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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa naturaleza nos enseña una verdad elemental: sobrevive y progresa quien sabe adaptarse, aprender y evolucionar. Las sociedades no son diferentes. Cuando los Estados administran recursos que otros generan sin suficientes estímulos para mejorar los resultados, pueden aparecer burocracia, lentitud, ineficiencia y un costo creciente que termina pagando el ciudadano.
Y existe una paradoja: muchos buenos funcionarios, maestros, médicos y policías —personas con vocación, experiencia e ideas—, quedan atrapados dentro de sistemas rígidos que les dejan poco espacio para innovar, experimentar y ser premiados por hacer mejor su trabajo.
La solución es la evolución. Evolucionar no significa destruir el Estado. Significa hacerlo mejor, más ágil, moderno, transparente y eficiente.
En el fútbol lo entendemos fácilmente: juega quien demuestra capacidad; gana más quien aporta más; el equipo mejora cuando cada integrante cumple su función y los resultados importan.
¿Por qué no incorporar con inteligencia una cultura similar en la administración pública? Imaginemos policías con capacitación, tecnología, respaldo institucional e incentivos por resultados concretos. Imaginemos maestros con mayor libertad para desarrollar proyectos innovadores, evaluar experiencias piloto y ser reconocidos por sus logros. Imaginemos que una parte de las remuneraciones y beneficios de ministros, legisladores, jerarcas y altos funcionarios estuviera vinculada al cumplimiento de objetivos públicos medibles: crecimiento, educación, seguridad, salud, inversión y calidad de vida.
El verdadero partido que Uruguay necesita ganar es el de la prosperidad. Y para repartir mejor, primero tenemos que agrandar la torta: producir más, exportar más bienes y servicios, atraer inversiones, estimular emprendedores y facilitar la creación de empresas y empleos.
Pero el crecimiento no es solamente económico. Necesitamos también una evolución cultural, incorporando desde la educación herramientas para la vida real: educación financiera y emocional, tecnología, inteligencia artificial, creatividad, emprendimiento y capacidad de adaptación. Hay señales que no podemos ignorar: empresas que cierran, pocas que nacen, baja natalidad, envejecimiento de la población y una seguridad social sometida a una presión creciente.
Mientras tanto, demasiados ciudadanos sienten un profundo desencuentro entre el sistema político y su realidad cotidiana.
Una nación no prospera indefinidamente aumentando deuda y burocracia.
No prospera con una educación desconectada del mundo que viene.
No prospera con inseguridad.
No prospera castigando al que trabaja, produce, emprende, invierte o genera empleo.
La mayor riqueza de Uruguay no está debajo de su tierra: está en la mente, la creatividad y la capacidad de su gente. También debemos comprender que empresarios y trabajadores forman parte del mismo equipo. Los trabajadores deben defender sus derechos, pero entre todos debemos proteger también aquello que los hace posibles: las empresas y las fuentes de trabajo.
El capital internacional puede elegir dónde instalarse. Busca estabilidad, seguridad jurídica, talento, eficiencia y sociedades capaces de construir acuerdos. Y Uruguay tiene una oportunidad extraordinaria. En un mundo atravesado por conflictos e incertidumbre, nuestro país puede ofrecer algo cada vez más valioso: democracia, libertades, estabilidad, cultura, naturaleza y calidad de vida. Pero, para aprovechar esa oportunidad, debemos evolucionar.
El pragmatismo, la innovación y la eficiencia no tienen color político. La prosperidad tampoco debería tenerlo. Es tiempo de premiar al que hace bien, facilitar al que produce, educar para el futuro y administrar con responsabilidad lo que pertenece a todos.
Menos burocracia.
Más educación.
Más producción.
Más oportunidades.
Más eficiencia.
Uruguay necesita evolucionar para volver a crecer.
Y para comenzar: ¡bajen el costo del Estado, por favor!
Alfredo Etchegaray
P.D.: Quienes requieren la audacia para promover y apoyar la evolución son los beneficiados con el estatus y, así, ¡difícil que el chancho chifle y que los terneros larguen la teta!