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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs este tiempo de Adviento en el que pasamos raya, reflexionamos y nos alegramos por la vigilia de la Navidad, el que nos debe encontrar unidos en comunidad. Y a los que practicamos la fe cristiana o católica, nos encontrará también unidos con Jesús. Nunca ha sido una postura cristiana la de excluir al que piensa distinto, al que tiene otros valores, o incluso al “enemigo”. Aquello de “poner la otra mejilla” no es mejor sintetizado que en la idea de amar al adversario, al enemigo, no para destruirlo, sino para convertirlo en un amigo.
Y la unidad en comunidad es lo primero que debemos procurar en esta época. Porque la comunidad es esa construcción mística, espiritual y simbólica que sostiene la vida organizada y, sobre todo, a las instituciones que garantizan la justicia. Y los enemigos de la comunidad están siempre presentes, acechando. Y ellos no buscan la incorporación, sino la destrucción misma. Y no es curioso que muchos de ellos se muevan entre las tinieblas, procurando deslegitimar los discursos que hablan de comunidad, de solidaridad y de humanidad, entre los que está la prédica cristiana. Sin ignorar que también ha sido producto de un error de la Iglesia católica que empezó a corregirse a partir del papado de Francisco: la gran desconexión de la institución con la realidad actual, y su retiro pronunciado de la vida pública, el debate académico, los barrios, el ideario popular. Así perdió en muchos ámbitos la batalla discursiva con el jacobinismo criollo.
Pero nunca, bajo ningún concepto, se puede iniciar una empresa como la del amor y de la comunidad desde el resentimiento o el odio. Hay muchos problemas profundos que requieren de la acción organizada de la comunidad, pero antes, en primera instancia, de la conducción espiritual de las familias y las pequeñas sociedades. ¿Cuántos compatriotas vivirán esta Navidad en soledad? ¿Cuántos, en mala compañía? ¿Cuántos, tras las rejas? ¿Cuántos lo harán en las peores condiciones en las que nuestra sociedad ha relegado a los excluidos? El papa Francisco recordaba que el centro de la Iglesia son los pobres. Algo inentendible para muchos. ¿Por qué Dios, por qué Jesús, no eligió a los exitosos, a los poderosos, y puso el foco en los que “no sirven”, los que no tienen nada para ofrecer, a los que nadie va a buscar?
Ese misterio, el misterio de Dios y del amor, es lo que celebramos en este tiempo removedor y esperanzador. El nacimiento de Jesús se dio nada más y nada menos que en el pesebre. Y es deber de todos hacer lo que Dios, preocuparse por los últimos, por los más postergados, por su integridad moral y por su integración a la comunidad. Los postergados no son solo los pobres. Son también los marginales sociales de todas las clases. Y por más que muchas veces los visualicemos como enemigos, no hay que perder de vista que son hermanos, y que, en todo caso, la mejor forma de combatirlos es amándolos e integrándolos. Esperemos que esta y las próximas Navidades nos encuentren con una comunidad más fuerte, integrada y humana.
Manuel Nogueira