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    El escultor Pablo Damiani

    Sr. director:

    Señor sociólogo Felipe Arocena:

    Me dirijo a ustedes a propósito de la carta publicada sobre Pablo Damiani Arocena, porque considero que la mirada allí expuesta sobre su trayectoria artística es estrecha y que el uso de la palabra decadencia resulta particularmente desacertado.

    Un artista no es un imperio, una civilización ni una empresa cuya trayectoria pueda ordenarse en una secuencia de comienzo, apogeo y caída. El artista es artista durante toda su vida. Su creatividad no se jubila, no depende de sus ventas ni desaparece porque atraviese dificultades personales. Está presente en su manera de mirar el mundo, de experimentar, de transformar objetos cotidianos y de buscar permanentemente nuevas formas de expresión.

    En el caso de Pablo Damiani Arocena, su reconocida trayectoria, los premios obtenidos, sus exposiciones internacionales y la presencia de su obra fuera del Uruguay merecían una consideración mucho más amplia. También merecía ser recordada la riqueza de su personalidad: su generosidad, su autenticidad, su rebeldía y su permanente inquietud creativa.

    Reducir esa complejidad a la palabra decadencia no solo empobrece el relato: introduce un juicio de valor que exige argumentos, conocimiento y sensibilidad. Lo que desde una mirada externa puede parecer desorden, en el ámbito de trabajo de un artista puede ser parte esencial de su proceso creativo. Confundir una circunstancia personal o doméstica con un deterioro artístico es una interpretación que merece, como mínimo, ser revisada.

    La palabra decadencia tiene una carga negativa que no puede ignorarse. Y cuando se

    escribe sobre una persona que acaba de fallecer, las palabras elegidas adquieren una responsabilidad adicional. Si sus familiares leyeran que la vida de Pablo queda asociada a una expresión que parece resumirla en un proceso de deterioro, cabe preguntarse cómo podrían recibir ese relato. ¿Es justo que una vida con tanta riqueza quede asociada a una palabra así?

    Preocupa, además, que una publicación de la relevancia de Búsqueda presente una

    interpretación tan limitada de un artista cuya trayectoria ofrecía tantas otras perspectivas desde las cuales recordarlo. La formación académica y la responsabilidad intelectual de quien escribe deberían traducirse en una especial atención a la precisión, los matices y el alcance de las palabras utilizadas.

    No escribo para solicitar sanciones, reconocimientos ni recompensa alguna. Tampoco pretendo impedir la crítica artística. Escribo porque considero que esta carta transmite una mirada estrecha sobre una persona y su obra, y porque sé que esta preocupación es compartida por otras personas.

    Mi intención es simplemente que la Dirección conozca este desacuerdo y reflexione sobre la responsabilidad que implica publicar un juicio de estas características. Una revista prestigiosa también demuestra su calidad en la amplitud de sus miradas, en el cuidado de sus palabras y en su disposición a reconocer cuando una interpretación no ha hecho justicia a la complejidad de una vida.

    Atentamente.

    Rafael Castro