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Cada tanto, la política exterior surge a la atención pública. En este sentido, la trascendencia de recientes acontecimientos han hecho olvidar un aniversario que, si bien no resulta un hecho grandilocuente, entendemos importante recordar: la incorporación, en enero de 1976, de la primera generación de diplomáticos (42) como resultado del primer concurso público abierto de ingreso al Servicio Exterior.
En efecto, en 1975 Uruguay decidió profesionalizar su diplomacia mediante un concurso, basado en el mérito, estudio y vocación, resultando significativo que en el clima de excepcionalidad y desconfianza existente en ese tiempo se decidiera aplicar este procedimiento.
No fue una decisión que despertó grandes titulares ni una promesa de épica inmediata, simplemente fue el principio de algo más modesto y también más difícil: la continuidad en la aplicación de reglas. Como suele ocurrir con las mejores prácticas, su éxito fue volverse casi invisible. A partir de ese momento, generaciones de diplomáticos uruguayos ingresaron al Servicio Exterior, no por su apellido, sus contactos o cercanía al poder, sino por su capacidad para afrontar exigentes pruebas, a menudo ingratas, orientadas a medir conocimientos, criterios y resistencia intelectual. En una sociedad como la nuestra, donde todos se conocen o creen conocerse, no es un detalle menor.
Observado desde hoy, cuando la tentación del atajo reaparece con alarmante frecuencia, aquel concurso de 1975 y sus ininterrumpidos sucesores resultan sorprendentemente modernos o tal vez incómodamente antiguos. Constituyen un recordatorio de que la igualdad de oportunidades no se proclama, sino que se administra, y que un Estado se desempeña mejor cuando se parece menos a un botín y más a una organización seria.
Celebrar este aniversario, aunque me comprendan las generales de la ley, no es un ejercicio de nostalgia corporativa, sino una invitación a reflexionar sobre cómo deben protegerse los mecanismos que hacen posible una competencia justa, especialmente cuando nadie aplaude. Las sociedades que perduran no son las que proclaman grandes discursos, sino las que cuidan sus buenas prácticas.
Dr. Álvaro Moerzinger
Embajador (r)