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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl carnaval pasado, los parodistas Caballeros nos dieron una buena excusa para repasar a Shakespeare. La discusión centenaria acerca del antisemitismo de Shakespeare en El mercader de Venecia se tornó superflua con la puesta que se presentó al público uruguayo: recogía todo el antisemitismo de la obra. La elección fue adrede.
En el mismo espíritu, cuando este año una murga (otro género, misma intención) elige parodiar a los regímenes absolutistas como el régimen nazi no resiste la tentación de referirse a la guerra en Gaza ni usar la metáfora del jabón, producto que los nazis producían en los campos de concentración a partir de cadáveres. Cadáveres de judíos, básicamente.
Me permito afirmar con cierto criterio que el contenido de la puesta de la murga Doña Bastarda es inequívocamente antisemita y su posterior alegato de que es “ironía” está inequívocamente errado. La más grave entre ambas acusaciones es la primera, porque es alevosa e intencional, mientras que la segunda refiere “simplemente” (léase ironía, por favor) a burda ignorancia.
La Real Academia Española define ironía como “burla fina o disimulada”, “tono burlón”, “expresión que da a entender algo contrario o diferente de lo que se dice, generalmente como burla disimulada”. En términos semióticos, “la ironía es un signo que subvierte su propio sentido convencional para crear nuevos significados, a menudo humorísticos, críticos o trágicos”.
La ironía ni explica ni justifica la alusión directa al jabón producido por el régimen nazi. Tampoco aplica lo de “disimulo” y mucho menos lo de “dar a entender algo distinto a lo que se dice”. En todo caso, “el signo que subvierte su propio sentido” (el jabón) crea un significado trágico. Por lo menos para una minoría específica, los judíos. Cada año se ocupan de crear un signo distinto para lastimarnos.
El contenido de la letra de Doña Bastarda que finalmente el INAU autorizó (como no podía ser de otra manera) es antisemita porque, a diferencia del humor de otros que cultivan un género similar, la murga y el Carnaval uruguayo en general se meten solo con los judíos, con Israel, con Gaza, y eluden e ignoran situaciones y personajes que rendirían muchísimo si tan solo se esforzaran un poco.
¿Alguien puede dudar del potencial de Maduro como personaje cómico? ¿Alguien puede dudar del potencial de algunas encumbradas figuras del actual gobierno? Si eligen reírse del linaje de algunos o de cierta aristocracia vacuna, ¿por qué no reírnos del populismo exacerbado de otros? Cuando el humor viene con destinatario inequívoco deja de ser tal para convertirse en ofensa. Cuando no nos reímos de todos, estamos ofendiendo a las minorías. Hay minorías protegidas y otras no.
El “consuelo” de estos tiempos (léase ironía, por favor) son las redes sociales. Allí todos quienes cultivan un poco de cruel creatividad, pero no comulgan con “la cultura popular” (la que ampara el gobierno y el Frente Amplio) tienen la oportunidad de expresarse sin pintarrajearse, disfrazarse o subirse a un tablado, pero, sobre todo, sin obedecer al mandato ideológico imperante.
Para los judíos, cualquier alusión a “convertirse en jabón” es cruel. Y todo el mundo lo sabe. No hay nada irónico, solo pura crueldad. A quienes se quejan de nuestra sensibilidad, dejen de ironizar y estén seguros de que dejaremos de victimizarnos. Tal vez nos cueste, son muchos siglos de persecución. Pero vale la pena intentarlo. A ningún judío le gusta el rol de víctima; al punto que muchos quisieran renegar de su condición de tales.
Ianai Silberstein