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    “La amistad, el amor, la libertad son temas atractivos para cualquiera”

    La española María Tena ganó el Premio Tusquets de Novela con Nada que no sepas, una historia ambientada en Carrasco en la década de los 60

    El centro de la historia transcurre en Carrasco en la década de los 60. Hay familias de clase alta, matrimonios infelices, infidelidades, rupturas, abandonos, despedidas, referencias a la tragedia de los Andes y a los tupamaros presos en el Penal de Libertad. Sobre eso trata Nada que no sepas, el nuevo libro de la española María Tena, que este año fue distinguido con el Premio Tusquets de Novela.

    La autora se llama María Tena (1953) y es española, pero en los 60 vivió cinco años en Montevideo porque su padre fue designado secretario de la Embajada de España en Uruguay. Ahí comenzó un vínculo familiar con el país, que llevó a que el menor de los ocho hijos de la familia se llamara Santiago Felipe, en homenaje a los patronos de la ciudad de Montevideo.

    Tena es licenciada en Filosofía y Letras, con especialidad en Literatura Hispánica y Derecho. Sus libros anteriores son Tenemos que vernos (2003), Todavía tú (2007), La fragilidad de las panteras (2010) y El novio chino (Premio Málaga de Novela 2016). Es miembro del Consejo Editorial de la revista Galerna y profesora de Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid.

    En setiembre, Nada que no sepas fue distinguida con el XIV Premio Tusquets Editores de Novela 2018. El jurado, presidido por Almudena Grandes e integrado por Antonio Orejudo, Eva Cosculluela, Mariano Quirós y Juan Cerezo, valoró “la seductora evocación de la vida cosmopolita, libre y desprejuiciada de un grupo de familias en un lugar insólito, el Uruguay de los años sesenta, en contraste con la estrechez de España en ese tiempo, así como la reflexión sobre la experiencia de la libertad, el sexo, y el paso del tiempo de una mujer que vivió como adolescente ese Paraíso despreocupado y aparentemente feliz de los adultos”.

    Sobre la novela, que está disponible en Uruguay desde esta semana,  Tena —que se encuentra en Madrid— conversó con galería.

    ¿Qué recuerda de su vida en Uruguay?

    Recuerdo muchas cosas pero sobre todo a los amigos de Carrasco, que incluían no solo a los niños, mis amigos, sino a los adultos. Veníamos de la España de Franco. Para mis padres, y para nosotros, llegar al Uruguay con el recuerdo todavía de la posguerra española fue encontrarse con la Isla del Tesoro. Y el tesoro era la libertad. Para los niños la libertad era volver del colegio y estar todo el día en la calle, ir en bici sin manos, bajar a la playa, etcétera. Y más tarde los primeros amores, las primeras fiestas, la adolescencia. Luego estaban aquellos adultos a los que observábamos sin conocer sus secretos.

    ¿Siguió manteniendo vínculo con el país luego de ese tiempo?

    Estuve 45 años sin volver, pero nunca rompí esos lazos. Todo seguía allí. Como si Montevideo fuera un lugar intacto, una parte de mi cuerpo, de mi memoria. Mis padres tampoco rompieron los hilos. Hablar de Uruguay pasados los años era lo natural entre nosotros. Seguí escribiéndome con mis amigas y amigos y de vez en cuando venía alguno a España. Así nos poníamos al día.

    ¿Cómo surgió la idea de la historia?

    Volví 45 años después y me recibieron como si me hubiera ido el día anterior.  Organizaron un asado en el Club Carrasco con los amigos de mis padres, con los míos , y con los hijos y los nietos. Pasé toda la semana con un nudo en la garganta y a la vez feliz. Todo había cambiado, pero éramos los mismos. Desde entonces cada año vuelvo a esta parte de mi vida que tenía en stand by. Así fui profundizando, hablando con la gente, recomponiendo esa infancia, esos padres, esa época. Pero no para la novela. Mucho mas tarde, hace cuatro años o más, empecé a inventar la historia. 

    ¿Hay referencias autobiográficas?

    Los personajes se parecen mucho a las persones reales que eran nuestros amigos. Pero la historia es muy distinta. Y al cambiar sus historias, ya no son ellos.

