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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa eventual promoción por parte del Banco Central del Uruguay y del sistema bancario de una migración de los ahorros desde el dólar hacia el peso uruguayo plantea interrogantes que van más allá de la política monetaria y alcanzan aspectos vinculados a la libertad económica, la protección del ahorro, la competitividad de la economía y la propia relación entre el Estado y los ciudadanos.
La primera objeción se refiere al derecho de cada persona a decidir libremente cómo preservar el fruto de su trabajo y de sus ahorros. La elección de la moneda en la que se mantiene el patrimonio constituye una decisión estrictamente privada que responde a la evaluación que cada individuo realiza sobre los riesgos presentes y futuros de la economía. En una sociedad libre, la confianza en una moneda debería surgir de manera espontánea como consecuencia de la estabilidad económica y de la credibilidad de las instituciones, no como resultado de recomendaciones, incentivos o presiones provenientes de organismos públicos.
También existe el problema de la transferencia del riesgo cambiario hacia los particulares. Quien mantiene una parte de sus ahorros en dólares procura protegerse frente a una eventual pérdida de valor de la moneda nacional. Si ese ahorrista es persuadido para trasladar sus fondos a pesos y posteriormente ocurre una depreciación significativa de la moneda local, la pérdida recaerá exclusivamente sobre él. En los hechos, el riesgo que antes estaba cubierto por la tenencia de una moneda internacionalmente aceptada pasa a ser asumido íntegramente por el ciudadano.
La experiencia histórica de Uruguay constituye otro elemento imposible de ignorar. La preferencia por el dólar no responde únicamente a una costumbre cultural, sino también a experiencias concretas acumuladas durante décadas. Procesos inflacionarios, ajustes cambiarios y crisis financieras han llevado a generaciones de uruguayos a considerar al dólar como una reserva de valor relativamente más segura para horizontes a largo plazo. La memoria económica de una sociedad no desaparece por decreto ni por campañas de persuasión.
Desde el punto de vista financiero, también puede sostenerse que una política orientada a desalentar el ahorro en dólares reduce la diversificación patrimonial de las familias y las empresas. La teoría financiera moderna se basa precisamente en distribuir riesgos entre distintos activos y monedas. Concentrar los ahorros en una única moneda aumenta la vulnerabilidad frente a eventos inesperados y expone al ahorrista a una dependencia excesiva de la evolución futura de esa moneda.
En ocasiones se argumenta que el ahorro en dólares contribuye indirectamente a financiar el déficit de Estados Unidos y que, por esa razón, sería deseable promover una sustitución hacia activos denominados en pesos. Sin embargo, este razonamiento resulta discutible. La función principal del ahorro no es respaldar las finanzas de un Estado determinado, sino preservar y diversificar el patrimonio de quien ahorra. Además, llevado a sus últimas consecuencias, el argumento obligaría a cuestionar también la adquisición de acciones, bonos, fondos de inversión u otros instrumentos financieros internacionales denominados en dólares. La moneda constituye esencialmente una herramienta de resguardo de valor y de gestión del riesgo, no una declaración de adhesión a las políticas económicas o fiscales del país que la emite.
Otro aspecto que merece consideración es la posible existencia de incentivos fiscales para promover un peso relativamente fuerte. Cuando aumenta la demanda de moneda nacional y disminuye la demanda de dólares, pueden generarse condiciones que contribuyan a moderar el tipo de cambio. Si una parte relevante de la deuda pública se encuentra denominada en moneda extranjera, un dólar relativamente más barato reduce el costo medido en pesos de los intereses y amortizaciones que debe afrontar el Estado. Esto no constituye por sí mismo una prueba de una intención deliberada, pero sí representa un incentivo económico objetivo cuya existencia no puede desconocerse al analizar este tipo de políticas.
A su vez, un dólar relativamente deprimido puede tener consecuencias sobre la competitividad de los sectores exportadores. Uruguay es una economía pequeña y abierta cuya capacidad de crecimiento depende en gran medida de la producción destinada a los mercados internacionales. El agro, la ganadería, la forestación, la industria exportadora, la logística y el turismo receptivo obtienen sus ingresos principalmente en dólares, mientras enfrentan una parte importante de sus costos en pesos. Cuando la moneda local se fortalece excesivamente, esos costos aumentan en términos relativos y los márgenes de rentabilidad se reducen, afectando la inversión, el empleo y la competitividad internacional.
Tampoco debe ignorarse el efecto que una política de estas características puede tener sobre las señales institucionales que recibe la sociedad. Las monedas que logran consolidarse como reserva de valor suelen hacerlo después de largos períodos de estabilidad monetaria, disciplina fiscal y previsibilidad económica. Cuando las autoridades consideran necesario impulsar activamente una sustitución de moneda, algunos observadores pueden interpretar esa conducta como una señal de que la confianza en la moneda nacional todavía no se encuentra plenamente consolidada por sus propios méritos.
Existe además una cuestión de principio vinculada al rol que corresponde desempeñar a un banco central. La función esencial de una autoridad monetaria es preservar la estabilidad de precios, contribuir a la solidez del sistema financiero y generar condiciones para el buen funcionamiento de la economía. Cuando comienza a orientar activamente las preferencias de ahorro de los ciudadanos, se ingresa en un terreno donde las fronteras entre la política monetaria y las decisiones patrimoniales privadas se vuelven menos claras.
La fortaleza de una moneda no se construye persuadiendo a los ciudadanos para que abandonen otras alternativas de ahorro. Se construye mediante décadas de responsabilidad fiscal, estabilidad monetaria, crecimiento económico y respeto por las reglas de juego. La confianza auténtica no puede imponerse ni recomendarse; debe ser ganada. Por esa razón, la principal crítica a una estrategia orientada a desalentar el ahorro en dólares no radica necesariamente en la existencia de intenciones ocultas, sino en que la elección de la moneda en la que cada persona decide preservar su patrimonio debería seguir siendo una decisión libre, informada y exclusivamente personal.
Atentamente.
Dr. Jorge Cassinelli