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Por qué los hombres no hablan de sus problemas sexuales entre ellos y cómo no hacerlo puede empeorarlos

Las disfunciones sexuales en los hombres son mucho más comunes de lo que se cree. Sin embargo, las charlas entre ellos manifiestan una realidad ficticia

Desde el anonimato, el hombre le dijo a la periodista lo que nunca se atrevió ni se atreverá a decirle a su amigo más íntimo. “Nunca le contaría a un hombre sobre mis problemas de erección. Como hombre, no poder tener una erección me hace sentir muy inferior y no veo que sirva hablarlo con mis amigos. Hablaría de cualquier otra cosa, menos de eso”.

Cree que sus problemas son “muy graves”, que “hay algo que está mal” en él. En el fondo, entiende que no es el único: otros como él aparecen de a montones tras cada consulta tipeada en el buscador de Google. Hombres sin nombre o escudándose bajo seudónimos que hacen preguntas y manifiestan sus preocupaciones, miedos e inseguridades sexuales. Curiosamente, ninguno de ellos parece estar a su alrededor. Aunque es muy probable que sí lo estén.

Uno de los estudios más recientes (2020), realizado por la Universidad Católica de Cuenca (Ecuador) entre 114 varones que forman parte del personal masculino de la Unidad Académica de Salud y Bienestar, reveló que 75% de ellos manifestó tener algún tipo de disfunción sexual; el 60% eran hombres de hasta 39 años. “La prevalencia de disfunciones sexuales fue elevada en comparación con la bibliografía consultada”, concluyó el reporte.

En el Reino Unido, en tanto, la prevalencia de la disfunción eréctil —uno de los problemas más frecuentes, junto con la eyaculación precoz— es de un 58%, y el 74% tiene entre 25 y 34 años, según estadísticas elaboradas en enero del 2024 por la empresa de atención farmacéutica Click2 Pharmacy. En España, otro estudio llevado a cabo por la Asociación para la Investigación en Disfunciones Sexuales en Atención Primaria (2012) estimó que uno de cada cinco hombres tienen este problema, y que el 70% de ellos no busca ayuda para solucionarlo, principalmente por dos motivos: la dificultad de admitirlo o, una vez asumido, la negación a iniciar cualquier tipo de conversación sobre el tema.

Los problemas sexuales en los hombres son mucho más comunes de lo que se cree. Según los especialistas, sin embargo, estos problemas son muchas veces parte de un círculo vicioso que cuesta romper. Los varones creen que sus problemas no son comunes porque difícilmente hayan escuchado a un amigo decir que su pene no está respondiendo como quisiera, que eyacula muy rápido, o que no puede eyacular, o que no tiene ganas de tener sexo. Que tal vez no sea la máquina sexual que se supone que debería ser. Por el contrario, sí han escuchado alguna vez —o muchas— los relatos de ese amigo que tiene sexo una cantidad de veces en una sola noche, que no se va del boliche hasta conseguir una pareja sexual, y que cada encuentro es lo suficientemente duradero como para ‘provocar’ múltiples orgasmos en la otra persona. Los relatos de los hombres en general muestran una realidad poco cercana a la verdad: nadie tiene dificultades en su vida sexual.

Mientras las mujeres viven una revolución sexual que responde a siglos de represión y se sienten cada vez más habilitadas a hablar de placer pero también de dificultades sexuales con sus amigas, los problemas o insatisfacciones sexuales de los varones no parecen encontrar un lugar en las conversaciones que tienen entre ellos.

¿Con quién lo has compartido? Es la primera pregunta que el presidente de la Academia Internacional de Sexología Médica, Santiago Cedrés, hace a sus pacientes varones cuando le manifiestan sus problemas sexuales. “Por lo general lo que se ve es que no hablan de las dificultades que tienen”. Lo mismo observa el psicólogo y sexólogo Andrés Couto: “La mayoría de los pacientes que consultan me dicen que nunca lo hablaron con nadie, que la primera persona con la que lo hablan es conmigo”.

En el mejor de los casos el hombre busca ayuda profesional: médico, psicólogo o, idealmente, sexólogo. El resto, generalmente, arrastra sus problemas en absoluta soledad.

Las ganadas

Exponer sus inseguridades o dificultades en el terreno sexual supone para los varones un mayor riesgo que no hacerlo y fingir que todo marcha viento en popa. “En nuestra cultura hay mucha expectativa sobre el ‘macho’, que tiene que ser el que puede con todo, siempre potente, siempre listo, que nunca tiene dificultades de deseo, de erección. La idea de que siempre quiere y siempre puede”, subraya Cedrés. La sexóloga Magdalena Joubanoba­ agrega que “todavía tenemos un peso cultural muy grande y el varón no se puede quitar esa mochila de estar siempre ‘cumpliendo’”.

