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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo es infrecuente escuchar (sobre todo en años electorales) comentarios del tipo: “¿Para qué votar si mi voto no cambiará nada?” o “¿qué sentido tiene votar cuando mi voto cuenta igual que el de un pichi analfabeto del Borro?”.
O, ya en un nivel más profundo: “¿Por qué tiene que ser obligatorio el voto, si, al fin de cuentas, es un derecho?”.
Todas esas preguntas, en diferentes medidas, están preñadas de temas muy importantes, trascendentes. Que si no los desentrañamos y ponemos en el lugar que les corresponde, no les damos el valor que les corresponde, arriesgamos lo que está pasando: la erosión de la democracia por incomprensión.
Empecemos por entender que, para la democracia, para su vida, el voto, mi voto, cada voto, no es solo la manifestación aislada de la voluntad de una persona, que se agota ahí, en el momento en que el sobre cae dentro del recipiente de cartón que llamamos urna.
Ese voto, cada voto, el voto, es la base y punto de arranque de la democracia. Mi voto, solitario, en sí, no cambiará nada, pero si no existiera, la democracia no existiría. Es la existencia de ese voto, el mío, lo que da sentido a la democracia.
Porque si hay posibilidad de votar, significa que hay posibilidad de participar, de gravitar, de influir.
Porque si la base es el voto, cada voto, todos los votos, significa que la democracia es de todos. Por eso es que la tesis del voto calificado, por más seductora que sea, es contradictoria con el sentido de la democracia.
En cuanto a la polémica sobre si el voto es simplemente un derecho o, por el contrario, un deber-derecho, aun admitiendo que no es la tesis mayoritaria en el mundo, cada vez me aferro más a la posición que considera el voto primero como un deber y que es precisamente ese deber lo que explica y da sentido al derecho.
Porque la democracia no es un supermercado de derechos, que debe funcionar para dar satisfacción a expectativas y exigencias (cada vez más individuales y menos funcionales a un bien común). La democracia no es un mecanismo expendedor de objetos placenteros o útiles. Es un sistema, una estructura, cuyo sentido es procurar las condiciones para el mayor desarrollo posible de los seres humanos y no como átomos, sino como constructores de un bien común. No existe para mi beneficio individual (que hoy, en cabeza de muchos, ha pasado a llamarse “derecho individual”). Existe para la construcción del bien común.
Por otro lado, si lo que nos duele es la falta de cambio, la democracia es un sistema abierto: nada impide que nos dediquemos a ella, a robustecerla y a mejorarla. Votar puede ser el comienzo del ejercicio de las otras virtudes cívicas.
¡A votar el Domingo 27!
¡Todos!
Ignacio De Posadas