador viviente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y forma parte de una cadena de personas que no van a pasar desapercibidas. Como explica Sander, los tatuajes siempre son un disparador de conversación y detrás de cada uno hay una persona con una historia.
Ana Machado es educadora y lleva tatuada una o del artículo 26 de la Declaración, que justo habla sobre el derecho a la educación. “Va a ser mi recordatorio diario de lo importante que es lo que hago y defender este derecho”, cuenta. Victoria Rodríguez también ve el tatuaje como un emblema de su vocación: “Estudié Relaciones Internacionales para poder ayudar en campamentos de refugiados pensando en contribuir desde la diplomacia al respeto de los derechos que todos nos merecemos. Esta marca me acerca a ese propósito”.
Ambas son uruguayas, como Emiliano Nieves, salvo que para él el tatuaje representa una herida abierta. Su hermana desapareció durante la dictadura. “Todos tenemos derecho de saber quiénes somos y de dónde venimos, eso me lo recuerda una letra en la piel”.
Un gesto cargado de memoria, una forma de romper silencios y rendir homenajes. Gonzalo Pamocetti convive con los prejuicios sobre el pasado de consumo de su madre. “Ella pudo salir adelante, pero mis hermanos siguen juzgándola. Esta es mi forma de decir: basta”, cuenta.
Una conversación sobre este tatuaje es una conversación sobre derechos humanos Una conversación sobre este tatuaje es una conversación sobre derechos humanos
Todas estas voces forman parte de la misma comunidad global y comparten, por h o por b, la misma fe que la uruguaya Francesca Cassariego, portadora del tatuaje 2.577 (que se hizo en el primer evento organizado en Uruguay) con la letra i del artículo 16 (que establece el derecho a la familia), puso en palabras: “Las artes pueden contribuir a un mundo más respetuoso”.
El neerlandés creador del proyecto dice que nunca imaginó el impacto que tendría. Al principio no estaba del todo convencido de que el tatuaje, una marca permanente en la piel, fuera la herramienta adecuada para hablar de derechos humanos. Todavía no lo está, pero entiende una cosa: “Necesitamos todas las herramientas posibles que existan para generar conciencia”, y un tatuaje “se convierte en parte tuya, al igual que los derechos humanos. No podés borrarlo ni cambiarlo, no es solo una opinión”, apunta.
“El verdadero arte es la red viva de historias que se crea”, señala Sander, que asegura que quienes asisten a hacerse el tatuaje no son el típico perfil de un tatuado. “Muchas veces llegan personas que nunca antes habían considerado hacerse un tatuaje. Para muchos, es el primero y hasta el único que tienen. Vienen de todos los ámbitos de la vida, desde 18 hasta 75 años, y cada vez más eligen colocarse la letra en un lugar visible”, cuenta.
Sander admite haberse cuestionado mucho si el suyo no era un proyecto demasiado simbólico frente a las injusticias reales, pero encuentra rápidamente el consuelo cuando ve que lo que dispara el tatuaje no es simbólico: las conversaciones, el debate, el sentido de conexión. “Si este proyecto ayuda a que las personas vean los derechos humanos de forma más personal, y no solo como un texto legal, entonces ya estaría logrando algo significativo”.
El día de mañana
Al embarcarse en este viaje, Sander tuvo la posibilidad de “tomarle el pulso al mundo”. Le tocó presenciar la situación de los derechos humanos de cerca en lugares como Etiopía, Myanmar, Rusia… “Fue un privilegio. Pero tengo que concluir que no vamos en la dirección correcta, y aún así, la gente sigue esperanzada y resiliente. Eso mantiene viva mi propia esperanza. Pienso en cuando leo las noticias del mundo, que me preocupa, pero después me sumerjo en mi mundo y veo a la gente que conozco riendo, bailando, amando, y entiendo que esa alegría de vivir no se suprime con nada y merece ser cuidada”, reflexiona, y en el medio de sus pensamientos cita al reconocido clérigo sudafricano Desmond Tutu: “No soy optimista, soy prisionero de la esperanza”.
Organizaciones, periodistas, tatuadores y tatuados le preguntan qué va a pasar una vez realicen el tatuaje 6.773. “¿Nos vamos a reunir todos?”. Y la verdadera pregunta para Sander es ¿dónde? “¿Existe hoy un lugar donde realmente todos sean bienvenidos? ¿Dónde? ¿En aguas internacionales?”, cuestiona el neerlandés. Físicamente le parece muy difícil. Pero cada tatuaje está siendo fotografiado y puesto en unas largas lonas o pancartas que se transportan evento por evento en donde está siendo reescrita la Declaración completa.
declaracion universal de los derechos humanos
Para realizar el último tatuaje todavía falta mucho tiempo, y Sander no está particularmente apurado. La lista de personas esperando para tatuarse a lo largo y ancho del mundo supera ampliamente las 10.000, muchas más que la cantidad de letras de toda la Declaración, por lo que está trabajando en la idea de que una persona pueda “transferir” su letra en vida (la letra 46, por ejemplo, tendrá sus versiones 46.2, 46.3, y así sucesivamente) para que la comunidad crezca mucho más allá del número 6.773. “Para mí, la obra no está realmente terminada mientras la gente siga hablando y compartiendo el mensaje de su tatuaje”.
En tiempos en los que los derechos humanos se debaten, se violan y se defienden todos los días, este proyecto propone algo simple pero que es muy profundo: grabarlos en la piel y recordarlos para siempre. Si HRT finaliza en los próximos años, para el año 2080 sus participantes tendrían entre 70 y 80 años. “Esperemos, soñemos, que algunos de ellos sean líderes o políticos que se hayan mantenido fieles a sus ideales”, anhela.