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    El ingreso a la Facultad de Medicina

    Sr. director:

    En la edición del 11 de diciembre, Búsqueda publicó un artículo, titulado Estudio propone limitar ingresos en Facultad de Medicina ante ‘alta densidad’ de profesionales, que recoge opiniones vertidas en el Observatorio del Sistema de Salud del Uruguay, en una columna del 7 de diciembre titulada ¿Quién forma a quienes nos cuidan? Con el ánimo de aportar a un debate necesario —y dejando a su consideración la publicación de estas líneas— quisiera realizar algunas precisiones y comentarios.

    La primera es conceptual, pero lejos está de ser menor. El titular del informe periodístico presenta el contenido como un “estudio”, cuando en realidad se trata de una columna de opinión sustentada en algunos datos provenientes de fuentes públicas. La diferencia no es semántica: llamar “estudio” a una opinión le otorga un estatuto de evidencia que no tiene, y condiciona las inferencias que el lector puede hacer respecto a la solidez de las conclusiones y a la legitimidad de las propuestas que se desprenden de ellas.

    La segunda consideración refiere al eje que terminó dominando la discusión pública: la idea de “limitar” el ingreso a la Facultad de Medicina, leída —con mayor o menor elegancia— como regular, racionalizar u ordenar. Aquí va una convicción personal, pero fundada en la experiencia: pocos problemas complejos se resuelven a fuerza de límites. Cuando se imponen restricciones sobre estructuras mayoritariamente públicas, lo que suele generarse no es una solución, sino una emergencia en otro lado. El problema no desaparece, se desplaza, y a menudo a un terreno aún más difícil de manejar.

    Ahora bien, aun dejando de lado la limitación del ingreso como solución central al desbalance entre médicos y enfermeros —un problema global, no exclusivamente uruguayo—, llama la atención la ausencia de un análisis clave: por qué, sistemáticamente, más personas eligen estudiar medicina que enfermería. Este fenómeno es multifactorial, pero dos elementos pesan como anclas. Uno es la mirada social sobre la enfermería como profesión. El otro, la remuneración. Sobre este último se podría escribir largo y tendido, pero alcanza con una frase para dimensionar la brecha: un enfermero cobra entre cuatro y veinte veces menos que un médico, una relación determinada por el salario médico y no por sueldos de enfermería que, en términos generales, son homogéneamente magros en todo el sistema.

    Mirar lo social para entender por qué se elige medicina y no enfermería. En el debate sobre por qué una parte significativa de los jóvenes elige estudiar medicina en lugar de enfermería suele apelarse, de forma simplificada, a explicaciones individuales: vocación, prestigio personal, expectativas económicas o supuesta complejidad académica. Sin embargo, estas respuestas resultan insuficientes si no se incorpora una mirada social e histórica que permita comprender cómo se construyen las jerarquías profesionales dentro del sistema de salud y cómo esas jerarquías influyen en las decisiones educativas. La elección entre medicina y enfermería no ocurre en el vacío, sino en un entramado de representaciones, desigualdades y marcos institucionales que asignan valor diferencial a cada profesión.

    La subordinación histórica de la enfermería a la medicina no es un fenómeno accidental, sino el resultado de trayectorias profesionales, organizacionales y culturales que se consolidaron con el surgimiento del hospital moderno. Aunque ambas disciplinas se desarrollaron inicialmente de forma independiente, el reconocimiento del valor clínico de la enfermería a fines del siglo XIX las integró dentro de un sistema hospitalario estructurado jerárquicamente. En ese contexto, los médicos ejercían decisiones autónomas, sin dependencia administrativa ni rendición institucional, mientras que el personal de enfermería era empleado, subordinado y responsable ante la administración hospitalaria, desarrollándose así bajo un doble mando médico-administrativo que restringió su capacidad decisoria. Esta estructura también moldeó la formación: durante décadas, la educación en enfermería fue esencialmente un aprendizaje práctico con escasa instrucción formal, y aun con la introducción del modelo Nightingale muchas escuelas operaron como fuentes de mano de obra barata, bajo control masculino y médico, sin fomentar pensamiento crítico ni autonomía profesional. Esta cultura de deferencia fue reforzada por textos académicos y discursos normativos que legitimaban la autoridad médica y esperaban de las enfermeras lealtad y obediencia. Investigadores como Beatrice y Philip Kalisch describieron cómo este modelo consolidó al médico como “capitán del barco” y relegó a la enfermería a un rol ejecutor, con impacto negativo en la colaboración interprofesional y en la toma de decisiones compartida. El legado de este patrón de dominación y deferencia persiste hasta hoy y continúa influyendo en las relaciones profesionales dentro del sistema de salud. A ello se suman las raíces históricas de la enfermería en el cuidado religioso y doméstico y su profesionalización temprana asociada a valores morales y roles de género feminizados, en condiciones desiguales respecto de la medicina1–3.

