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    San Antonio de Piriápolis

    Sr. director:

    Cualquiera que haya tenido la oportunidad de visitar Piriápolis como balneario en verano —o como fantástico paseo el resto del año— sabe que su extraordinaria belleza natural y arquitectónica sería verdaderamente inimaginable sin la presencia del cerro San Antonio (o del Inglés), con sus 130 metros de altura sobre el nivel del mar.

    Con el cerro Pan de Azúcar y el cerro del Toro en dirección norte, Punta Fría, San Francisco o Punta Colorada hacia el este, y, a los pies, la bahía y el puerto de la ciudad, suele ser prácticamente una obligación también estética y emocional subir hacia su cúspide para, desde allí, mirar paisajes de maravilla impar. Así, cuando uno llega allá arriba, ya al estacionar el coche o descender del ómnibus de la excursión se encuentra con el recuerdo de mil postales, mejoradas, delante de sus ojos… ¡Perdón: debí decir se encontraba! Porque desde hace poquito eso ya no sucede más.

    La verdad es que la ineptitud y absoluta falta de empatía de los gobernantes —y el lamentable y obseso signo privatizador todoterreno que lamentablemente se expande en casi todo lo existente en Uruguay— se han hecho una verdadera panzada no solo de mal gusto en el lugar. Por su desidia han destrozado esa formidable vista casi que en un abrir y cerrar de ojos gubernamental.

    Así, usted, que muy probablemente ha estado en esas alturas, seguro cierra sus ojos y ve toda la bahía con verdadero placer revivido: ¿la recuerda? Pues bien, lamentablemente, “gracias” al señor alcalde René Graña y al señor intendente Miguel Ángel Abella Pérez del Partido Nacional, esa vista ya no la tiene más.

    Porque, ahora, usted descenderá de su auto o del bus y se encontrará con un rectángulo beige muy parecido a un contenedor (aunque no lo es), con un sugestivo nombre en el centro de su extremo superior: ¡ñam! Sí, porque resulta que ahora allí se venden unos pasteles de hojaldre (probablemente deliciosos), el muy vulgar y común pop acaramelado, también café, cortado y otros productos similares.

    ¿Pero qué significa ñam? Claramente es una onomatopeya usada por algunos para representar el acto de comer algo rico. Es decir el ñam nos estaría anunciando la existencia inminente de un muy buen bocado. Por supuesto, el o los dueños del negocio tienen todo el derecho de ganarse la vida con un emprendimiento de estas características…, pero ¿a quién se le ocurriría ponerlo en el medio de la arena de la playa de Piriápolis, por ejemplo, tapando una bella puesta de sol?

    ¿A nadie se le pasó por la cabeza que eso que se ha hecho es un crimen cultural de dimensiones históricas? ¿Hasta dónde llega el afán privatizador de los espacios públicos, seguramente por no mucha plata, además? ¿Cómo se explica tamaño disparate? ¿Qué intereses se ocultan detrás? Vaya. Vea. Y después me cuenta si la suya no es una indignación aún mayor que la mía y si no se queda preguntando quiénes son los que están disfrutando de este tristísimo bocado comercial. ¿Habrá correligionarios en acción?

    Adolfo Bertoni

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