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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTranscurrieron 50 años y más; medio siglo en un país de dos siglos de existencia. Muchos años, varias décadas, con una fractura en la convivencia ciudadana motivada por una destilería de odio en pleno funcionamiento.
Odio de unos connacionales contra otros, hijos todos de esta tierra que acogiera y recibe aún a miles de migrantes con los brazos abiertos. Brazos y puños que se alzan aún para condenar a supuestos represores de una dictadura incubada por el delirio de quienes comenzaron siendo delincuentes y se transformaron luego en “revolucionarios sociales”, secuestrando, atentando, matando a quienes les enfrentaran por mandato de la ley y también a inocentes civiles alejados de confrontaciones políticas importadas.
Condenamos, y siempre lo haremos, el nefasto golpe de Estado de 1973. Aplaudiremos, y siempre lo haremos, la magnífica resistencia del pueblo uruguayo a esa infame dictadura a la que enfrentó y derrotó con el arma más sagrada de todas: el voto que consagrara el triunfo del No en el plebiscito de 1980, episodio tan relativizado últimamente aunque fuera la llave que obligó a los militares y sus adláteres civiles a generar las negociaciones que derivaron con la reapertura democrática de 1984, aún con sus sombras, como la existencia aún de proscriptos, pero ese es tema para desarrollar en otro momento.
Al inicio de esa apertura democrática, el Gobierno promovió la Ley de Amnistía que benefició a cientos de terroristas que atentaron contra la democracia que hoy reivindican a los cuatro vientos. Luego, el pueblo, libérrimamente y mediante dos plebiscitos distantes 20 años uno del otro, convalidó la Ley de Caducidad, la cual fue distorsionada por un “terrorismo político” al amparo de mayorías circunstanciales, por obra de otros mercaderes del odio y profesionales del revanchismo con espúreos propósitos.
También se formó una Comisión para la Paz con representantes de toda la sociedad, y sus conclusiones también fueron cuestionadas.
El Estado siguió siendo generoso con esos insurgentes y les benefició con suculentas pensiones, por atentar contra la Constitución. Llama la atención que el anterior gobierno no tuviera el coraje para derogar tan injusta “recompensa”, ¿por qué?
Pasa el tiempo y hoy observamos incrédulos a un grupo de ciudadanos criticar groseramente al Sr. presidente de la República, al que sin duda votaron todos ellos, por interesarse por el tema de los detenidos en Domingo Arena.
Esos “iluminados” ciudadanos y sus abogados, desde la sede del PIT-CNT, cuándo no, lanzan improperios y cuestionan la aparición de iniciativas tendientes a buscar dar por terminada esta triste etapa. Algo de razón tienen: ambas propuestas, la del Dr. Bordaberry y la del Dr. Goñi, surgen al amparo de un oportunismo político. Hace tiempo, mucho tiempo, que debió ponerse fin a esta negra etapa de la historia en la que hubo responsabilidades de varios actores: los terroristas, los políticos que pergeñaron y apoyaron el golpe de Estado del 73 y los militares que se apartaron de las obligaciones que les imponía la Constitución, la misma que fue atacada por los “revolucionarios” y también por los civiles que pretendían imponer un régimen político abyecto y ajeno a la cívica historia de nuestro país.
¡Basta ya, ciudadanos de uno y otro bando! Gobierne, presidente, y trabaje para cerrar este capítulo, como seguramente lo querrían hacer Mujica, Fernández Huidobro y más.
Que los que atentaron contra la república también admitan sus errores, devuelvan la bandera de los Treinta y Tres Orientales y sigan con la prédica democrática que vienen entonando hace tiempo, afortunadamente. Pero, para afianzar esa democracia que dicen defender, deberían también ayudar a culminar este largo y triste proceso.
También los militares que conozcan lugares donde localizar desaparecidos los revelen y contribuyan a que las FF.AA. recobren el respeto que se ganaron cuando acataron el resultado de 1980.
El país necesita de todos, de todos enfocados en hacer prosperar esta república de la que nos sentimos orgullosos por su historia, por sus próceres, por las mujeres y hombres que la hicieron trascender en el mundo.
Que el dorado sol que brilla en nuestra bandera nos ilumine a todos, nos dé la templanza necesaria para seguir cumpliendo con los heroicos preceptos que el alma nacional pronuncia.
Guillermo Facello