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    El conflicto árabe-israelí

    Por Lector

    Sr. Director:

    Muchos años lleva desarrollándose el conflicto entre árabes e israelíes. Demasiados, y quizás muy pocos para los muchos que tendrán por delante. Es, siempre pensé, un conflicto sin solución. No hay forma ni diplomática ni bélica que pueda resolverlo. Cuando las organizaciones terroristas y uno o más Estados (Irán a la cabeza) se plantean como su objetivo vital la destrucción del enemigo, el aniquilamiento del “Estado sionista”, no hay ninguna negociación que lleve a buen puerto. Cuando los gobernantes del Estado atacado sienten que es la hora de terminar con tantos y tantos años de guerras, ataques, miedo, inseguridad, refugios y muerte, y que es la hora de la terminación definitiva, tampoco hay posibilidad de acordar paz alguna. Cuando la dureza del gobierno israelí tiene legitimidad democrática, ello significa que la sociedad israelí ha endurecido su postura que ha tenido en décadas anteriores. Cuando se llevan 76 años de independencia con la mitad del presupuesto nacional dedicado a defensa nacional, simplemente porque, de no ser así, el Estado judío habría desaparecido, se entiende dicho endurecimiento. Cuando el enemigo es capaz de insertarse en territorio israelí para asesinar, vejar, raptar y torturar, se comprende aún más la postura férrea del agredido. Cuando el enemigo no persigue la defensa de su vida, sino su “inmolación”, su suicidio, para así asesinar enemigos, vuelve a quedar claramente de manifiesto lo imposible de resolver que es este conflicto. Tengo tristemente asumida tal realidad, la tengo completamente impregnada a mi ser, toda mi vida de 62 años he visto desarrollarse este conflicto. Es verdad que los tratados de paz con varios países árabes, logrados algunos hace décadas y otros más recientemente, podrían hacerme pensar lo contrario. Podrían ser una tenue luz en el horizonte. Pero es muy tenue para tanto tiempo, para tanto sufrimiento, para tanta muerte, para tantas generaciones transcurridas. Lo que no tengo incorporado ni asumido en mi mente es la reacción lamentable y dolorosa de algunos grupos y de algunas personas en el mundo. Y comenzaré por decir que me separa de Netanyahu toda una concepción de valores y que, por tanto, buena cosa sería que no estuviese en el poder. Muy buena cosa sería. Dicho esto, las reacciones de diversos colectivos no puedo entenderlas sino por ignorancia o por mala fe. ¿Cómo comprender a aquellos que condenan por los ataques de Israel a emplazamientos de organizaciones terroristas, pero no dicen nada de la masacre del 7 de octubre? ¿Cómo entender que las vidas de niños, mujeres y ancianos árabes es relevante y lamentable, pero no así las de niños, mujeres y ancianos judíos? ¿Cómo no poder razonar que si la masacre del 7 de octubre no hubiera existido, tampoco habría existido la guerra desatada a partir de ella? ¿Podría decirse que la política de colonizaciones de Netanyahu se situaría como un antecedente cercano de la masacre de 7 de octubre? Pues sí, podría decirse. Pero ¿una política colonizadora equivocada puede razonable y sensatamente dar lugar a una masacre disfrutada por el enemigo? Resulta evidente que no. ¿Acaso Hamás no sabía que la reacción israelí no descansaría mínimamente hasta recuperar a los rehenes? Por supuesto que lo sabía y fue por eso que atacó: porque lo sabía; y quería, con todo éxito, que Israel atacase a los suyos tanto como fuera posible para ganar lo único que le interesa: la guerra mediática y los apoyos internacionales. ¿Saben los veinteañeros movilizados por el mundo que la solución de dos Estados ya fue resuelta por Naciones Unidas hace casi ocho décadas? ¿Saben quienes hablan de genocidio que fue el mundo árabe que rechazó esa solución hace 76 años? ¿Saben todos ellos que si en 1948 se hubieran instituido los dos Estados conforme lo resuelto por la comunidad internacional, hoy Palestina estaría cumpliendo el mismo aniversario que Israel? ¿Sabe el grueso de la población mundial el conjunto de acciones bélicas llevadas adelante por el mundo árabe desde aquella lejana guerra de independencia hasta hoy? Pues bien: aquellos que no lo saben, pecan por ignorancia; y antes de estar acusando tan sueltamente a un Estado que claramente se defiende, busca sus rehenes y ataca al enemigo que desea destruirlo, deberían leer, hablar, interiorizarse, valorar. Todo lo que no hacen. Solo se les escucha decir dos frases sin sentido: “Siempre antisionistas, nunca antisemitas”, como si tal aserto fuera posible; y “desde el río hasta el mar”, con lo que claramente se pretende la eliminación del Estado de Israel. No saben qué río ni saben qué mar ni saben su profundo significado. ¿Puede fundada y legítimamente cualquier persona o institución ir tras la destrucción de una entidad estatal como la israelí y nacional como la judía, en aras de salvaguardar otro Estado, el palestino, y otra nacionalidad como la árabe? Claramente tal postura no tiene fundamento jurídico ni ético de especie alguna. Entonces, se habla desde la ignorancia, desde la más supina ignorancia, solo valorando en más las vidas árabes que aquellas despreciables como las judías. Con un sentimiento de odio, de venganza, de bajos valores. Pero están aquellos que sí saben, que sí conocen toda la historia. Y la omiten, la esconden, la ocultan. Para que su causa rebrote, florezca, crezca, empuje. Son los maliciosos, la gente de mala fe. La gente dispuesta a cualquier cosa con tal de que su postura sea la vencedora. Pretendiendo construir un triunfo sobre ninguna base ética, apoyada en ningún postulado moral. Solo la mentira, el ocultamiento, la malicia. Esto es lo que domina el panorama actual: la ignorancia inadmisible y la mala fe repulsiva.

    Monty Fain

    Abogado

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