Entonces, cuando hablan, lo hacen sin contradecir esa expectativa. “Los hombres suelen tener charlas exageradas, cuentan que lo hicieron cinco veces ayer y que la mujer tuvo 80 orgasmos”, sostiene Couto.

Con los pares, la conversación suele girar en torno a lo que Cedrés describe como “las ganadas” o “los superpoderes”; se habla de forma indirecta y superficial, centrándose en lo “fogoso”, sin espacio generalmente para la parte afectiva, explica. Este relato repercute en la vida sexual cuando el hombre, al decir de Cedrés, tiene encuentros “para el aplauso”, en los que espera ansiosamente un feedback positivo por parte de la pareja, y que está por encima de cualquier tipo de conexión con sus propios sentimientos y sensaciones.

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Quienes viven sus problemas sexuales en silencio tienden a pagar un alto precio; aparece la ansiedad anticipatoria en todos o casi todos los encuentros, lo que lo lleva a veces a tener conductas evitativas, como dejar de tener relaciones sexuales. Esta ansiedad, a veces, da paso a la angustia y a posibles ataques de pánico o cuadros depresivos

Quienes viven sus problemas sexuales en silencio tienden a pagar un alto precio; aparece la ansiedad anticipatoria en todos o casi todos los encuentros, lo que lo lleva a veces a tener conductas evitativas, como dejar de tener relaciones sexuales. Esta ansiedad, a veces, da paso a la angustia y a posibles ataques de pánico o cuadros depresivos

En ese “escenario ficticio en el que creen que todos son bestias sexuales”, según Couto­, parece hasta lógico que quien sufre eyaculación precoz o cualquier otro problema sexual tienda a pensar que es el único. “La persona no sabe si esto es habitual, no sabe que le pasa a un montón de gente, que es normal sentirse así; lo que pasa es que nadie lo habla, nadie cuenta que es común no lograr la erección­, o lograrla pero que se pierda, lo común que es no tener ganas, o no quedar satisfecho”, indica Cedrés.

Si están convencidos de que nadie más tiene un problema como el de ellos, ¿para qué contarlo, si de todas formas no lo comprenderán ni lo ayudarán? Y la soledad, en este caso, es muy mala consejera. Los sexólogos aseguran que no compartir las preocupaciones y sentimientos en torno a una disfunción sexual, lejos de proteger, solo puede nutrir el problema. “El no poder compartir, no encontrar el espacio social para hablar potencia más los síntomas y las dificultades”, apunta Cedrés. El sexólogo, además, plantea otra razón por la que el hombre tiende a callar sus problemas sexuales en su entorno y no acudir a consultas. “Al hombre le sigue costando más ir a controles de salud, al urólogo, tienen miedo al tacto rectal. Las mujeres tienen mucho más integrada la medicina preventiva, la importancia de los controles de salud, y la vivencia de la sexualidad pasa también por cómo se vive y se cuida el cuerpo”.

Quienes viven estos problemas en silencio tienden a pagar un alto precio; aparece la ansiedad anticipatoria en todos o casi todos los encuentros, lo que lo lleva a veces a tener conductas evitativas, como dejar de tener relaciones sexuales. Esta ansiedad, a veces, da paso a la angustia y a posibles ataques de pánico o cuadros depresivos. Entonces, el círculo de frustración, angustia y ansiedad, dice Joubanoba­, “empieza a cerrarse cada vez más”.

El club

En octubre de 2023, el periodista y escritor colombiano Jorge Carballo llevó a cabo una de las jugadas más arriesgadas —a su entender— de su vida: mandó una newsletter a su lista de suscriptores llamada “Memorias de mi pene triste”, un ensayo en el que describió al detalle cómo ha sufrido su sexualidad por tratar de encajar en los estereotipos de lo que en América Latina se entiende por ser hombre. “Amo y deseo a mi pareja. Tengo dos hijos, me va bien económica y profesionalmente. Desde afuera, parezco cumplir con lo que este mundo espera de un hombre heterosexual como yo. Pero no. Cada cierto tiempo vuelvo al mal sexo, sexo en el que mis inseguridades me impiden estar presente, en el que me preocupo más por demostrar que por sentir (...) con frecuencia­ evito intimar para no salir herido. A veces no tengo erecciones o eyaculo más rápido de lo que quiero. Hay traumas e ideas que afectan mi vida sexual desde que soy adolescente”, conflictos que solo he hablado en terapia o incluso he callado por años”, relató el periodista.