    El jurado le otorgó el premio valorando “la seductora evocación de la vida cosmopolita, libre y desprejuiciada de un grupo de familias en un lugar insólito, el Uruguay de los años sesenta”. ¿Por qué cree que eso resulta atractivo hoy, tantos años después, para un jurado europeo?

    La amistad, el amor, la libertad son temas atractivos para cualquiera y en cualquier época. Y más cuando están en peligro. Esa fragilidad de lo que vivimos entonces y de lo que vino después.

    Tiene muchas referencias a hechos reales, desde lugares emblemáticos como el Club Carrasco, la calle Potosí, Tristán Narvaja o la rambla, hasta situaciones históricas, como la caída del avión en los Andes, o las acciones de los tupamaros. ¿Tuvo que documentarse de alguna manera o era algo que usted recordaba o había vivido?

    Los chicos del avión de los Andes eran el equipo de rugby del Old Christians, mi hermano estaba en esa clase y no estuvo en ese avión por muy poco. Algunos de los tupamaros eran nuestros vecinos, nuestros amigos íntimos. Pero ya no estábamos allí. A pesar de todo, he leído sobre esa época para saber que no lo soñé.

    Usted elige enfocarse en un sector muy específico de la sociedad uruguaya de la época, que era la clase alta, con un mundo muy endogámico. ¿Por qué optó por centrar la historia en ellos?

    Uruguay era entonces la Suiza de América. Los amigos de mis padres eran gente del barrio. Una alta burguesía muy culta, inquieta y vitalista. Y eran jóvenes con niños pequeños y con muchas ganas de divertirse. Parecían personajes de novela y estaban ahí, al alcance de mi memoria y de mis afectos.

    Habla de las relaciones clandestinas entre miembros de esa clase alta y también de cómo algunos de los integrantes de esas familias fueron los que luego terminaron sumándose al MLN. ¿Eso lo conocía por su experiencia en el país o fue documentándose a través de relatos escritos y testimonios?

    Eran mis amigos de infancia, de adolescencia, los que me llevaban en la barra de la bici. Ha pasado tanto tiempo. Hubiera podido escribir la novela solo recordando los detalles de lo que sucedió. Investigué en los diarios de la época, pero solo por confirmar lo que ya sabía.

    Usted en varias ocasiones en la novela, y también el jurado, destaca que el relato está ambientado en un entorno liberal. ¿Realmente cree que la clase alta uruguaya era liberal en la década de los 60? Para muchos, representaban un sector conservador, identificado con los partidos tradicionales.

    Comparada con la sociedad de la España franquista, la de Uruguay en esos años era liberal, laica, desinhibida. Aquellos amigos que venían tantas noches a mi casa a cenar tortilla de patata, a beber un whisky y a leer en alto a Machado, a Lorca o a Onetti y Darío eran cultos, abiertos, y muy jóvenes. 

    ¿Con qué dificultades se encontró a la hora de escribir el relato?

    Lo difícil era no pegarme demasiado a la realidad. Eso lo hubiera banalizado.

    El libro mezcla hechos del pasado con el presente. ¿Es difícil manejar dos tiempos históricos distintos de un país que no es el suyo? 

    Uruguay sí que es un poco mi país. Toda la novela la he trabajado años. Pero el lugar de cada época lo tenía muy claro, muy interiorizado. 

    El personaje de Yuyo, que vive en el campo, lejos de Montevideo, ¿está inspirado en alguien real? 

    Cada personaje está inspirado en varias personas. Yuyo es un ejemplo más al que me acerqué con mucho cariño y admiración. Un personaje, una ficción,  que es central en el argumento y que da voz a tantos que pasaron años en la cárcel de Libertad. 

    ¿Cómo observa hoy a Uruguay desde el punto de vista político y social?

    La gente de Montevideo sigue siendo culta y muy abierta, incluso las personas más humildes. Y esa cultura de la sencillez y la humildad tiene mucho que enseñar a otros países. Ojalá no se repita nunca la ausencia de derechos humanos de la oscura época de la dictadura militar.

    ¿Cómo es su vínculo con la cultura uruguaya hoy?

    Conozco y leo a muchos de sus autores, mi preferido es José Ignacio Fonseca. Y escucho en Radio Uruguay a Pablo Silva, ese magnífico programa que es La máquina de pensar. Ir casi todos los años me mantiene  al día. Hay un inmenso talento literario en ese país que algunos dicen que es pequeño. 

    Fotos: Tusquets Editores