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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMe sentí plenamente identificado con la oportuna nota de Santiago Perroni (Brindo por dejar de brindar: crónica sincera del mes en que todo colapsa, Galería, 18 de diciembre). El paroxismo asociado al fin de año quizá sea más visible en el hemisferio sur, ya que coincide con el cierre del año escolar y el inicio de las vacaciones de verano, pero resulta aún más disruptivo en el hemisferio norte, donde la actividad debe retomarse con furia apenas pasado el brindis de rigor.
Debo confesar que siempre me he sentido bastante al margen de ese frenesí de encuentros impostergables, regalos obligatorios y demás parafernalia diciembrista. Me cuesta creer que un número apreciable de compañeros de trabajo, amigos o familiares cercanos vayan a desaparecer súbitamente de mi vida el 1º de enero, víctimas de un cataclismo inesperado. Por eso, la necesidad imperiosa de vernos “antes de que termine el año” siempre me ha parecido poco convincente, por no decir un poco absurda.
Con el tiempo he logrado persuadir a familiares y amigos que realmente importan de que siguen siéndolo a pesar de que no me haya desbocado para verlos antes del 31 de diciembre. También procuro evitar el intercambio de regalos, la mayoría de los cuales tienden a ser inadecuados de forma notoria o, peor aún, claramente subvalorados por el receptor, tal como han documentado varios economistas que decidieron tomarse el tema en serio. Desde luego, no siempre consigo escapar por completo de la vorágine, pero con los años he aprendido a reducir sus efectos más nocivos.
Lo de verdad curioso es que sospecho de que una amplia mayoría alberga sentimientos similares a los que expresa Perroni y, sin embargo, contribuye diligentemente a reproducir el ritual que en secreto detesta. Ello me recuerda el monólogo que abre una memorable película de Woody Allen (Annie Hall, 1977): dos ancianas están en un resort de montaña. Una comenta: “¿Notaste que la comida de este lugar es realmente terrible?”. La otra responde: “Sí, lo sé… ¡Y las porciones son tan pequeñas!”.
Martín Gargiulo