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Los rascacielos verdes que redibujan el skyline urbano

Con imponente vegetación, tecnología de vanguardia y diseño sustentable, los llamados bosques verticales se convierten en un símbolo de las ciudades contemporáneas

En los últimos 20 años, las grandes ciudades del mundo han comenzado a cambiar su fisonomía. La silueta urbana, tradicionalmente dominada por acero, vidrio y concreto, empieza a teñirse de verde: donde antes había fachadas frías y reflectantes ahora florecen árboles, trepan enredaderas y respiran arbustos. Los bosques verticales no son una moda pasajera ni una ocurrencia estética, son una respuesta concreta y visionaria a los desafíos que enfrenta el hábitat humano en el siglo XXI.

Lo que antes era una competencia por alcanzar las alturas en nombre de poder económico o prestigio arquitectónico se convierte en una búsqueda urgente por integrar lo natural en el corazón de las urbes. Esta transformación se materializa en una nueva tipología edilicia que está marcando una era, los rascacielos verdes, auténticos bosques verticales que nacen del cruce entre la arquitectura contemporánea, la ecología aplicada y la ingeniería más avanzada. Lejos de ser una utopía estética, estas estructuras vegetales elevadas demuestran una nueva forma de pensar la ciudad fusionando tecnología, naturaleza y arquitectura en una fórmula audaz que promete redibujar las metrópolis del futuro.

Desde hace un tiempo el mundo experimenta un crecimiento demográfico acelerado, particularmente concentrado en las grandes ciudades. Este fenómeno ha traído aparejado una serie de problemáticas complejas: sobrepoblación, tráfico crónico, desequilibrio ecológico, escasez de espacios abiertos, contaminación atmosférica y aumento de las temperaturas urbanas derivadas del efecto isla de calor. Estas condiciones adversas no solo afectan la calidad de vida, sino que también ponen en riesgo la salud ambiental de las ciudades. Frente a esta realidad, los arquitectos y urbanistas comenzaron a mirar hacia una nueva dirección: cómo construir sin destruir, cómo crecer sin ocupar más suelo, cómo diseñar estructuras que funcionen como verdaderos ecosistemas.

Así nació el concepto de bosque vertical, una idea que rompió con las convenciones de la arquitectura moderna y propuso un paradigma radicalmente distinto basado en construir edificios vivos que albergaran personas, pero también flora y fauna. Son estructuras que respiran, regulan la temperatura, filtran el aire y devuelven biodiversidad a la ciudad. El arquitecto Stefano Boeri lideró esta perspectiva cuando en 2007 inició una investigación que exploraba la posibilidad de insertar vegetación en altura de manera intensiva, no como ornamentación, sino como parte integral del sistema constructivo, ambiental y funcional del edificio.

Bosco Verticale 1
Bosco Verticale de Milán

Bosco Verticale de Milán

Ese trabajo se concretó en el Bosco Verticale de Milán, construido entre 2007 y 2014, una apuesta que marcó el inicio de esta revolución. El proyecto pionero —con dos torres residenciales de 80 y 112 metros cada una— alberga más de 900 árboles y unas 20.000 plantas distribuidas en balcones y terrazas. Esta vegetación, seleccionada cuidadosamente por la agrónoma Laura Gatti, funciona como un atractivo estético al tiempo que cumple funciones claves como absorber CO2, atenuar el ruido urbano, regular el microclima del edificio y generar un hábitat para aves e insectos. El impacto de este bosque aéreo resultó inmediato y pronto fue incluido entre los 50 rascacielos más emblemáticos de los últimos 50 años.

Este edificio significó el primero de una serie de proyectos que comenzaron a replicar y expandir la lógica del verde vertical. Desde entonces, el impulso de los bosques verticales se ha globalizado y se extendió a países como Australia, Suiza, Francia y Singapur, que ya integran este tipo de arquitectura en su planificación urbana.

El avance de los rascacielos verdes no habría sido posible sin el paralelo desarrollo de nuevas tecnologías en materiales, andamios, grúas, sistemas de riego y mantenimiento. La evolución de los ascensores, desde los primeros modelos hidráulicos hasta los actuales elevadores sin cables, ha permitido conquistar nuevas alturas con eficiencia energética y seguridad. La ingeniería estructural actual permite levantar torres altísimas sin sacrificar estabilidad, mientras que los sistemas inteligentes permiten monitorear la salud de las plantas, automatizar el riego y ajustar la iluminación y la ventilación según condiciones climáticas en tiempo real. Este cruce entre ecología, arquitectura y tecnología está transformando la forma en que habitamos no solo en términos funcionales, sino también sensoriales.

