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    La política cultural del actual gobierno

    Sr. director:

    Carta abierta dirigida al Sr. Ministro de Educación y Cultura, José Carlos Mahía:

    Doble metamorfosis

    (el sueño intranquilo de Gregorio Samsa)

    “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.

    —¿Qué me ha ocurrido?

    No estaba soñando.”

    Cuando comencé a escribir esta reflexión, me sentía algo obsesionado con la transformación del proyecto cultural progresista desde el primer gobierno municipal a la actualidad. Siempre siento la necesidad de aclarar que me refiero específicamente a las artes visuales, ya que en otras áreas diría que conozco su realidad superficial o intuitivamente. Pero, como ciudadano, creo que posiblemente estas reflexiones pueden trasladarse a otras áreas de la cultura, las políticas sociales, educación, etc.

    Me refiero a la aberrante transformación del proyecto cultural de la izquierda que se ha ido dando desde el ascenso al poder. Lo que comenzó como un proyecto con poco dinero y muchas ideas e ideales, en el que se convocaba a los artistas para ser parte activa de estos procesos renovadores, solidarios y culturales, con el tiempo ha transmutado en un gigantesco monstruo burocrático que ha olvidado la razón de su existencia y su identidad y solo existe para satisfacer sus propias necesidades. Un monstruo alienado y encerrado en sí mismo que siente una cierta angustia por lo que fue, por las intenciones que una vez tuvo, pero que ha llegado a un estado de degradación en el que ya no puede cumplir con ellas.

    Recuerdo especialmente con afecto el gobierno municipal de Mariano Arana. Noccetti y Rada cantando con la orquesta municipal dirigida por García Vigil; Gabriel Peluffo organizando los inolvidables “Encuentros regionales de arte contemporáneo” a los que acudían artistas y curadores con los cuales hasta el día de hoy mantengo amistad; las exposiciones de arte contemporáneo en el Subte Municipal que coordinaban Badaró y Tavella. Luego el ascenso al gobierno nacional y los planes modernizadores y expansivos de la Dirección Nacional de Cultura con Mardones y Achugar y luego… la caída. Ojalá que no se entienda que me refiero a esto con la nostalgia de un viejo que añora los tiempos en que alguien le daba pelota, lo digo con la nostalgia de lo que no sucedió, la nostalgia de lo que pensaba que iba a ser el proyecto cultural de la izquierda. No es que hubiese más o mejor arte entonces, es que había esperanza.

    Ya he escrito en cartas anteriores sobre la desproporcionada estructura burocrática de la Dirección Nacional de Cultura, con relación a lo que reciben verdaderamente los artistas, la disparidad de criterios al asignar presupuesto a los distintos institutos, el sistema obsoleto de selección de proyectos en el que una maquinaria desgastada solo trata de cumplir año a año con el cometido sin hacer una evaluación profunda del sistema. La función de los coordinadores de área que realizan acciones aparentemente basadas en un relato de internacionalización estratégica moralmente superior, pero en cuyos resultados no se refleja ningún beneficio para el colectivo, sino que solo contribuyen a la autopromoción y extensión de redes personales. Ya he expresado mi opinión sobre la gestión del MNAV, pero también el EAC está sumergido en un terrible letargo incomprensible, un espacio que debe ser pura efervescencia para incentivar la experimentación y la creación en los artistas jóvenes, y apoyarlos en la promoción de sus obras, tiene actualmente como actividades centrales la organización del Premio Nacional de Artes Visuales y ser locación de un programa de cocina. Otros espacios del MEC nadie sabe qué hacen. ¿Qué está sucediendo? ¿Dónde está el arte en Montevideo y en el interior del país?

    Quienes gestionan estas políticas van a sacarse fotos en la vidriera puntaesteña, pero nadie visita los talleres de los artistas en Montevideo o en el interior del país para ver cómo trabajan, cuáles son sus proyectos, qué ideas tienen y cómo se podrían llevar adelante. Pensar juntos en tejer una red de energía que pueda unir todas sus partes y construir un verdadero proyecto colectivo.

    Es inadmisible la excusa del poco tiempo de gestión, porque hay quienes tomaron sus cargos con objetivos claros desde el primer día; miro con cierto grado de envidia a las artes escénicas. En lo que refiere a las artes visuales han abandonado a Montevideo; a un año de gobierno no creo que pueda pensar en un hecho artístico destacado, o que en todos los años de gobierno de izquierda se haya superado el programa de exposiciones internacionales de Ángel Kalenberg en el MNAV. A la Intendencia de Montevideo no la podemos incluir en esta reflexión porque su programa cultural desde hace años ha dejado de tener trascendencia. Dónde quedó la alegría y la emoción que provoca el hecho cultural, que es también un hecho social, hermanador, todo se ha transformado en especulación política, discurso autocomplaciente e intentar adivinar qué le gusta al político de turno para agradarle.

    Pero entonces, reflexionando en torno a las diferentes interpretaciones que uno puede dar a esta imagen tan potente de Kafka, me di cuenta de que en realidad, para el proyecto de izquierda, ¡Gregorio Samsa soy yo! El artista fue de uso cuando el proyecto cultural de izquierda necesitaba legitimar su imagen progresista, pero, al consolidarse en el gobierno, dejó de ser útil porque la mirada crítica que está en la esencia de la ética de trabajo del artista, al poder lo incomoda. Los artistas solo somos la excusa para alimentar la burocracia política pseudomilitante, pseudoactivista, la excusa para justificar las misiones oficiales, los sueldos de los directores y sus asesores, las “industrias culturales” que trabajan con relación a este, etc. El objeto artístico, la creación del artista, ya no importa y no es necesaria. El artista se ve como un ser despreciable y molesto al que hay que tirarle las sobras para que sobreviva, pero no interesa ya quién fue alguna vez, solo es una carga con la que hay que lidiar. No hay lugar para el artista ni en la Facultad de Artes de la Udelar ni en el MEC, porque todo está viciado por las afinidades personales, la falsa meritocracia, los pseudoactivismos, el nepotismo, la endogamia. Se otorgan los espacios de los artistas a burócratas que cobran, el que menos, 50.000 dólares al año, pero exclaman alarmados: “¡ah!, no vamos a crear un Mides para artistas” o “los artistas creen que hay que mantenerlos” y comentarios de esta índole, que solo menoscaban su propia función, porque la razón de la existencia de todos esos cargos que ocupan es la creación artística. Tal vez los artistas deberíamos formar una cooperativa de viajes y turismo para venderles los pasajes de las misiones oficiales y así lograr nuestro sustento, ya que nuestra creación ya no es de interés para ellos.

    Lo que me pregunto todos los días es, ¿qué pasó con la ideología de izquierda? ¿Cuáles son los ideales que defiende hoy el modelo progresista? Al artista no lo condiciona la economía, porque su necesidad más vital es la creación y lo continuará haciendo, como siempre lo ha hecho (en mi caso, los seguiré representando como los burócratas impúdicos en que se han transformado quienes ostentan actualmente la marca registrada del progresismo).

    Finalmente, el artista tal vez muera, pero morirá algo más que eso, morirá el proyecto de izquierda.

    Atentamente.

    Ricardo Lanzarini

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