Meses después, en una columna para BBC Mundo recordó lo que sintió al mandar el texto a la lista de correos: “Sentí lo mismo que cuando sueño que salgo sin ropa a la calle. Estaba expuesto y no había marcha atrás”. Efectivamente, no hubo retorno; 7.000 personas leyeron el ensayo y una cantidad de hombres respondieron —la mayoría en privado— que estaban agradecidos por la historia e interesados en conversar con él. Fueron tantos que sintió el impulso de ir más allá. Organizó un videochat con el objetivo de reunir a varones que quisieran hablar de sus insatisfacciones sexuales, se registraron 12 personas y aquello que “podía salir muy mal” terminó siendo tan liberador y terapéutico que organizaron otra reunión, y otra, hasta que nació lo que Carballo denominó como El Club de los Penes Tristes, un espacio en el que varones de distintos países se permiten ser vulnerables por 90 minutos. Aunque es el tema central, ya no hablan solo de sexualidad. “La amistad íntima entre hombres es escasa. Mucho. Nos cuesta contarles a otros hombres los matices de lo que ocurre en nuestro ámbito privado. Preferimos aparentar que todo está bien o bajo control, y no tener que cuestionar las ideas de lo masculino que sirven de columna a nuestra identidad”, expresó el periodista en la columna de BBC Mundo.

El caso de Carballo es un claro ejemplo de cómo algo tan simple —o complejo— como expresar los problemas sexuales ante pares puede reducir enormemente la sensación de malestar con la que se vive. Incluso a veces basta con exteriorizarlos para revertirlos.

Los sexólogos consultados apuntan que, por esto mismo, en muchos casos el paciente siente una inmediata mejoría tras la primera sesión. “Se acercan a un profesional y eso baja mucho la ansiedad, porque gran parte de la consulta se enfoca en la educación psicosexual, en ‘no te pasa solo a ti’. Ya en la primera, el paciente se va mucho más tranquilo”, cuenta Joubanoba.

Couto añade que algunos pacientes concluyen tras la primera sesión que ni siquiera tienen una disfunción sexual como creían. “Tengo sesiones que son de una sola vez por esto. Hombres que les falló la erección y dicen que tienen un problema. En sexología decimos que hay problema sexual si es recurrente, si pasa la mayoría de las veces. Justamente por pensar que el cuerpo tiene que funcionar de forma perfecta, entienden que hay un problema cuando a veces no hay ningún problema”, dice Couto.

En cualquier caso, hablarlo siempre resultará liberador.

Entorno seguro

Una de las primeras técnicas a las que recurren los sexólogos ante pacientes con disfunciones sexuales es alentarlos a que lo hablen con sus pares.

Si bien a algunos les lleva más tiempo que a otros dar este paso, quienes lo hacen manifiestan “que fue superliberador”, subraya Couto. “Ha pasado de pacientes que tiraron el disparador en su grupo de amigos y todos tiraron sus experiencias de problemas que tuvieron, y el paciente encuentra identificación, se siente acompañado”.

Cedrés también recuerda casos en los que los pacientes regresan a la sesión con la total sorpresa de que a varios de sus amigos les pasa exactamente lo mismo. “Que a un amigo tuyo, de tu mundo, le pase lo mismo ayuda muchísimo”.

A la hora de hablar, no obstante, es fundamental elegir con quién hacerlo. Joubanoba explica que si bien siempre es bueno apoyarse en los pares, cuando no se eligen las personas adecuadas, abrirse podría resultar no tan positivo. “A veces no es tan bueno si no hay un real conocimiento de la sexualidad”. “La sexualidad es algo tan íntimo y expuesto a muchas cosas que no digo que lo comenten en grupo, pero sí a un amigo, alguien coherente, racional y sobre todo empático que pueda aconsejar”, plantea.

Lo ideal, entonces, es lograr vínculos en los que se puedan compartir los sentimientos y obtener una correcta comprensión. “Será importante rodearse de un ambiente social o de afectos donde uno pueda contar cómo se siente y no solo la anécdota. Construir relaciones con ese nivel de comunicación es clave para la salud sexual, la salud social y física también. Necesitamos rodearnos de gente con la que podamos contar lo que nos pasa de una manera libre y en la que se pueda empatizar, se pueda sentir contenido con lo que me pasa. Para algunos varones es mucho más fácil contar los problemas del trabajo, los problemas financieros que los problemas de la intimidad”.

Gran parte del trabajo en casos de disfunciones sexuales radica, entonces, en comprender que son comunes y que tienen solución. Los sexólogos concluyen que la carga negativa asociada a la vivencia en soledad solo potencia los problemas. “A veces el trabajo puede llegar a ser solamente ese, tomarlo como algo normal y poder transmitirlo”. Los beneficios son directos.

No hablar de sus problemas sexuales es parte de un fenómeno mucho mayor, asociado al lugar que los hombres les dan a sus sentimientos y emociones. Hablan cada vez más sobre sus miedos e inseguridades y se empiezan a involucrar de otra manera con sus emociones, pero las insatisfacciones, dificultades o disfunciones sexuales se mantienen aún como uno de los mayores tabúes en las conversaciones entre amigos. La liberación de muchos varones —y quizás hasta de muchos de sus problemas sexuales— dependerá de quienes estén lo suficientemente dispuestos a mostrarse vulnerables y, en esa charla de amigos, en ese círculo íntimo, se animen a arrojar la primera piedra.