    El modelo biomédico tradicional ha estructurado históricamente al sistema de salud en torno a una jerarquía profesional donde el médico ocupa el rol central en el diagnóstico y la toma de decisiones, mientras que el trabajo de enfermería suele interpretarse como mera “ejecución” de indicaciones. Sin embargo, la evidencia muestra que esta percepción no refleja la práctica real: los enfermeros poseen altos niveles de autonomía clínica, juicio profesional y conocimiento experto, especialmente en cuidados crónicos, intensivos y comunitarios. Aun así, la persistencia de este encuadre jerárquico refuerza relaciones asimétricas de poder, mayor prestigio simbólico del rol médico y una subvaloración sistemática del aporte enfermero. Esta estructura no solo impacta en el reconocimiento profesional, sino también en la colaboración interprofesional, la satisfacción laboral y la retención del personal de enfermería, problemas que hoy afectan seriamente a los sistemas de salud4. Cuando los jóvenes observan estas dinámicas, no resulta sorprendente que asocien la medicina con mayor autoridad, influencia y reconocimiento.

    Otro factor central es la visibilidad diferencial del trabajo profesional. Las actividades médicas —diagnóstico, prescripción, procedimientos— son acciones puntuales, identificables y socialmente valorizadas. Constituyen hitos claros dentro del proceso asistencial y son fácilmente narrables como actos decisorios. En contraste, el trabajo de enfermería es continuo, relacional y longitudinal: seguimiento clínico, educación sanitaria, prevención de complicaciones, cuidado integral. Estas tareas son esenciales para la seguridad del paciente y la calidad asistencial, pero carecen de la espectacularidad simbólica que suele asociarse al acto médico. Diversos estudios muestran que los pacientes tienden a atribuir los resultados clínicos al accionar médico, subestimando el rol enfermero, aun cuando este último influye directamente en eventos adversos, adherencia terapéutica y experiencia del paciente. Esta invisibilidad estructural no refleja una menor complejidad del trabajo enfermero, sino una valoración social sesgada hacia intervenciones técnicas y decisionales, en detrimento del cuidado cotidiano que sostiene efectivamente al sistema de salud5. En ese contexto, la elección vocacional también se ve moldeada por aquello que la sociedad reconoce y celebra.

    Los factores de género profundizan esta asimetría. La enfermería ha sido históricamente una profesión altamente feminizada, vinculada al cuidado, una actividad socialmente asociada a lo femenino y, por ende, menos valorada que otras prácticas sanitarias percibidas como técnicas, racionales o decisionales. La literatura es consistente al mostrar que esta feminización se asocia a menor prestigio profesional, brechas salariales y menor reconocimiento social, incluso cuando las competencias y responsabilidades clínicas son elevadas. Las profesiones feminizadas tienden a concentrar mayores cargas asistenciales y menor poder institucional, lo que refleja desigualdades de género persistentes dentro de los sistemas sanitarios. Aun cuando el cuidado resulta esencial para la calidad y la seguridad de la atención, suele estar peor remunerado y menos visibilizado que otras actividades dominadas históricamente por varones. En este marco, la menor valoración de la enfermería no responde a su impacto real, sino a construcciones sociales de género que siguen influyendo en el reconocimiento profesional6–8. Para muchos jóvenes, estas señales pesan al momento de elegir una carrera.

    Las diferencias salariales y de poder institucional refuerzan este proceso. En promedio, los médicos perciben ingresos sustancialmente superiores a los de las enfermeras en distintos países, con brechas que se mantienen incluso en sistemas de salud con fuerte regulación estatal. Además, los médicos ocupan con mayor frecuencia cargos de liderazgo, gestión y toma de decisiones, mientras que las enfermeras, aun demostrando habilidades de liderazgo clínico comparables, están subrepresentadas en posiciones de poder organizacional. El reconocimiento social tiende a asociarse al ingreso económico y a la capacidad de influir en decisiones relevantes, consolidando jerarquías profesionales que exceden las funciones clínicas estrictas. Así, la medicina se percibe como una vía de ascenso social y poder institucional, mientras que la enfermería queda asociada a un rol subordinado, independientemente de su relevancia asistencial9-10.

    A ello se suma un desconocimiento social profundo sobre la formación y las competencias de la enfermería. Muchas personas no conocen el nivel de formación académica, la responsabilidad clínica ni el grado de especialización que hoy poseen los enfermeros. La imagen pública sigue siendo incompleta y sesgada, confunde al profesional con un asistente pasivo del médico, en lugar de reconocerlo como un actor sanitario con juicio crítico propio y rol científico definido. Revisiones sobre percepción social muestran que, aunque la enfermería es valorada en términos de “cuidado”, rara vez se la asocia con funciones complejas como evaluación clínica, gestión del riesgo o toma de decisiones basadas en evidencia. Esta percepción contribuye a subestimar su rol científico, crítico y autónomo, a pesar de su impacto comprobado en los resultados de salud11.

