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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCada cuatro años ocurre el mismo fenómeno. En un país de apenas 3 millones y medio de habitantes, de pronto todos nos convertimos en directores técnicos, preparadores físicos, analistas tácticos y especialistas en fútbol. Casi todos tenemos una opinión contundente sobre quién debió jugar, qué cambios había que hacer y por qué el entrenador se equivocó.
Lo curioso es que la inmensa mayoría de quienes opinamos jamás jugamos profesionalmente al fútbol. Nunca vivimos la presión de un estadio lleno, nunca representamos a un país entero sobre los hombros ni sentimos el peso de saber que millones de personas juzgarán nuestro desempeño durante 90 minutos.
Sin embargo, exigimos. Y exigimos mucho.
Criticamos con una dureza que difícilmente aceptaríamos sobre nuestro propio trabajo. Cada pase errado parece imperdonable. Cada derrota se transforma en una sentencia. Cada decisión técnica es analizada como si detrás hubiera improvisación y no años de estudio, entrenamiento y experiencia.
Paradójicamente, ese mismo nivel de exigencia desaparece cuando miramos hacia nosotros mismos.
¿Qué ocurriría si como ciudadanos nos exigiéramos con la misma intensidad con que exigimos a la selección? ¿Qué pasaría si reclamáramos de nuestra clase política el mismo compromiso que esperamos de un futbolista cuando viste la camiseta celeste? ¿Y si también nos lo reclamáramos a nosotros mismos?
Imaginemos un país donde cada funcionario rindiera hasta el último minuto, donde cada gobernante sintiera la obligación de buscar el triunfo colectivo y no el beneficio sectorial, donde cada trabajador diera lo mejor de sí, donde cada estudiante estudiara con la misma entrega que admiramos en un deportista, donde cada ciudadano cumpliera sus responsabilidades con la misma pasión con la que reclama resultados.
Probablemente, seríamos campeones del mundo en algo mucho más importante que el fútbol: seríamos campeones en calidad de vida.
Pero esa exigencia implacable parece reservada únicamente para 11 jugadores y un cuerpo técnico.
El fútbol profesional hace mucho tiempo dejó de ser solamente un deporte. Hoy es una de las industrias globales más poderosas del planeta. Es un negocio transnacional que mueve miles de millones de dólares, donde las decisiones económicas muchas veces pesan tanto o más que las deportivas. La propia organización del espectáculo lo demuestra: hasta las pausas de hidratación terminan convertidas en oportunidades para vender publicidad y facturar algunos millones más. La explicación oficial puede ser sanitaria; la realidad económica también existe.
Eso no significa que los futbolistas jueguen únicamente por dinero.
Los primeros interesados en ganar son ellos mismos. Porque es su profesión, porque representan décadas de esfuerzo, porque defienden el prestigio construido durante toda una vida y, sobre todo, porque tienen el inmenso orgullo de vestir la camiseta de Uruguay.
Se equivocan. Claro que sí. Como cualquier ser humano. Pero nadie que llegue a una Copa del Mundo lo hace por casualidad.
Quizás sea tiempo de recuperar cierta perspectiva.
Podemos criticar. Debemos analizar. Incluso es saludable debatir. Lo que no ayuda es convertir la frustración en agresión permanente, como si el insulto fuera una estrategia deportiva o una solución nacional.
El fútbol siempre ofrece una revancha. Y la vida también. La diferencia es que en la vida todos jugamos. No somos espectadores. Todos integramos la selección uruguaya de todos los días. Cada uno ocupa una posición distinta, pero el resultado final depende del esfuerzo colectivo.
Tal vez el verdadero desafío no sea encontrar al próximo goleador, sino asumir con honestidad la cuota de responsabilidad que le corresponde a cada uno.
Porque, cuando aprendamos a exigirnos a nosotros mismos con la misma pasión con la que exigimos a la Celeste, habremos dado un paso enorme como sociedad.
Y ese día, más allá de cualquier resultado deportivo, Uruguay habrá ganado el partido más importante.
¡Vamo arriba la Celeste!
Dr. Ricardo Laurenz
Doctor en Comunicación