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Desde hace más de una década, tengo el honor de participar en el jurado del concurso juvenil sobre el Holocausto, organizado por los hermanos Jonás y Mauricio Bergstein, el cual lleva el nombre de Nelly y Nahum Bergstein, en homenaje a sus padres (Nahum Bergstein, dicho sea de paso, fue un insigne jurista, legislador y viceministro, impulsor de la ley antidiscriminatoria, que sanciona los delitos de odio).
En ese grupo, como integrantes del jurado, figuran también las doctoras Ana Ribeiro y Silvia Facal, el Ing. Roberto Cyjón y, como moderador, el Dr. Gabriel Goldman, todos secundados por los incansables Jonás y Mauricio, y buena parte de sus familias.
El concurso, abierto a la participación de estudiantes de secundaria, promueve el estudio, la historia y el análisis del Holocausto, desde los más diversos ángulos, siempre con el ánimo de fomentar la diversidad y la tolerancia. Ha sido declarado de interés por el Codicen.
Desde que se desató la ola de antisemitismo que afecta al mundo, de la cual no se salva nuestro país, las redes sociales canalizan en los sitios del concurso mensajes de odio de la más baja calaña, que, por respeto a los lectores, no transcribo textualmente en esta carta, pero que son casi inimaginables en su bajeza, su mal gusto, su veneno y su odio visceral. Nada tienen que ver con nuestro concurso, que por las redes circula información práctica y detalles de fechas y lugares de una actividad en la que participan decenas de estudiantes de todo el país, de instituciones tanto públicas como privadas.
En agosto pasado, visto que el veneno seguía (y sigue, aun hoy) circulando, el Dr. Jonás Bergstein y el Lic. Mauricio Bergstein presentaron en Fiscalía una denuncia penal por incitación al odio, basada en la ley de antidiscriminación a la que me referí antes. En noviembre, Jonás Bergstein fue a ver el expediente y seguía quietito en su estante. En marzo de este año fue a visitar a la Fiscalía. Se reunió entonces con la fiscal adjunta, quien le aseguró que “se ocuparían del tema”. Por lo visto, los delitos de odio no parecen ser un tema prioritario para estas oficinas, porque a la fecha no se registra el menor movimiento en el expediente. Está claro que la Fiscalía tiene todos los detalles para identificar a quienes enviaron esos mensajes de odio, pero se ve que no ha considerado del caso convocarlos y activar la marcha de la denuncia.
Las estadísticas no ayudan mucho a este ánimo de actividad: en el bienio 2024-2025, de 66 denuncias por delitos de odio presentadas ante Fiscalía, solo tres culminaron en la formalización de una investigación o en un acuerdo abreviado. Las otras 63 siguen esperando alguna gimnasia jurídica por parte de los fiscales, que siguen descansando.
Se trata de combatir el odio, de evitar o luchar contra el envenenamiento intelectual y moral de los ciudadanos, y, en este caso, además, de los jóvenes estudiantes que van a participar en nuestro concurso.
Es hora de que en la Fiscalía suene el despertador.
Ramiro Rodríguez-Villamil