    La representación mediática y cultural profundiza estas percepciones. En películas, series y noticias, el médico aparece recurrentemente como el héroe que diagnostica, decide y salva vidas, y concentra la narrativa del éxito clínico. El enfermero, en cambio, suele ocupar un rol secundario, asociado a la obediencia, el acompañamiento o la asistencia emocional. Esta imagen no refleja la realidad del trabajo cotidiano, pero al repetirse de forma sistemática moldea imaginarios colectivos y refuerza estereotipos. El prestigio, la autoridad y el reconocimiento simbólico quedan asociados a la medicina, mientras que la enfermería permanece invisibilizada o subvalorada12.

    Finalmente, el reconocimiento institucional limitado de la enfermería contribuye a consolidar esta brecha. En muchos países, los marcos legales y regulatorios no reconocen plenamente su autonomía profesional y restringen el alcance de la práctica, la capacidad prescriptiva o la participación en decisiones organizacionales. Mientras la medicina goza de amplios márgenes normativos de autonomía y liderazgo, la enfermería permanece sujeta a regulaciones más restrictivas, aun existiendo evidencia suficiente sobre su competencia clínica. Estas limitaciones no solo afectan la práctica, sino que también modelan la percepción social del valor profesional, por lo que refuerzan la idea de subordinación y desalientan su elección como carrera13-14.

    En suma, entender por qué la gente elige estudiar medicina y no enfermería exige mirar más allá de las preferencias individuales. Implica reconocer un entramado histórico, social y cultural que asigna prestigio, poder y reconocimiento de manera desigual. Si no se aborda esta dimensión social, cualquier intento de fortalecer la enfermería —tan necesaria para la sostenibilidad del sistema de salud— seguirá chocando contra barreras invisibles, pero profundamente arraigadas.

    Dr. Ricardo Silvariño

    Especialista en nefrología y medicina interna

    Profesor titular de la Unidad Académica de Nefrología (Facultad de Medicina, Universidad de la República)

    Referencias

    1https://blog.oup.com/2010/02/nurse/.

    2Martínez Martín, M. L. y Chamorro Rebollo, E. (2017). Historia de la enfermería: Evolución histórica del cuidado enfermero.

    3Nyborg, V. N. y Hvalvik, S. (2022). Revealing historical perspectives on the professionalization of nursing education in Norway—Dilemmas in the past and the present. Nursing Inquiry, 29(4), e12.490.

    4Kenny, D. y Adamson, B. (1992). Medicine and the health professions: issues of dominance, autonomy and authority. Australian Health Review, 15, 319-319.

    5Nazon, E., Dufour, C., RiouxDubois, A. y Perron, A. (2026). Visibility and Invisibility of Nurses in Hospital Settings: An Analysis Based on the Sociologies of Ignorance and of Absences. Nursing Inquiry, 33(1), e70.061.

    6GraellsSans, A., GalbanyEstragués, P., RodríguezMartín, D. y GaschGallén, À. (2025). Nursing at the Intersection of Power and Practice: A Grounded Theory Analysis of the Profession's Social Position. Journal of Advanced Nursing.

    7Wilson, B. L., Butler, M. J., Butler, R. J. y Johnson, W. G. (2018). Nursing gender pay differentials in the new millennium. Journal of Nursing Scholarship, 50(1), 102-108.

    8Gauci, P., Luck, L., O'Reilly, K. y Peters, K. (2023). Workplace gender discrimination in the nursing workforce—An integrative review. Journal of Clinical Nursing, 32(17-18), 5.693-5.711.

    9Mazdaki, A., Rezapour, A., Azari, S., Khaliabad, T. H., Behzadifar, M., Moghadam, M. R., ... y Raadabadi, M. (2018). A comparison of the earnings of specialist physicians and nurses before and after implementing the Iran’s New Tariffs Book. Medical journal of the Islamic Republic of Iran, 32, 37.

    10Braam, A., Buljac-Samardi, M., Hilders, C. y Van Wijngaarden, J. (2023). Similarities and Differences Between Nurses’ and Physicians’ Clinical Leadership Behaviours: A Quantitative CrossSectional Study. Journal of Nursing Management, 2023(1), 8.838.375.

    11Duan, Y., Feng, X. y Xiao, H. (2024). Public image of nursing in modern society: an evolving concept analysis. Nursing Open, 11(9), e70.033.

    12Kalisch, P. A. y Kalisch, B. J. (1986). A comparative analysis of nurse and physician characters in the entertainment media. Journal of Advanced Nursing, 11(2), 179-195.

    13Carney, M. (2016). Regulation of advanced nurse practice: its existence and regulatory dimensions from an international perspective. Journal of nursing management, 24(1).

    14Park, J., Athey, E., Pericak, A., Pulcini, J. y Greene, J. (2018). To what extent are state scope of practice laws related to nurse practitioners’ day-to-day practice autonomy? Medical Care Research and Review, 75(1), 66-87.

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