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Cómo sobrevivir a los 30: la década del '¿qué estoy haciendo con mi vida?'

Entre la ansiedad, el pádel, los viajes improvisados y los cursos de cripto, la crisis de los 30 se vive con humor, dudas y tres cafés diarios

Editor de Galería

Ansiedad, miedo al futuro, sensación de estancamiento, nostalgia por los 20 y una búsqueda casi detectivesca del “propósito de vida”: todo eso engloba la crisis de los 30, un fenómeno no médico pero sí altamente contagioso entre quienes se dieron cuenta de que ya no pueden comer pizza a las tres de la mañana sin consecuencias.

Un estudio británico (Robinson y Wright, 2013) reveló que la crisis de los 30 no es solo un mito: casi la mitad de los encuestados —47% de los hombres y 51% de las mujeres— admitieron haber pasado por ella.

Aparece justo cuando pensabas que ya deberías tener tu vida resuelta, pero resulta que todavía buscás en internet “cómo hacer arroz sin que se pegue”. Es ese momento en el que los cumpleaños dejan de ser fiestas y se convierten en auditorías existenciales.

Si esta etapa te agarra con las defensas bajas, puede que termines cuestionando todo: tu carrera, tus relaciones, tus decisiones pasadas y hasta si deberías haber aprendido Excel en lugar de inglés.

De repente, te encontrás considerando cosas impensadas: correr una maratón, adoptar un gato, mudarte al campo o abrir una cafetería “con concepto”. Probás con crossfit, hasta que notás que tus rodillas no aguantan, y tanteás la natación en aguas abiertas. Después de todo, nada grita “renovación personal” como comprarte una gorra de silicona y un traje de neopreno carísimo que usás dos veces.

Llega el invierno y con él el pádel… no podías quedarte afuera. Dominás el revés y la bandeja, y aun así te sentís insatisfecho. Porque, claro, ya no se trata solo de jugar; ahora hay torneos, grupo de WhatsApp, outfit combinado y la presión silenciosa de mejorar el saque.

Pero con el tiempo te das cuenta de que tu propósito no está en Uruguay. Renunciás al deporte y también al trabajo, y decidís embarcarte en un viaje sin pasaje de vuelta a Australia. Te convencés de que allá todo será distinto: vas a surfear al amanecer, comer saludable y descubrir quién sos de verdad.

Tres semanas después, estás trabajando en un bar con otros 15 expatriados que también “se estaban encontrando”, durmiendo en una habitación compartida y pagando 10 dólares por un café con leche de avena. Pero al menos, esta vez, el existencialismo te agarra bronceado y con vista al mar.

Cansado de la rutina, buscás hacer plata fácil como tu amigo Maxi, que trabaja desde su casa vendiendo y comprando criptomonedas. Te mirás un curso en YouTube­, hablás de blockchain con una seguridad sospechosa y, por un momento, te sentís un cryptobro. Hasta que el mercado se desploma, perdés todo y volvés a donde todo empezó: la casa de papá y mamá.

Allí, mientras tu madre te pregunta si ya actualizaste el currículum, comprendés que quizás el propósito no estaba en encontrarte en Australia, ni en hacerte millonario o correr una maratón. Tal vez se trate simplemente de aprender a convivir con la duda, con el arroz que a veces se pega y las rodillas que ya no son las de antes.

En definitiva, la receta para sobrevivir la crisis de los 30 incluye una pizca de autoconocimiento, tres cafés diarios y una dosis generosa de “ya fue”. Se trata de dejar de compararte con la gente que ya tiene casa e hijos, y empezar a celebrar tus propias victorias: tener plantas vivas, una rutina de sueño decente o saber qué día es hoy.

Spoiler: nadie tiene todo resuelto, solo lo disimulan mejor en Instagram.

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