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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLeí con mucho interés su columna del pasado 28 de agosto, “Lo que queda de Nueva Carrara”, la cual me generó algunas reflexiones respecto a la hipótesis planteada.
Me pongo del lado de la discrepancia, ya que estoy convencido de que el problema actual en el Poder Legislativo es cualitativo y no cuantitativo.
El problema no son las largas intervenciones ni las extensas interpelaciones, sino que los actuales protagonistas que ocupan las bancas, en su mayoría, no alcanzan un nivel mínimo adecuado para el cumplimiento de la tarea de forma eficiente y efectiva.
Estamos viviendo tiempos en los cuales la producción parlamentaria es las más baja en décadas, de acuerdo a estudios de algunos notorios cientistas políticos. Y a eso se suma la gran cantidad de leyes con inconstitucionalidades que emanan de ese poder. Una justificación puede ser, como dice un estudio del Programa de Estudios Parlamentarios, del Depto. de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias, que el actual Parlamento tuvo la rotación más alta desde 1990. Poca elaboración, proyectos de dudosa legitimidad constitucional, falta de especialistas y novatos en las bancas es una combinación, por lo menos, compleja.
Quienes tuvimos la posibilidad de trabajar como cronistas parlamentarios —actividad hoy casi desaparecida— estábamos casi obligados a aplicarnos con intensidad a la tarea y al estudio de los temas, tanto como lo hacían senadores y diputados, para así tener capacidad de entender y discernir sobre su importancia, y sopesar las distintas participaciones y los contenidos que se vertían en sala o en las comisiones.
Tan importante era la tarea que los medios tenían equipos de varios periodistas cubriendo el Palacio Legislativo, y llegar a ese nivel suponía, para el periodista, jugar en la “cancha grande” de la profesión. El partido de la República y su devenir se jugaba todos los días en esos recintos, que funcionan dentro de la magnífica obra arquitectónica de Vittorio Meano.
Cuando se presentaba el Presupuesto o la Rendición de Cuentas, pasaba por la secretaría a buscar copia impresa de esos proyectos y sus anexos, los cuales me llevaba para leer, estudiar y analizar números de todos los incisos, en busca de datos que pudieran aportarme noticias o pistas para desarrollar temas de cobertura. Había también que echar mano a las versiones taquigráficas de comisiones y plenarios para trabajar los temas y las noticias. Había literatura para entretenerse.
Días atrás, el expresidente Julio María Sanguinetti estableció un parteaguas —yo lo califico de abismal— entre el Parlamento de las últimas dos décadas del siglo pasado y el actual. Y tiene gran parte de razón. Hace la distinción entre el Poder Legislativo de entonces, “más doctoral”, y el actual, a partir del cual definió a sus integrantes más notorios como meros “comunicadores”.
Tuve la fortuna, para mi disfrute intelectual y profesional, de poder trabajar como periodista en ambas cámaras desde el reinicio democrático y por varias legislaturas, integradas por magníficos parlamentarios y excepcionales legisladores. Hago la distinción porque ambas eran tareas que tenían sus especialistas de primera nota. Pero también había polemistas de gran nivel. O casos en los que algunos notables reunían todas esas condiciones.
Fui testigo de brillantes interpelaciones y de la caída de ministros con prácticamente una sola pregunta (Carlos Cigliuti a Mariano Britos en 1993, por el caso Berríos), de desafueros y debates políticos, e incluso filosóficos, como el inigualable de 1987 sobre la permanencia como monumento de la cruz que signó la visita del papa Juan Pablo II.
Interpelaciones de 20 o más horas no eran un problema ni un aburrimiento, ya que tanto interpelante, el interpelado como los participantes de la lista de oradores ofrecían aportes distintos y enriquecedores. No se repetían en conceptos machacones o de política menor, sino que las intervenciones tenían perfiles y aristas que las diferenciaban. Escribir una crónica parlamentaria era un ejercicio absolutamente placentero. En aquellas instancias, una interpelación podía hacer caer a un ministro; hoy son un ejercicio fútil.
Cuando, con algún colega de la época, rememoramos las integraciones parlamentarias de “Senados y Diputados” de otrora, surgen recuerdos inolvidables de cruces dialécticos antológicos y participaciones de altísimo nivel.
No voy a enumerar aquí a los principales protagonistas de esas instancias, porque sería una lista enorme, pero sí destaco que en todas las bancadas —aun en aquellas que tenían representantes de los sectores más populares u obreros— sus integrantes contaban con un nivel expositivo de razonable calidad y enjundia política.
Por lo tanto, el problema ahora es que el Parlamento refleja la falta de vocación política real, el bajo nivel de formación y la decadencia social en la que nuestro país ha caído, emparejando su nivel con el de otros países latinoamericanos. Ya no hay un diferencial a la hora de demostrar un nivel intelectual o formación mínima para ser parlamentario en Uruguay, al igual que sucede en otras naciones.
Que ahora sea más frecuente que las disputas dialécticas concluyan con insultos soeces o conatos de agresión (no es que antes no las hubiera, pero eran excepcionales) nos acerca peligrosamente a parlamentos de la región, en los que se justifica el voto por asuntos religiosos, dogmáticos y hasta deportivos.
El problema es cualitativo. Como dicen los argentinos, “no les da el piné”. Antes, las grandes espadas parlamentarias, con oratorias antológicas y conocimiento de lo que hablaban, respondían a los agravios o a los argumentos con piezas discursivas superadoras. Y aunque las sesiones duraran horas, eran un memorable teatro griego, no solo para ver, sino para oír.
Hoy los “debates” parlamentarios se calientan previamente en las redes sociales, con todos sus defectos, códigos y lenguajes; los mismos que puede proferir desde el anonimato cualquier ciudadano corriente. Llegan luego a los recintos parlamentarios, donde se amplifican en las intervenciones. Son un reflejo crudo de la sociedad actual y de lo que Umberto Eco expresaba al respecto de las redes sociales. Pero la batalla de las ideas y de las soluciones reales está muy ausente de los escaños parlamentarios.
Mirando desde lejos aquellas épocas y con detenimiento lo que sucede hoy, me siento con el suficiente conocimiento científico y empírico como para decir que lo de antes era mejor, sin parecer un antiguo nostálgico. No es una visión antojadiza: basta ver las encuestas y estudios de opinión pública para comprobar que el Poder Legislativo recibe una muy escasa aprobación y altísima reprobación por parte de la sociedad.
Es la calidad y no la cantidad. Y para dar vuelta esta taba —que no viene cayendo del lado “suerte”, sino del opuesto— y recuperar la calidad institucional del Parlamento y de sus protagonistas, el país necesitará varias generaciones, y quizás ni aun así lo logre.
Pablo Ordóñez