Un nuevo concepto: las biociudades

La arquitectura de los rascacielos verdes se inscribe en una tendencia aún más amplia y revolucionaria, la de las biociudades. Inspiradas en los principios de la biomímesis, estas ciudades buscan imitar los sistemas naturales para resolver problemas urbanos. Proponen infraestructuras verdes y azules, corredores ecológicos, sistemas de gestión de aguas pluviales, cubiertas vegetales, parques urbanos resistentes al clima y edificios biofílicos.

Liuzhou Forest City
Liuzhou Forest City, en China

Liuzhou Forest City, en China

En Singapur, país pionero en este enfoque, destacan proyectos como Gardens by the Bay, Supertrees y Oasia Hotel Downtown, una torre envuelta en una celosía vegetal con un 1.100% de superficie verde respecto a su base. Otra maravilla casi escultórica es el complejo Green Heart, de Ingenhoven Architects, con una celosía que “cose” cuatro torres de usos mixtos con un parque y cascadas en su centro.

Mientras tanto, en Australia, el complejo One Central Park, situado en Sidney, extiende un parque hacia el cielo, ofreciendo a sus habitantes una experiencia residencial profundamente conectada con la naturaleza. Copenhague, por su parte, ha rediseñado sus espacios públicos con sistemas de drenaje que, además de combatir inundaciones, crean zonas de esparcimiento urbano.

Uno de los desarrollos más ambiciosos es el Easyhome Huanggang Vertical Forest City Complex, también diseñado por el Studio Boeri Architetti en la ciudad de Huanggang, en China. Allí, un conjunto de cinco torres ocupa unas cuatro hectáreas con árboles, arbustos y vegetación autóctona integrando hoteles, oficinas, residencias y comercios. El primer árbol del complejo, un Osmanthus fragrans nativo de la región, fue izado a 90 metros de altura en noviembre de 2020, lo que dio un inicio simbólico a una nueva ciudad pensada desde la biodiversidad.

Oasia Hotel Downtown
Oasia Hotel Downtown, en Singapur

Oasia Hotel Downtown, en Singapur

En la ciudad china de Nanjing, otro bosque vertical ideado por Boeri incorpora más de 800 árboles y 2.500 arbustos que cubren una superficie de 4.500 metros cuadrados, contribuyen a la absorción de 18 toneladas de CO2 por año y generan más de 16 toneladas de oxígeno. Cada especie fue seleccionada por su adaptación al clima local, minimizando la necesidad de mantenimiento y maximizando su función ecológica.

En la también china ciudad de Liuzhou, el estudio italiano avanza con un proyecto aún más ambicioso: la primera ciudad forestal del mundo. Liuzhou Forest City, diseñada para unos 30.000 habitantes, será capaz de absorber hasta 10.000 toneladas de CO2 y 57 toneladas de partículas contaminantes al año y producirá 900 toneladas de oxígeno gracias a sus 40.000 árboles y 1 millón de plantas repartidas en fachadas, calles y parques. Esta ciudad autosuficiente integrará energía solar, geotermia y gestión sostenible del agua, estableciendo un nuevo modelo de urbanismo resiliente y regenerativo.

El paradigma de las biociudades representa una respuesta concreta y replicable a los desafíos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la fragmentación social. Es una herramienta poderosa para construir ciudades que piensan más allá de la densidad y el rendimiento económico, perfilándose como una opción viable, escalable y deseable para las urbes del futuro.

A medida que avanzamos hacia los objetivos ambientales globales marcados para 2030 y 2050, la arquitectura verde vertical se presenta como uno de los instrumentos más efectivos para alcanzar ciudades más saludables y conectadas con su entorno natural. En lugar de consumir territorio, estas estructuras lo multiplican en altura; en lugar de aislarse del ambiente, lo integran y lo regeneran. Su impacto no es solo ambiental, es también simbólico: muestran que es posible convivir con la naturaleza en el corazón de la ciudad sin renunciar al confort ni a la innovación.

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