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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMe resulta necesario brindar estas palabras en su medio, y aunque el título suene impactante, es así como debe permanecer para que tomemos dimensión del grave problema en el que estamos como sociedad. En estos días, muchos se han concentrado en las palabras del senador Botana, señalando (con razón) la falta de respeto hacia la principal fuerza política del país. Sin embargo, reducir el debate a una ofensa puntual implica ignorar el problema de fondo.
La verdadera preocupación no debería ser la sectorización o partidización del narcotráfico en la discusión política, sino el hecho de que el sistema político en su conjunto haya llegado a un punto en el que sus propios actores se acusan mutuamente de vínculos con el crimen organizado.
Ese dato, por sí solo, constituye una señal de alarma institucional.
Más allá de no compartir la verborragia ni el tono utilizado por el senador, lo importante es preguntarnos cómo llegamos a este nivel de desconfianza pública. Cuando la ciudadanía comienza a percibir que el dinero ilícito podría influir en la política, el problema deja de ser partidario y pasa a ser republicano.
¿Existe dinero del narcotráfico en la política?
No hay evidencia pública de una infiltración generalizada en Uruguay, país que históricamente ha mantenido estándares institucionales superiores a los de la región. Pero tampoco puede negarse que el riesgo existe. El narcotráfico es hoy una economía transnacional con enorme capacidad financiera, y todos los sistemas políticos democráticos son potencialmente vulnerables a su penetración, especialmente a escala local.
La infiltración rara vez adopta formas burdas. Suele canalizarse a través de intermediarios, empresas pantalla, financiamiento indirecto o apoyos encubiertos que dificultan rastrear el origen real de los recursos.
Por eso, lo verdaderamente preocupante no es una frase desafortunada, sino la posibilidad (aunque sea remota) de que el dinero ilícito busque influir en decisiones públicas.
En este contexto, resulta inevitable plantear otra cuestión: la debilidad de los mecanismos de control.
Las declaraciones juradas patrimoniales que supervisa la Jutep constituyen una herramienta necesaria, pero claramente insuficiente si no van acompañadas de auditorías profundas, verificación efectiva de la evolución patrimonial y transparencia real. La confianza pública no se construye con formalidades, sino con controles sustantivos.
Del mismo modo, Uruguay cuenta con normas sobre financiamiento de partidos y campañas, pero persisten críticas sobre su alcance, controles mayoritariamente posteriores, dificultades para identificar el origen último de las donaciones y sanciones limitadas ante incumplimientos.
Por ello, la pregunta relevante no es por qué un senador dijo lo que dijo, sino por qué el país aún no ha avanzado hacia un sistema de transparencia robusto, preventivo y en tiempo real sobre el financiamiento político.
Cuando los controles son débiles, la sospecha ocupa su lugar.
Y cuando la sospecha se generaliza, se erosiona uno de los pilares esenciales de la democracia: la confianza en que las decisiones públicas responden al interés general y no a intereses ocultos.
Uruguay sigue siendo, con justicia, una de las democracias más sólidas de América Latina. Precisamente por eso, no puede permitirse ignorar señales de deterioro institucional, por pequeñas que parezcan. La fortaleza de una república no se mide por la ausencia de problemas, sino por su capacidad para anticiparlos y corregirlos antes de que se vuelvan estructurales.
El narcotráfico no reconoce fronteras, ideologías ni partidos. Su única lógica es el poder y el dinero. Enfrentarlo exige instituciones fuertes, transparencia real y un sistema político que se controle a sí mismo con la misma firmeza con que exige control a los demás.
La discusión, por tanto, no debería girar en torno a quién se sintió ofendido, sino en torno a cómo blindar la política frente a cualquier forma de financiamiento ilícito. Porque cuando la política pierde credibilidad, lo que se debilita no es un partido ni un gobierno, sino la República.
Esequiel Ibarra
Convencional nacional del Partido Colorado