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    La suciedad de Montevideo

    Sr. director:

    Montevideo no se cae a pedazos: aprendió a desmoronarse armónicamente. Desde hace años, bajo la batuta del FA, la capital uruguaya exhibe una nueva hermenéutica del espacio público: la decadencia como paisaje —una suerte de barroquismo del abandono— que nos hace creer que la falta de recursos, de visión y de ambición es en realidad una forma elevada de urbanismo. Pero esto es, en realidad, un síntoma terminal.

    Lo que se vende como “espacio público” es a menudo un eslogan con un par de bancos, una línea donde debería haber vegetación y la promesa de que en algún momento, más tarde, quizá… se consolide algo digno de ser llamado ciudad.

    El más dramático de los ejemplos es el novísimo Parque Mauá: el último producto del goebbeliano marketing urbano. El predio de la antigua Compañía del Gas, legendario por su abandono y acumulación de ratas, ya ha sido ufanamente “recuperado” con un acto de inauguración que buscaba reverberar justicia histórica, repudio a Lopez Mena, un empresario, y una apelación astringente al derecho a la ciudad. El emotivo acto es cognitivamente disonante con lo que captan nuestros ojos: dejadez. Senderos que parecen parches, espacios públicos todavía en “proceso gradual” y estructuras que esperan por una definición de uso que nadie sabe cuándo llegará.

    La realidad es que la inauguración se acerca más a un parque temático del riesgo: celebramos que ya podemos entrar, pero no sabemos si en cualquier momento un pedazo de revoque se nos viene encima. Sumado a la idea de los grafitis, pintadas y esculturas que recuerdan más a un andamio, este pseudoparque sin árboles nos recuerda que algo no está andando bien en la mentalidad del gobernante y del ciudadano.

    La idea de transformar las ruinas en un falso parque tuvo como génesis la propuesta de transformar la escollera en una necesaria terminal para Buquebus. En aquel momento, un grupo de vecinos imaginarios se opusieron a la gentrificación y repudiaron en voz sorda todo tipo de cambio. Su integrismo hizo que el encargado de Ordenamiento Territorial del momento recuerde que un espacio moderno, vanguardista y dinámico no puede tener lugar en el centro de la ciudad. Simplemente, no merecía ese protagonismo.

    Este tipo de joyas arquitectónicas también pueden ser encontradas tierra adentro; lejos de la costa. Como el pintoresco círculo verde que pintaron sobre una explanada con celulitis cuando inauguraron el modélico “Espacio Modelo”. Bombos y platillos para recordarnos que no somos capaces de generar un espacio común bien hecho.

    La estética del abandono se piensa replicar en el Espacio García Lorca en Pocitos: un elefante blanco que va abrir sus puertas al público inminentemente, a pesar de llevar décadas acumulando polvo y malvivientes. La mole de hormigón que amenaza al barrio con su desajuste va a empezar a recibir vecinos fatuos. Lo curioso es que esto no haya sido ideado por la Intendencia de Montevideo, que, como vimos, nos tiene acostumbrados a este tipo de jibarizaciones del espacio público. Lo alarmante es que una organización civil tenga esa misma impunidad para cometer un delito de lesa urbanidad y abra esto al público antes de refaccionarlo.

    Nada de esto termina de ser visualmente disruptivo en una ciudad repleta de veredas destruidas, alumbrado precario, basureros, ruinas, grafitis y pastizales desurbanizantes. Rogar por un bache para el agujero de tu calle se ha vuelto un sacrilegio, repavimentar, una utopía.

    Todo esto tiene lenguaje y sustanciamiento ideológico: el urbanismo no es neutral. La ciudad es un espacio social y también político, que moldea nuestro día a día y con ello nuestras percepciones. Quien construye la ciudad cincela quién y cómo accede, circula, produce, a quién se lo venera, quién es protagonista y quién queda al margen.

    La producción del espacio público es un campo de batalla simbólico donde convergen nociones de poder, memoria, estética y economía. Esto la izquierda udelarista lo entiende a la perfección. Y como nutre a la pléyade del palacio municipal, los gobiernos departamentales se han resistido al aburguesamiento de la ciudad. La identidad de Montevideo tiene que ser lo menos esnob posible.

    La retórica oligarquía-pueblo aterriza espléndidamente en Montevideo. Una ciudad que castiga la aspiración porque la confunde, deliberadamente, con elitismo. Donde cualquier intento de orden, belleza o ambición es rápidamente etiquetado como gesto oligárquico, y donde la precariedad se disfraza de autenticidad popular.

    No se trata de integrar a los sectores populares elevando el estándar urbano, sino de bajar el estándar para que nadie sobresalga. Un igualitarismo por empobrecimiento simbólico que mantiene a la clase media en un estado de integrismo moral permanente: vigilante del lujo ajeno, desconfiada del progreso y orgullosa de su resignación.

    Mantiene a la clase media contenida, anestesiada, convencida de que desear algo mejor es una forma de traición ideológica. La ciudad enseña a no pedir, a no soñar, a no cambiar. El mensaje es claro y se repite en cada baldosa rota y en cada edificio arruinado: esto es lo que hay y querer otra cosa es de mal gusto. Montevideo no se cae porque haya alguien que la sostenga. Es, en realidad, su ordenada naturaleza gris y antiesnob la que hegemoniza las ideas de izquierda. Es la forma más efectiva que tienen de conservar el poder. Una ciudad sin ambición. Y pocas cosas son tan funcionales, políticamente hablando, como una clase media que ya no espera nada y le tiene miedo al cambio.

    Tomás Bonetti

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